|
Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica |
|
|
|
|
Utilidad de los estudios de Disponibilidad léxica
lasifica Pierce [VEVIA, C. 1997:47-76] a la humanidad, tomando como criterio las actitudes individuales sobre los conceptos de historia y vida, del siguiente modo:
Si se indagan las causas que empujan a la ciencia a plantear nuevas líneas de investigación se encuentran, al menos, dos razones que justifican la inversión de tiempo y esfuerzo en un proyecto. Está, en primer lugar, la curiosidad, el anhelo por comprender del Ser Humano. Escribe [MIGNOLO, W. 1983:8], al respecto Einstein a Born:
Cuando la ciencia profundiza en el mundo intentando alcanzar la realidad objetiva actúa [BUNGE, M. 1985:21] legítimamente de una manera
El segundo argumento es consecuencia de ese vínculo que establecen el científico y el universo investigado. La posesión de un saber [POPPER, K. 1972] implica la obligatoriedad de utilizar el conocimiento alcanzado en la búsqueda de una solución para los problemas que tienen su origen en el objeto analizado o la ley aplicada. Trasladada la cuestión a la parcela que aquí y ahora ocupa, el mundo de la disponibilidad léxica[1], se puede argumentar ante quien manifieste duda acerca de la utilidad de este tipo de estudio o sobre la validez de las estructuras matemáticas que suele utilizar, que el desarrollo de métodos capaces de establecer un coeficiente para estimar la posibilidad de actualización de las palabras o expresiones responde al afán natural y legítimo del hombre por encontrar las causas de los fenómenos. Además, la disponibilidad léxica retrata el modo de hablar cotidiano de una sociedad y detecta sus carencias, limitaciones y vicios. También las adquisiciones e influencias que marcan el oriente de su transformación. López Morales, en el discurso pronunciado en la Universidad de Alicante el 23 de marzo de 2000 con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa, afirma:
Pero el conocimiento de las unidades constituyentes de una o varias comunidades de habla, de los términos que comparten y los giros que las distancian, no es sólo un deseo legítimo desde un punto de vista teórico-científico, sino el mandato imperioso de un mundo tecnológicamente avanzado y estrechamente comunicado. Un mundo en progreso imparable que derriba fronteras, donde los diccionarios, las máquinas de traducción automática y los ordenadores deben saber de las opciones lingüísticas preferidas por la gente que habla en cualquier calle, aquella que dialoga en las cafeterías y demanda servicios y libertades a una sociedad post-industrial articulada sobre el consumo y los medios audiovisuales, alejada, las más de las veces, de las normas establecidas sobre el rígido principio de autoridad defendido por las academias. Estos estudios encierran, además, un enorme potencial pedagógico especialmente interesante en estadios tempranos de edad escolar. Permiten, a manera de ejemplo y en relación no exhaustiva:
La posesión de esta clase de conocimiento dota de pistas y señales a quienes ostentan la responsabilidad de formar adecuadamente a los miembros jóvenes de la sociedad para evaluar e introducir, si procede, elementos correctores que complementen y reconduzcan desviaciones indeseadas de sus proyectos y modelos educativos. Permítase una breve reflexión en este sentido para ahondar en las posibilidades educativas de la disponibilidad léxica y explicar la razón de ser de este trabajo. Se denomina intervención lingüística [SCHIEFELBUSCH, R. L. 1986], en estadios de psicología y didáctica, al sistema diseñado para ofrecer los contextos, medidas y experiencias necesarias en el aprendizaje reglado del lenguaje. La intervención, en su intento de perfeccionar el funcionamiento lingüístico de niños y adultos, conecta estrechamente la lingüística, la psicolingüística y la psicología, y las introduce en ámbitos educativos y clínicos. En este sentido Carrol [CARROL, J. B. 1976:21] afirma:
El lenguaje que interesa potenciar dentro de nuestras instituciones educadoras es aquel que da respuesta adecuada a las necesidades comunicativas de la sociedad [SCHIEFELBUSCH, R. L. 1986]. Y debe hacerlo de acuerdo con su contexto natural y en comunión con el entorno específico de los hablantes que forma, siguiendo, además, un proceso continuo dirigido a modificar las conductas deficitarias, problemáticas o perturbadoras observadas, intervención correctora, previendo estrategias capaces de reconocer los malos hábitos responsables de carencias posteriores, intervención preventiva, y desarrollando todo el potencial expresivo y creador que se encierra dentro de cada individuo, intervención optimizadora, para, en su conjunto, incidir al alza sobre el colectivo comunitario. El conocimiento de las formas y funciones consideradas normales es el punto de partida esencial para orientar adecuadamente las secuencias de programación hacia los objetivos de referencia. Se acepta la existencia de un orden lógico de adquisición que se refleja en el currículum educativo y se supone, con el convencimiento incuestionable que nace de la experiencia, que la persona entrenada en el lenguaje consigue mayor habilidad para comunicarse eficazmente. Naturalmente, el entorno de los adiestrados es más sensible a las conductas lingüísticas que reflejan los códigos dominantes de la cultura. Por ello todo programa de intervención en el lenguaje debe encaminarse hacia el objetivo final de la conformidad ambiental y la eficacia interpersonal. El educador-especialista en lenguaje ha de basar las estrategias y objetivos de su programación formativa en un profundo conocimiento del lenguaje normal. El conocimiento del comportamiento que resulta del estudio de la disponibilidad, resumido en los seis puntos anteriores, puede llegar a proporcionar algunos elementos útiles para mejorar los niveles de intervención en el campo léxico-semántico. Mena entiende, y así lo destaca en 1986 [MENA OSORIO, Mónica. 1986], como meta de estos trabajos el intento de mejorar los procesos de adquisición de las lenguas materna y extranjeras. López Morales, también en 1986 [LÓPEZ MORALES, H. 1986], propone aplicar la disponibilidad a la elaboración de diccionarios alternativos a los normativos, cargados de términos arcaicos o en desuso, que pueden resultar farragosos en según qué usos. Tan sólo por estas razones queda ya justificado el esfuerzo invertido en la búsqueda de métodos más simples y eficaces para establecer y ordenar el vocabulario disponible de una colectividad. Ese es el punto de vista de este enseñante con más de tres décadas de experiencia docente en el tramo de edad analizado. Opinión, por otra parte, que parece coincidir con la de bastantes investigadores del entorno educativo y de la formación docente[3] que han profundizado en esta línea de trabajo.
[1] La disponibilidad léxica es un indicador que pretende cuantificar el potencial que comporta cada uno de los términos conocidos por una comunidad de hablantes para ser actualizado en contextos comunicativos concretos. Su cálculo se deriva de la aplicación de un algoritmo matemático elaborado con ese fin. [2] No se entra en la enumeración de otros posibles estudios más cercanos al mundo de la psicología y la sociología. Piénsese en la detección de nudos asociativos responsables de procesos semánticos o en la familiaridad de algunos informantes con conceptos que pueden denotar actitudes de vida (uso y consumo de alcohol, diversiones, juegos...). [3] Puede comprobarse este hecho, en la relación de estudios sobre disponibilidad que se incluye en el punto 1.4. Queda patente allí la profusión de investigaciones realizadas desde, o para, el universo educativo.
|
CURIOSIDAD ESTADÍSTICA
Desde el 27 de abril de 2004 han sido visitadas un total de
páginas en
las diferentes secciones de esta WEB
(Sólo en nuestro servidor principal)