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María del Mar Morata

 

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Los tópicos petrarquistas más frecuentes en una comedia de Lope de Vega: LA DAMA BOBA. El amor como leit motiv del CANZONIERE de Petrarca, encarnado en los personajes lopescos


 

           Cualquier historiador de la Literatura acepta la influencia implacable que Petrarca ejerció en la literatura europea y, por tanto, en la española[1].

A pesar de que en el ámbito estricto del petrarquismo español, sorprende comprobar la escasez de estudios dedicados a la imagen petrarquista, es un hecho que en nuestra lírica culta de los siglos XVI y XVII el rastro de Petrarca aparece por todas partes[2]. Incluso en la lírica del XV se presienten rasgos de los usos italianizantes que habían ya invadido la península: “la imitación, conocida hoy como Petrarquismo, se convirtió en un fenómeno poético de gran importancia, inicialmente en Italia y luego en toda Europa”[3] Y poco después éste mismo autor añade: “Adondequiera que uno mire, surge en Europa el mismo modelo: primero el éxito desbordante de las obras en latín, luego confirmando la imagen de moralista, la ascensión de los Trionfi, y, finalmente, sobre todo en el siglo XVI, el triunfo del Cancionero [4]. Es, pues, a toda vista, innecesario seguir insistiendo en este tema, exhaustivamente ya tratado[5].

             Sin embargo, no deja de sorprender que, entre los poetas castellanos considerados petrarquistas, no suela citarse a los dramaturgos del XVII. Me recuerda esta ausencia a la que puede observarse en la estatua de fray Luis de Granada, que preside la plaza de Santo Domingo, en el Realejo Granadino. Si uno observa de cerca el elenco de libros que se atribuyen a nuestro fraile, y que aparecen en la base que la sustenta, no puede dejar de sonreirse –o quizá de enfadarse- cuando repara en que al dominico se le conocerá, sin duda, por su obra castellana y portuguesa, ¡pero no por la latina, la más extensa y prolífica de todas! Paradojas de la vida.

Bien, pues, algo así ocurre cuando se elimina a los autores de teatro como receptores de la herencia petrarquista. Pues si el petrarquismo influyó generalizadamente en todos nuestros poetas, ¿qué pasó con el teatro? ¿Es que los versos de nuestros dramas[6] no gozaron de esa afectación italianizante?

La respuesta es: sí. Y no podía ser de otro modo. Recordemos que el teatro del Siglo de Oro español se escribe en verso; los personajes –según el parecer de Carlos Hipólito- pensaban en verso, porque hablaban en verso[7]; porque el verso era el modo de expresarse que mejor se adecuaba a la intriga argumental, y el lenguaje tiene que estar en función del argumento. Y  por ello el lenguaje de la comedia debe tener, sí, fuerza dramática, pero también poética.                                                   

De ahí que sea relativamente sencillo descubrir determinados caracteres típicos de la lírica, y en concreto de la lírica petrarquista. Y digo “relativamente fácil”, porque no podemos olvidar que estamos analizando verso dramático; es decir, verso que debe cumplir las funciones propias del teatro. Por eso, no todo lo que es posible imitar en lírica, lo es en drama. Una afirmación que puede parecer de perogruyo, pero que en absoluto lo es, máxime cuando es esto lo que va a dificultar, en cierta medida, nuestro estudio.

            A nadie se le escapa la idea de que Garcilaso, Gutierre de Cetina o Hernando de Acuña, entre otros, no hayan tenido obstáculos a la hora de escribir sus sonetos, bajo la influencia del maestro de Arezzo. Pero no todo lo que puede decirse en sonetos, lo puede decir cualquiera y en cualquier situación. Lo que parece lógico oir de un noble enamorado[8], no es viable en un criado, por muy enamorado que esté[9]; y lo que pertenece como propio al joven galán, no puede ponerse en boca de un viejo, aunque sea el mismísimo rey.

En este aspecto es dónde decimos que vamos a encontrar dificultades. Pasamos, entonces, de lleno al estudio de los petrarquismos en La dama boba.

Hemos hablado en el título del amor como leit motiv de todas las acciones humanas. Y no es difícil comprobarlo. Liseo quiere casarse con Finea pero, al descubrir que es totalmente necia, se vuelve hacia su hermana Nise, que además de hermosa es discreta. Por el contrario Laurencio, que quería casarse con Nise, piensa que la dote de Finea le resolverá la vida, y empieza a cortejarla. Finea, que jamás ha sido amada por ningún hombre, gracias a “los efectos del amor” se va tornando en discreta y enamorándose, ella a su vez, de Laurencio. Entre tanto, los criados Pedro-Clara y Turín-Celia, también se enamoran. Y al final nos encontramos con 4 bodas: Liseo-Nise; Laurencio-Finea; Pedro-Clara y Turín-Celia. Así, pues, el amor lo rodea todo, lo decide todo, lo resuelve todo, lo cambia todo.

Y lo que nos interesa es analizar este amor y a los personajes enamorados, para ver si hay en ellos rasgos petrarquistas[10], tan frecuentes en la lírica del momento.

I. Vamos a empezar analizando cómo es ese amor y qué coincidencias presenta con el amor petrarquista.

 

1. Es un amor que palpita a impulsos de una pasión constante y jamás domada[11], que sólo puede calmarse con la posesión final del objeto amado:

 

LAURENCIO

               Son los espíritus nuestros,

               que juntos se han de encender

               y causar un dulce fuego

               con que se pierde el sosiego,

               hasta que se viene a ver

               el alma en la posesión,

               que es el fin del casamiento;

 

Y en otro momento Finea confiesa:

 

               ¿Por quién en el mundo, pasa

               eso que pasa por mí?

               ¿Qué vi denantes, qué vi,

               que así me enciende y me abrasa?

               Celos dice el padre mío

               que son. ¡Brava enfermedad!

 

Y casi al final de la obra, Nise pide a Finea que le conceda casarse con Laurencio, pues sólo así podrá conseguir la paz que le falta:

 

FINEA

               ¿Tienes cuenta del perdón?

NISE

               Téngola de tu traición;

               pero no de perdonar.

               ¿El alma piensas quitarme

               en quien el alma tenía?

               Dame el alma que solía,

               traidora hermana, animarme.

               Mucho debes de saber,

               pues del alma me desalmas. 

 

             2. Es un amor no correspondido:

 

LISEO

               ¿Hate contado mis ansias

               Laurencio, discreta Nise?

NISE

               ¿Qué me dices? ¿Sueñas o hablas?

LISEO

               Palabra me dio Laurencio

               de ayudar mis esperanzas,

               viendo que las pongo en ti.

NISE

               Pienso que de hablar te cansas (...)

LISEO

               Verdades son las que trata

               contigo mi amor, no burlas.

NISE

               ¿Estás loco? (...)

               ¡Qué necedad, qué inconstancia,

               qué locura, error, traición

               a mi padre y a mi hermana!

               ¡Id en buena hora, Liseo!

LISEO

               ¿Desa manera me pagas

               tan desatinado amor?

NISE

               Pues, si es desatino, ¡basta!

 

Un amor no correspondido que, a veces, prefiere no aceptar la realidad de ser desdeñado y se empeña en vivir engañado[12]:

           

            NISE

                        ¡Oh, gloria de mi esperanza!

            LISEO

                        ¿Yo vuestra gloria, señora?

NISE

                        Aunque dicen que me tratas

                        con traición, yo no lo creo;

                        que no lo consiente el alma.

            LISEO

                        ¿Traición, Nise? ¡Si en mi vida

            mostrare amor a tu hermana,

            me mate un rayo del cielo!

 

Y ya en el III acto, cuando se aproxima el desenlace

 

LISEO

            Amor, engañado,

            hoy volveréis a Finea

            que muchas veces amor,

            disfrazado en la venganza,

            hace una justa mudanza

            desde un desdén a un favor.

 

            3. Que sólo produce desgracias a quien lo padece:

 

LISEO

               Las del mar de mis desdichas

               me anegan entre sus ondas (...)

                                   No sé yo

               de qué manera disponga

               mi desventura. ¡Ay de mí!

 

Y otro ejemplo:

 

FINEA

               Yo no entiendo cómo ha sido

               desde que el hombre me habló,

               porque, si es que siento yo,

               él me ha llevado el sentido.

               Si duermo, sueño con él;

               si como, lo estoy pensando,

               y si bebo, estoy mirando

               en agua la imagen dél. (...)  

               Harto me pesa de amalle;

               pero a ver mi daño vengo,

               aunque sospecho que tengo

               de olvidarme de olvidalle.   

 

            4. Que hace enloquecer y enajena al amante:

 

CLARA

               ¿Qué es amor, que no lo sé?

PEDRO

               ¿Amor? ¡Locura, furor!

               Es una dulce locura,

               por quien la mayor cordura

               suelen los hombres trocar (...)

               En comenzando a querer,

               enferma la voluntad

               de una dulce enfermedad

                

Y otro ejemplo:

 

LAURENCIO

               Esas estrellas hermosas (refiriéndose a los ojos de Finea)

               esos nocturnos luceros

               me tienen fuera de mí.

 

Y otro más:

 

OTAVIO (aunque son palabras de Laurencio escritas a Finea)

               “Agradezco mucho la merced que me has hecho,

               aunque toda esta noche la he pasado con

               poco sosiego, pensando en tu hermosura”

 

Y el último, aunque podríamos seguir hasta el infinito:

 

FINEA

               Ella se le lleva en fin.

               ¿Qué es esto, que me de pena

               de que se vaya con él?

               Estoy por irme tras él.

               ¿Qué es esto que me enajena

               de mi propia libertad?

               No me hallo sin Laurencio.

               Mi padre es éste, silencio.

               Callad, lengua; ojos, hablad.  

  

5. Es un sentimiento noble, que dignifica a quien lo soporta, que surge inevitablemente y no tiene por qué ser correspondido, pues con amar es suficiente.

Empieza el segundo acto con un soliloquio de Laurencio acerca del amor. Es casi un tratado filosófico al más puro estilo italianizante, que merece la pena presentar aquí, aunque sea un tanto largo.

 

               Amor, Señores, ha sido

               aquel ingenio profundo,

               que llaman alma del mundo,

               y es el dotor que ha tenido

               la cátedra de las ciencias;

               porque sólo con amor

               aprende el hombre mejor

               sus divinas diferencias.

                Así lo sintió Platón;

               esto Aristóteles dijo;

               que, como del cielo es hijo,

               es todo contemplación.

               De ella nació el admirarse,

               y de admirarse nació

               el filosofar, que dio

               luz con que pudo fundarse

               toda ciencia artificial.

               Y a amor se ha de agradecer

               que el deseo de saber

               es al hombre natural.

               Amor con fuerza süave

               dio al hombre el saber sentir,

               dio leyes para vivir,

               político, honesto y grave.

               Amor repúblicas hizo;

               que la concordia nació

               de amor, con que a ser volvió

               lo que la guerra deshizo (...)

               No dudo de que a Finea,

               como ella comience a amar,

               la deje amor de enseñar,

               por imposible que sea.

 

6. Es un sentimiento que todo lo disculpa, que lo justifica todo, pues todo puede hacerse por amor: incluso perder el honor. Es lo que Otavio dice a su hija Nise en la escena XXI del segundo acto:

 

NISE

               Hablando estaba con él

               cosas de poca importancia.

OTAVIO

               Mira, hija, que estas cosas

               más deshonor que honor causan.

 

Y un poco más adelante:

 

NISE

               ¿Palabra dabas

               de mujer a ningún hombre?

               ¿No sabes que estás casada?

FINEA

               ¿Para quitarme el amor,

               qué importa?

 

Y en la escena final:

 

OTAVIO

               ¡Mil vidas he de quitar

               a quien el honor me roba!

LAURENCIO

               ¡Detened la espada, Otavio!

               Yo soy, que estoy con mi esposa

FENISO

               ¿Es Laurencio?

LAURENCIO

               ¿No lo veis?

OTAVIO

               ¿Quién pudiera ser agora,

               si no Laurencio, mi infamia?

 

Pero el amor todo lo arregla, y el final es feliz y redondo:

 

OTAVIO

               Señor Feniso,

               si la voluntad es obra

               recibid la voluntad.

               Y vos, Düardo, la propia;

               que Finea se ha casado,

               y Nise, en fin, se conforma

               con Liseo, que me ha dicho

               que la quiere y que la adora. (...)

LAURENCIO

               Todo corre viento en popa.

               ¿Daré a Finea la mano?

OTAVIO

               Dádsela, boba ingeniosa

LISEO

               ¿Y yo a Nise?

OTAVIO

               Vos también. (...)

PEDRO

               Y Pedro, ¿no es bien que coma

               algún güeso, como perro,

               de la mesa de estas bodas?

FINEA

               Clara es tuya

TURÍN

               Y yo, ¿nací

               donde a los que nacen lloran,

               y ríen a los que mueren?

NISE

               Celia, que fue tu devota,

               será tu esposa, Turín.  

 

7. Es una pasión que surge a primera vista. En el mismo momento en que Laurencio ve a Nise queda prendado de ella:

 

               Aquí, como estrella clara,

               a su hermosura nos guía.

               Y aún es del sol su luz pura.

               ¡Oh reina de la hermosura!

               ¡Oh Nise! ¡Oh, señora mía!

 

Más tarde, en la escena en la que ve por primera vez a Finea y se queda a solas con ella, le dirige las siguientes palabras:

 

                Agora

               conozco, hermosa señora,

               que no solamente viene

               el sol de las orientales

               partes, pues de vuestros ojos

               sale con rayos más rojos

               y luces piramidales;

               pero si, cuando salís

               tan grande fuerza traéis,

               al mediodía, ¿qué haréis? (...)

               Esas estrellas hermosas,

               esos nocturnos luceros

               me tienen fuera de mí (...)

               ¿No entendéis que os tengo amor

               puro, honesto y llano?                             (Acto I. Escena XIV)

 

Por su parte Liseo confiesa a Laurencio:

 

               pues desde que la ví, por Nise muero   

 

Una vez analizado este amor, tenemos por fuerza que adentrarnos en sus modos de expresión, en sus imágenes y recursos. Para lo cual, recurriremos a los dos excelentes trabajos de Manero Sorolla[13], que tan buenas sugerencias aportan.

 

a) El amor es comparado con diferentes elementos naturales: el mar, el rayo, el fuego. Generalmente son elementos fuertes, que expresan con toda su plasticidad la turbulencia de la pasión amorosa. No es el amor petrarquista aura, brisa, mar en calma, viento suave....; no, es siempre un mar tempestuoso, un fuego devorador, un rayo fulminante, etc. “Los poetas más representativos del petrarquismo italiano y español, nos ofrecerán imágenes distintas de mares, que serán casi siempre mares de lágrimas, de llanto, que apuntarán a un estado afectivo desconsolado del poeta”[14]     

            Así encontramos, entre otros, los siguientes ejemplos:

 

LISEO

                        Las del mar de mi desdicha

                        me anegan entre sus ondas.                      (I acto, escena XVIII)

 

LAURENCIO

                        No tengas pena, las piedras

                        ablanda el curso del agua.                         ( II acto, escena XXI)

 

            2. El amor como elemento divino que todo lo transforma, que todo lo mejora, que llega a enderezar lo torcido. Baste como ejemplo este monólogo de Finea, transformada de necia en discreta, gracias al amor de Lurencio:

            ¡Amor, divina invención (...)

            extraños efectos son

            los que de tu ciencia nacen,

            pues las tinieblas deshacen,

            pues hacen hablar los mudos

            pues los ingenios más rudos

            sabios y discretos hacen (...)

            Tú desataste y rompiste

            la escuridad de mi ingenio;

            tú fuiste el divino genio

            que me enseñaste, y me diste

            la luz con que me pusiste

            el nuevo ser en que estoy (...)

            que dicen cuantos me ven

            que tan diferente soy

A lo que Clara, su leal criada, apostilla:

            (tu padre) Hablando está con Miseno

            de cómo lees, escribes

            y danzas; dice que vives

            con otra alma en cuerpo ajeno.

            Atribúyele al amor

            de Liseo el milagro                    (III acto, escena II)

3. El amor como fuego, llama, brasa, etc, es uno de los rasgos que descubren hasta el siglo XVII (y más allá) la huella petrarquista[15]. En nuestra boba, hay un ejemplo que lo merece todo: Duardo, que también quiere enamorar a Nise, la requiebra con un soneto –sólo el comentario de este soneto podría valer para certificar la huella de Petrarca en nuestra comedia; pero no es ésta nuestra intención en este momento-Los 14 versos son la alegoría del amor como fuego. Veámoslo:

 

                           La calidad elementar resiste

                           mi amor, que a la virtud celeste aspira,

                           y en las mentes angélicas se mira,

                           donde la idea del calor consiente.

                           No ya como elemento el fuego viste

                           el alma, cuyo vuelo al sol admira;

                           que de inferiores mundos se retira,

                           adonde el serafín ardiendo asiste.

                           No puede elementar fuego abrasarme.

                           La virtud celestial que vivifica,

                           envidia el verme a la suprema alzarme;

                           que donde el fuego angélico me aplica,

                           ¿cómo podrá mortal poder tocarme,

                           que eterno y fin contradicción implica?               ( I acto, escena X)

 

O también:

LAURENCIO:

                           Son los espíritus nuestros,

                           que juntos se han de encender

                           y causar un dulce fuego

                           con que se pierde el sosiego.                            (I acto, escena XIV)

 

          4. Otras veces se acude a la guerra, lucha, combate... como imágenes que describen la índole “agónica” del alma enamorada[16]. Son las flechas de Cupido las que hieren el corazón del amante y provocan ese lento desangrarse con el que pierde la vida:

 

                           Como la saeta soy...                (I acto, escena XIII)

          

 

O también, un poco más abajo:

 

                           (Nise) me mira con frente armada

 

Y otro:

                           ¿Qué más remedio

                           de no combatir que estar la vida en medio?                 (I acto, escena XIV)

Y todavía:

 

                           Vamos los dos al jardín

                           que tengo bien que riñamos                                          (I acto, escena XVI)    

 

          5. En otros momentos el amor es un rayo, de sol, de luna, que frecuentemente se suele referir también a las miradas o a los ojos. Es ésta una imagen anterior a Petrarca, pero que todos mantienen, con sus ligeras variantes[17].  Hay muchos ejemplos en la Boba, pero sólo presentaremos algunos

LAURENCIO

                           Yo, señora, no me atrvo,

                           por mi humildad a tus ojos;

                           que, dando en viles despojos,

                           se afrenta al rayo de Febo                                    ( I acto, escena IX) 

  

                           Esas estrellas hermosas,

                           esos nocturnos luceros

                           me tienen fuera de mí (...)

                           Destos mis ojos

                           saldrán unos rayos vivos,

                           como espíritus visivos

                           de sangre y de fuego rojos                                   ( I acto, escena XIV)

 

                           (Ap) Aquí están los ojos

                           a cuyos rayos me ofrezco                                       ( II acto, escena XIX)

FINEA

                           estaba eclipsada en mí

                           hasta que en tus rayos ví,

                           a cuyo sol se levanta                                         (III acto, escena I)   

 

                           Que es el alma, que te ve

                           por mil vidrios y cristales,

                           porque en mis ojos estás

                           con memorias inmortales                                      (III acto, escena X)

 

            Hemos analizado las expresiones más tópicas de las que sirven nuestros poetas para expresar el amor. Vayamos ahora un poco más lejos. Pues, si el amor es un noble sentimiento, que sufren y padecen los mortales, es obvio que analicemos ahora cómo son esos mortales enamorados; qué efectos demoledores produce el loco amor en aquellos en quienes hace presa, pues –como dice Nise al principio del III acto- el amor se ha de tener // adonde se pueda hallar // que como no es eleción // sino sólo un accidente // tiénese donde se siente // no donde fuera razón.

           

            II. La mujer es el centro del universo del poeta: todo gira alrededor de ella; es más, el universo tiene un único nombre propio: el de la amada; se vive y se muere por ella[18], se respira por ella, se enferma por ella[19], sus males son los del poeta, y sus alegrías también. Por eso el poeta vive enajenado, fuera de sí; su alma está en otra alma[20], ya no se pertenece[21]; es esclavo, juguete[22], prisionero.

           Sabemos que este tópico no es de creación petrarquista, ni mucho menos. En la historia de la lírica universal siempre ha habido un nombre propio de mujer unido al de un poeta: Corina, Lesbia, Lydia, Beatrice, Isabel... Una mujer real o imaginaria, pero que respondía a un canon de belleza preestablecido, y que abarcaba tanto el cuerpo como el alma: los valores morales de la dama se encerraban en un cuerpo perfecto, y no es posible pensar otra cosa.

            Las referencias a la belleza arquetípica de la mujer petrarquista son contínuas en la comedia que nos ocupa, casi todas referidas, obviamente, a Nise. Es, por ende, un elemento de comicidad la figura de Fenisa, una necia, agraciada físicamente, lo cual es aún más digno de lástima. Así, cuando Pedro y Laurencio comprueban las cortas luces de Finea, comentan:

                          

                           Linda cara y talle tiene

                           ¡Así fuera el alma!                                      ( I acto, escena XIV)

           

Por el contrario, una entre mil son las alabanzas a Nise, como se recoge en este breve diálogo entre Nise y Liseo:

LISEO               

No fue la fama engañosa,

que hablaba de vuestra hermosura.

NISE                 

Soy muy vuestra servidora

LISEO               

¡Lo que es el entendimiento!                                  (I acto, escena XVIII)

            Una belleza de arquetipo, según el canon prestablecido por Petrarca en el soneto CLVII[23]. Sin embargo, como en otras ocasiones, el poeta aretino se encontró asímismo con una tradición que venía tanto de los líricos latinos, como de los trovadores provenzales, como de los stilnovistas, y que abarca también la pintura y la escultura. Y no sólo cánones en cuanto a las partes bellas, sino también en los modos de descripción: siempre de arriba abajo.

            Como ya apuntamos en páginas anteriores, estamos analizando una composición en verso un tanto especial. Por eso, no puede extrañarnos que no se encuentre un doblete del soneto petrarquista -antes citado- en nuestra comedia. Podemos reconocer a una dama por las coordenadas petrarquistas, pero no esperemos un calco en los modos, sencillamente porque no existe. Veamos algunos ejemplos:

 

                           Las damas de Corte son

                           todas un fino cristal:

                           transparentes y divinas                                 (I acto, escena I)

 

                           Pues Nise bella es la palma;

                           Finea, un roble sin alma

                           y discurso de razón                                       (I acto, escena II)             

 

                           ¡Oh, reina de la hermosura!

                           ¡Oh, Nise!                                                         (I acto, escena X)

 

                           Linda cara y talle tiene