Cualquier historiador de la Literatura acepta la influencia
implacable que Petrarca ejerció en la literatura europea y, por tanto, en la
española.
A pesar de que en el ámbito estricto del
petrarquismo español, sorprende comprobar la escasez de estudios dedicados a
la imagen petrarquista, es un hecho que en nuestra lírica culta de los
siglos XVI y XVII el rastro de Petrarca aparece por todas partes.
Incluso en la lírica del XV se presienten rasgos de los usos italianizantes
que habían ya invadido la península: “la imitación, conocida hoy como
Petrarquismo, se convirtió en un fenómeno poético de gran importancia,
inicialmente en Italia y luego en toda Europa”
Y poco después éste mismo autor añade: “Adondequiera que uno mire,
surge en Europa el mismo modelo: primero el éxito desbordante de las obras
en latín, luego confirmando la imagen de moralista, la ascensión de los
Trionfi, y, finalmente, sobre todo en el siglo XVI, el triunfo del
Cancionero”
.
Es, pues, a toda vista, innecesario seguir insistiendo en este tema,
exhaustivamente ya tratado.
Sin embargo, no deja de
sorprender que, entre los poetas castellanos considerados petrarquistas, no
suela citarse a los dramaturgos del XVII. Me recuerda esta ausencia a la que
puede observarse en la estatua de fray Luis de Granada, que preside la plaza
de Santo Domingo, en el Realejo Granadino. Si uno observa de cerca el elenco
de libros que se atribuyen a nuestro fraile, y que aparecen en la base que
la sustenta, no puede dejar de sonreirse –o quizá de enfadarse- cuando
repara en que al dominico se le conocerá, sin duda, por su obra castellana y
portuguesa, ¡pero no por la latina, la más extensa y prolífica de todas!
Paradojas de la vida.
Bien, pues, algo así ocurre cuando se elimina
a los autores de teatro como receptores de la herencia petrarquista. Pues si
el petrarquismo influyó generalizadamente en todos nuestros poetas, ¿qué
pasó con el teatro? ¿Es que los versos de nuestros dramas
no gozaron de esa afectación italianizante?
La respuesta es: sí. Y no podía ser de otro
modo. Recordemos que el teatro del Siglo de Oro español se escribe en verso;
los personajes –según el parecer de Carlos Hipólito- pensaban en verso,
porque hablaban en verso;
porque el verso era el modo de expresarse que mejor se adecuaba a la intriga
argumental, y el lenguaje tiene que estar en función del argumento. Y por
ello el lenguaje de la comedia debe tener, sí, fuerza dramática, pero
también poética.
De ahí que sea relativamente sencillo
descubrir determinados caracteres típicos de la lírica, y en concreto de la
lírica petrarquista. Y digo “relativamente fácil”, porque no podemos olvidar
que estamos analizando verso dramático; es decir, verso que debe cumplir las
funciones propias del teatro. Por eso, no todo lo que es posible imitar en
lírica, lo es en drama. Una afirmación que puede parecer de perogruyo, pero
que en absoluto lo es, máxime cuando es esto lo que va a dificultar, en
cierta medida, nuestro estudio.
A nadie se le escapa la idea de
que Garcilaso, Gutierre de Cetina o Hernando de Acuña, entre otros, no hayan
tenido obstáculos a la hora de escribir sus sonetos, bajo la influencia del
maestro de Arezzo. Pero no todo lo que puede decirse en sonetos, lo puede
decir cualquiera y en cualquier situación. Lo que parece lógico oir de un
noble enamorado,
no es viable en un criado, por muy enamorado que esté;
y lo que pertenece como propio al joven galán, no puede ponerse en boca de
un viejo, aunque sea el mismísimo rey.
En este aspecto es dónde decimos que vamos a
encontrar dificultades. Pasamos, entonces, de lleno al estudio de los
petrarquismos en La dama boba.
Hemos hablado en el título del amor como leit
motiv de todas las acciones humanas. Y no es difícil comprobarlo. Liseo
quiere casarse con Finea pero, al descubrir que es totalmente necia, se
vuelve hacia su hermana Nise, que además de hermosa es discreta. Por el
contrario Laurencio, que quería casarse con Nise, piensa que la dote de
Finea le resolverá la vida, y empieza a cortejarla. Finea, que jamás ha sido
amada por ningún hombre, gracias a “los efectos del amor” se va tornando en
discreta y enamorándose, ella a su vez, de Laurencio. Entre tanto, los
criados Pedro-Clara y Turín-Celia, también se enamoran. Y al final nos
encontramos con 4 bodas: Liseo-Nise; Laurencio-Finea; Pedro-Clara y
Turín-Celia. Así, pues, el amor lo rodea todo, lo decide todo, lo resuelve
todo, lo cambia todo.
Y lo que nos interesa es analizar este amor y
a los personajes enamorados, para ver si hay en ellos rasgos petrarquistas,
tan frecuentes en la lírica del momento.
I. Vamos a empezar analizando cómo es ese
amor y qué coincidencias presenta con el amor petrarquista.
1. Es un amor que palpita a impulsos de
una pasión constante y jamás domada,
que sólo puede calmarse con la posesión final del objeto amado:
LAURENCIO
Son los espíritus nuestros,
que juntos se han de encender
y causar un dulce fuego
con que se pierde el sosiego,
hasta que se viene a ver
el alma en la posesión,
que es el fin del casamiento;
Y en otro momento Finea confiesa:
¿Por
quién en el mundo, pasa
eso que pasa por mí?
¿Qué vi denantes, qué vi,
que así me enciende y me abrasa?
Celos dice el padre mío
que son. ¡Brava enfermedad!
Y casi al final de la obra, Nise pide a Finea
que le conceda casarse con Laurencio, pues sólo así podrá conseguir la paz
que le falta:
FINEA
¿Tienes cuenta del perdón?
NISE
Téngola de tu traición;
pero no de perdonar.
¿El alma piensas quitarme
en quien el alma tenía?
Dame el alma que solía,
traidora hermana, animarme.
Mucho debes de saber,
pues del alma me desalmas.
2. Es un amor no correspondido:
LISEO
¿Hate contado mis ansias
Laurencio, discreta Nise?
NISE
¿Qué me dices? ¿Sueñas o hablas?
LISEO
Palabra me dio Laurencio
de ayudar mis esperanzas,
viendo que las pongo en ti.
NISE
Pienso que de hablar te cansas (...)
LISEO
Verdades son las que trata
contigo mi amor, no burlas.
NISE
¿Estás loco? (...)
¡Qué necedad, qué inconstancia,
qué locura, error, traición
a mi padre y a mi hermana!
¡Id en buena hora, Liseo!
LISEO
¿Desa manera me pagas
tan desatinado amor?
NISE
Pues, si es desatino, ¡basta!
Un amor no correspondido que, a veces,
prefiere no aceptar la realidad de ser desdeñado y se empeña en vivir
engañado:
NISE
¡Oh, gloria de mi esperanza!
LISEO
¿Yo vuestra gloria, señora?
NISE
Aunque dicen que me tratas
con traición, yo no lo creo;
que no lo consiente el alma.
LISEO
¿Traición, Nise? ¡Si en mi vida
mostrare amor a tu hermana,
me mate un rayo del cielo!
Y ya en el III acto, cuando se aproxima el
desenlace
LISEO
Amor, engañado,
hoy volveréis a Finea
que muchas veces amor,
disfrazado en la venganza,
hace una justa mudanza
desde un desdén a un favor.
3. Que sólo produce desgracias a quien lo padece:
LISEO
Las del mar de mis desdichas
me anegan entre sus ondas (...)
No sé yo
de qué manera disponga
mi desventura. ¡Ay de mí!
Y otro ejemplo:
FINEA
Yo no entiendo cómo ha sido
desde que el hombre me habló,
porque, si es que siento yo,
él me ha llevado el sentido.
Si duermo, sueño con él;
si como, lo estoy pensando,
y si bebo, estoy mirando
en agua la imagen dél. (...)
Harto me pesa de amalle;
pero a ver mi daño vengo,
aunque sospecho que tengo
de olvidarme de olvidalle.
4. Que hace enloquecer y enajena al amante:
CLARA
¿Qué es amor, que no lo sé?
PEDRO
¿Amor? ¡Locura, furor!
Es una dulce locura,
por quien la mayor cordura
suelen los hombres trocar (...)
En comenzando a querer,
enferma la voluntad
de una dulce enfermedad
Y otro ejemplo:
LAURENCIO
Esas estrellas hermosas
(refiriéndose a los ojos de Finea)
esos nocturnos luceros
me tienen fuera de mí.
Y otro más:
OTAVIO (aunque son palabras de Laurencio escritas a Finea)
“Agradezco mucho la merced que me has hecho,
aunque toda esta noche la he pasado con
poco sosiego, pensando en tu hermosura”
Y el último, aunque podríamos seguir hasta el
infinito:
FINEA
Ella se le lleva en fin.
¿Qué es esto, que me de pena
de que se vaya con él?
Estoy por irme tras él.
¿Qué es esto que me enajena
de mi propia libertad?
No me hallo sin Laurencio.
Mi padre es éste, silencio.
Callad, lengua; ojos, hablad.
5. Es un sentimiento noble, que dignifica
a quien lo soporta, que surge inevitablemente y no tiene por qué ser
correspondido, pues con amar es suficiente.
Empieza el segundo acto con un soliloquio de
Laurencio acerca del amor. Es casi un tratado filosófico al más puro estilo
italianizante, que merece la pena presentar aquí, aunque sea un tanto largo.
Amor,
Señores, ha sido
aquel ingenio profundo,
que llaman alma del mundo,
y es el dotor que ha tenido
la cátedra de las ciencias;
porque sólo con amor
aprende el hombre mejor
sus divinas diferencias.
Así lo sintió Platón;
esto Aristóteles dijo;
que, como del cielo es hijo,
es todo contemplación.
De ella nació el admirarse,
y de admirarse nació
el filosofar, que dio
luz con que pudo fundarse
toda ciencia artificial.
Y a amor se ha de agradecer
que el deseo de saber
es al hombre natural.
Amor con fuerza süave
dio al hombre el saber sentir,
dio leyes para vivir,
político, honesto y grave.
Amor repúblicas hizo;
que la concordia nació
de amor, con que a ser volvió
lo que la guerra deshizo (...)
No dudo de que a Finea,
como ella comience a amar,
la deje amor de enseñar,
por imposible que sea.
6. Es un sentimiento que todo lo disculpa,
que lo justifica todo, pues todo puede hacerse por amor: incluso
perder el honor. Es lo que Otavio dice a su hija Nise en la escena XXI del
segundo acto:
NISE
Hablando estaba con él
cosas de poca importancia.
OTAVIO
Mira, hija, que estas cosas
más deshonor que honor causan.
Y un poco más adelante:
NISE
¿Palabra dabas
de mujer a ningún hombre?
¿No sabes que estás casada?
FINEA
¿Para quitarme el amor,
qué importa?
Y en la escena final:
OTAVIO
¡Mil vidas he de quitar
a quien el honor me roba!
LAURENCIO
¡Detened la espada, Otavio!
Yo soy, que estoy con mi esposa
FENISO
¿Es Laurencio?
LAURENCIO
¿No lo veis?
OTAVIO
¿Quién pudiera ser agora,
si no Laurencio, mi infamia?
Pero el amor todo lo arregla, y el final es
feliz y redondo:
OTAVIO
Señor Feniso,
si la voluntad es obra
recibid la voluntad.
Y vos, Düardo, la propia;
que Finea se ha casado,
y Nise, en fin, se conforma
con Liseo, que me ha dicho
que la quiere y que la adora. (...)
LAURENCIO
Todo corre viento en popa.
¿Daré a Finea la mano?
OTAVIO
Dádsela, boba ingeniosa
LISEO
¿Y yo a Nise?
OTAVIO
Vos también. (...)
PEDRO
Y Pedro, ¿no es bien que coma
algún güeso, como perro,
de la mesa de estas bodas?
FINEA
Clara es tuya
TURÍN
Y yo, ¿nací
donde a los que nacen lloran,
y ríen a los que mueren?
NISE
Celia, que fue tu devota,
será tu esposa, Turín.
7. Es una pasión que surge a primera
vista. En el mismo momento en que Laurencio ve a Nise queda prendado de
ella:
Aquí,
como estrella clara,
a su hermosura nos guía.
Y aún es del sol su luz pura.
¡Oh reina de la hermosura!
¡Oh Nise! ¡Oh, señora mía!
Más tarde, en la escena en la que ve por
primera vez a Finea y se queda a solas con ella, le dirige las siguientes
palabras:
Agora
conozco, hermosa señora,
que no solamente viene
el sol de las orientales
partes, pues de vuestros ojos
sale con rayos más rojos
y luces piramidales;
pero si, cuando salís
tan grande fuerza traéis,
al mediodía, ¿qué haréis? (...)
Esas estrellas hermosas,
esos nocturnos luceros
me tienen fuera de mí (...)
¿No entendéis que os tengo amor
puro, honesto y llano?
(Acto I. Escena XIV)
Por su parte Liseo confiesa a Laurencio:
pues
desde que la ví, por Nise muero
Una vez analizado este amor, tenemos por
fuerza que adentrarnos en sus modos de expresión, en sus imágenes y
recursos. Para lo cual, recurriremos a los dos excelentes trabajos de Manero
Sorolla,
que tan buenas sugerencias aportan.
a) El amor es comparado con diferentes
elementos naturales: el mar, el rayo, el fuego. Generalmente son
elementos fuertes, que expresan con toda su plasticidad la turbulencia de la
pasión amorosa. No es el amor petrarquista aura, brisa, mar en calma, viento
suave....; no, es siempre un mar tempestuoso, un fuego devorador, un rayo
fulminante, etc. “Los poetas más representativos del petrarquismo italiano y
español, nos ofrecerán imágenes distintas de mares, que serán casi siempre
mares de lágrimas, de llanto, que apuntarán a un estado afectivo
desconsolado del poeta”
Así encontramos, entre otros, los
siguientes ejemplos:
LISEO
Las del mar de mi desdicha
me anegan entre sus ondas.
(I acto, escena XVIII)
LAURENCIO
No tengas pena, las piedras
ablanda el curso del agua.
( II acto, escena XXI)
2. El amor como elemento
divino que todo lo transforma, que todo lo mejora, que llega a enderezar
lo torcido. Baste como ejemplo este monólogo de Finea, transformada de necia
en discreta, gracias al amor de Lurencio:
¡Amor, divina invención (...)
extraños efectos son
los que de tu ciencia nacen,
pues las tinieblas deshacen,
pues hacen hablar los mudos
pues los ingenios más rudos
sabios y discretos hacen (...)
Tú desataste y rompiste
la escuridad de mi ingenio;
tú fuiste el divino genio
que me enseñaste, y me diste
la luz con que me pusiste
el nuevo ser en que estoy (...)
que dicen cuantos me ven
que tan diferente soy
A lo que Clara, su leal criada, apostilla:
(tu
padre) Hablando está con Miseno
de cómo lees, escribes
y danzas; dice que vives
con otra alma en cuerpo ajeno.
Atribúyele al amor
de
Liseo el milagro
(III acto, escena II)
3. El amor como fuego, llama, brasa,
etc, es uno de los rasgos que descubren hasta el siglo XVII (y más allá) la
huella petrarquista.
En nuestra boba, hay un ejemplo que lo merece todo: Duardo, que
también quiere enamorar a Nise, la requiebra con un soneto –sólo el
comentario de este soneto podría valer para certificar la huella de Petrarca
en nuestra comedia; pero no es ésta nuestra intención en este momento-Los 14
versos son la alegoría del amor como fuego. Veámoslo: