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¿QUÉ ES EL
TOMISMO?
Por fray
Ramón Hernández, O. P.
El Tomismo es un sistema escolástico de pensamiento ideado por santo Tomás de
Aquino, que ha tenido y sigue teniendo una gran influencia dentro de la
filosofía cristiana. Tiene de común con la Escolástica su método de exposición
de las cuestiones: proposición del problema; argumentos en contra; argumentos a
favor; prueba de la tesis, y solución de las objeciones. Hace uso abundante del
silogísmo: una proposición con sujeto de carácter universal; otra proposición
que tiene por atributo el sujeto universal de la anterior, y una conclusión que,
por necesidad lógica, aplica el atributo de la primera al sujeto de la segunda.
El abuso del silogismo y el afán de réplicas y contrarréplicas, facilitando los
polisilogismos, da pesadez y quita armonía al estilo, aunque su aplicación
lógica conduzca al objetivo de probar racionalmente la propia tesis y rechazar
como no plenamente racional la contraria. El método argumentativo no siempre es
la deducción o proceso de algo más universal hacia algo cada vez más particular.
Los escolásticos usan también la inducción o método empírico, que de un análisis
de los particulares establece proposiciones generales. Tiende hacia el examen de
un número abundante de datos o de casos singulares, para conseguir la inducción
suficiente o científica o causal. El tomismo, como otros sistemas doctrinales
del medievo, es principalmente un sistema teológico. Nació para dar una
explicación coherente, armónica, y sin contradicción, a toda la enseñanza
dogmático-moral del cristianismo. Por eso el primer argumento será siempre la
Sagrada Escritura. Los argumentos o lugares inmediatamente siguientes están
formados por la tradición viva de la Iglesia; los Santos Padres, que vivieron y
explicaron la Sagrada Escritura de modo directo, sin apenas aditamentos
estrictamente filosóficos; el magisterio eclesiástico, manifestado en los
concilios, en las determinaciones canónicas y litúrgicas, y en la enseñanza de
la jerarquía o de los pontífices de la Iglesia. Finalmente vienen los
razonamientos filosóficos. Al argumento de razón o puramente filosófico, a pesar
de que ocupa el último lugar en la explicación de la fe y de la moral
cristianas, los teólogos medievales le dieron una importancia especial en sus
procesos argumentativos, pues les permitía ver una armonía, un orden y como una
conexión íntima entre todas esas verdades. De ahí su recurso a los grandes
maestros de la filosofía clásica, que habían logrado una visión sistemática de
la realidad. Se recurrió muy pronto a Platón y a los neoplatónicos, y vieron la
facilidad de aplicar al Evangelio los términos de aquellos filósofos. La
doctrina platónica y neoplatónica del demiurgo y del logos como creador y como
mediador entre Dios y las criaturas sirvió para explicar el Logos del Evangelio
de san Juan y la doctrina de la Encarnación y Redención de los hombres por el
Verbo divino. Los filósofos árabes dieron a conocer las grandes posibilidades de
la filosofía de Aristóteles para explicar la religión. El riesgo para los
pensadores cristianos era grande, pues no todas las aplicaciones de los
filósofos árabes eran asumibles por una filosofía ortodoxa cristiana o que
estuviera de acuerdo con la fe tradicional católica. Un caso típico, objeto de
gran discusión entre los maestros de la universidad de París fue la unidad del
entendimiento agente propagada por el "Comentador" por antonomasia de
Aristóteles, que era Averroes. Muchos veían en esa doctrina la imposibilidad de
sostener la individualidad de la persona humana, con todas las exigencias de
libertad, responsabilidad, mérito, perfección humana y cristiana, y resurrección
personal. Entre los grandes maestros del siglo XIII san Alberto Magno intuyó el
gran servicio que podía sacarse al aristotelismo, purificado de las
explicaciones arabizantes, para sistematizar armónicamente los dogmas y la moral
cristiana. Si se conseguía salvar bien las barreras, podía obtenerse una
exposición del cristianismo más coherente que con el agustinismo platonizante,
tradicional en las escuelas desde hacía más de doscientos años. Fue su
discípulo, santo Tomás de Aquino, el que consiguió llevar a cabo el sueño ideado
por san Alberto. Para lograr un contacto directo con las fuentes griegas de
Aristóteles, sin la mediación de los filósofos árabes, consiguió del gran
helenista y pensador dominico Guillermo de Moerbeke la traducción de casi todas
las obras de Aristóteles. Santo Tomás pudo de esta forma estudiar directamente y
comentar con detención casi todo el "corpus" aristotélico, y conseguir una
infraestructura firme, para edificar sobre ella la doctrina cristiana, encerrada
en la Sagrada Escritura y en las diversas manifestaciones de la tradición de la
Iglesia. Eso es el tomismo completo o integral como sistema teológico. La
infraestructura filosófica, sin embargo, a pesar de su orientación
teológico-cristiana, forma una entidad, incluso un sistema, capaz de vivir y
mantenerse por sí mismo. La doctrina teológica montada sobre esta estructura o
sistema filosófico le confiere a éste una consistencia mayor, y también una más
limpia claridad en la exposición y explicación de las cuestiones más intrincadas
de la filosofía, pero sin herir en modo alguno su independencia. Santo Tomás
sienta y tiene constantemente presente un principio que clarifica cada uno de
los pasos en esta simbiosis entre ambos órdenes de realidades: la gracia no
destruye la naturaleza, sino que la perfecciona; la razón sobrenatural no
destruye nunca la razón natural; el derecho sobrenatural o revelado respeta y no
quebranta nunca el derecho natural; etc. Las obras de santo Tomás de Aquino más
adecuadas para ver el tomismo o sistema tomista en su conjunto son aquéllas en
las que ofrece de modo unitario toda su enseñanza teológica, o las cuestiones
más importantes de la teología. Hay cuatro obras primordiales de este género:
Comentario a los cuatro libros de las "Sentencias" de Pedro Lombardo, que
escribió en los años 1254-1256, como fruto de su primera enseñanza en la
universidad de París; Cuestiones Disputadas sobre la Verdad, que redactó entre
1256-1259; Suma contra los Gentiles, obra apologética de toda la doctrina
cristiana, que compuso en torno al 1270; Suma de Teología, su obra de síntesis
más perfecta, que empezó a escribir en 1266 y le ocupó hasta 1273, dejándola
incompleta, aunque ya no quedaban muchas cuestiones para acabar. De estas obras
las que tienen las preferencia son las dos últimas, pues fueron escritas en los
últimos años de su vida, cuando había llegado a la plena madurez su pensamiento,
y cuando usa casi en su plenitud el "corpus" filósofico de Aristóteles, vertido
directamente del griego. Él mismo corrige en bastantes puntos, y muy
importantes, en las dos últimas obras, doctrinas que había expuesto en las dos
primeras. No obstante, cuando se quiere una explicación detallada a un punto
concreto es necesario recurrir a sus tratados monográficos sobre esa cuestión:
De ente et essentia, De potentia, De spiritualibus creaturis, De anima, De malo,
De virtutibus in communi... Y siempre ayudarán mucho para comprender el tomismo
como sistema filosófico, los comentarios a las obras principales de Aristóteles:
Métafísica, Física, Sobre el Alma, Ética, Política... Las doctrinas tomistas,
principalmente las más originales o que representaban una ruptura clara con la
corriente tradicional, fueron muy pronto atacadas con la máxima dureza por
autores no dominicos. Sobresalen en este enfrentamiento con el tomismo los
teólogos Guillermo de la Mare, Tomás Peckham, Ricardo de Mediavilla... También
algunos pensadores de su Orden Dominicana rechazaron de plano el sistema
tomista, como Roberto Kilwardby y Durando de San Porciano. Las altas jerarquía
de dicha Orden, en cambio, se mostraron también pronto dispuestas a defenderlo,
recomendarlo y hasta imponerlo a sus súbditos. Así lo fueron haciendo
sucesivamente los Capítulos Generales de: Milán, en 1278; París, en 1286;
Zaragoza, en 1309, y Metz en 1313. La canonización de santo Tomás de Aquino en
1323 tranquilizó los ánimos hostiles y confirió una autoridad especial al
sistema dentro de la cristiandad.
PUNTOS CENTRALES DE LA FILOSOFÍA TOMISTA
La filosofía tomista es una visión lógica o coherente de la realidad en su
plenitud. Es un sistema filosófico compacto o armónico, que abarca toda la
realidad existente y le confiere su unidad intelectual o racional. No desatiende
ninguno de los campos del ser ni del pensar. El tomismo tiene por ello su
ontología, o metafísica del ser; su cosmología; su psicología; su moral; su
crítica o teoría o metafísica del pensar, y su teodicea o metafísica de la
última causa del ser, del pensar y del obrar. ¿Cuáles son los puntos
primordiales en cada uno de esos campos? En ontología enseña que el ser es un
concepto análogo, no unívoco ni equívoco. Es un concepto que se aplica a todas
las cosas reales o posibles, pero de modo muy diverso a los distintos géneros de
seres. La primera gran división de los seres es la potencia y el acto. Los seres
meramente posibles son entes en potencia; los seres reales son o sólo y puro
acto, o son compuestos de potencia y acto, es decir, de una parte, que todavía
no es pero puede llegar a ser, y de otra, que ya es. Hay otra gran división del
ente o de los seres, que muchos confunden con la anterior, y por ello disienten
en lo que constituye la esencia o la verdad fundamental del tomismo. Es la
división de los seres reales o del ente real en existencia y esencia. Todo el
ser real o es pura existencia, o está compuesto de esencia y existencia. El acto
puro o pura existencia, que no está limitado por ninguna potencia, es el ser
supremo, cuya esencia es o se identifica con su existir: es lo que llamamos
Dios. Los demás seres, que no son acto puro, tienen todos una limitación en su
ser; su esencia no es la existencia o el existir puro y simple, sino algo
potencial, sobre lo cual viene la perfección que lo actualiza, que es la
existencia. Todavía en el puro orden ontológico, común a todas las realidades
existentes, es necesario distinguir entre la realidad existente o subsistente y
sus diversas limitaciones. En todos los seres existentes podemos distinguir la
sustancia, sea ésta pura existencia, sea no pura existencia sino compuesta de
esencia y existencia, y los accidentes, que limitan, determinan y sobrevienen a
la sustancia. El ser que es puro acto, puro existir, y que llamamos ser
absolutamente supremo o Dios, es también pura sustancia. Los demás seres, que
están compuestos de acto y potencia, de esencia y existencia, lo están también
de sustancia y accidentes. Nueve son los accidentes, que pueden determinar las
sustancias compuestas de esencia y existencia, y que juntamente con la sustancia
forman los llamados diez predicamentos o categorías de los seres reales, todo
ello tomado de la filosofía de Aristóteles: la cantidad, la cualidad, la
relación, la acción, la pasión, el lugar, el tiempo, la situación y el hábito.
Dentro del mundo de los seres compuestos hay otra gran división; son las dos
formas de participar de los diversos elementos, que integran los seres. En
efecto unas sustancias son espirituales o esencialmente simples, y otras son
esencialmente compuestas de dos elementos: uno formal o actual, y otro material
o potencial. Los dos elementos no son independientes ni en el existir ni en el
actuar, y tanto una cosa como otra, el ser y la acción, no son exclusivos de
ninguno de ellos, sino del compuesto resultante o supuesto. Esos dos elementos
reciben los nombres científicos de forma sustancial y materia prima. Las
sustancias materiales o corpóreas se dividen en dos clases, una la constituyen
los seres vivos, y otros los puramente materiales o carentes de vida. La forma
sustancial de los seres vivos es el alma, que es el principio que da unidad a
todas las partes y es también el principio interno de su movimiento, de su
mantenimiento y de su desarrollo. Las sustancias corpóreas o materiales vivas se
dividen en tres grandes géneros: vegetales, animales y racionales u hombres.
Cada uno de esos géneros viene definido por su clase de forma sustancial o de
alma, es decir por la virtud y diversidad de movimientos, que pueden comunicar a
su cuerpo o ser material. El alma vegetativa es el principio de esos movimientos
genéricos antes indicado. El alma animal o sensitiva, además de comunicar esos
movimientos, es también el principio de todo conocimiento a través de la diversa
clase de sentidos, que pueda haber en las más diversas especies de animales. El
alma racional o humana, ademas de conferir esos movimientos vegetales y ese
conocimiento sensitivo, es el principio del conocimiento intelectual o racional
propio del hombre. Las almas vegetativas, o de los vegetales, y las sensitivas,
o de los puramente animales, por no existir más que para su cuerpo o principio
material, se corrompen o desaparecen al corromperse el compuesto, a causa de la
materia o cuerpo material, que formaba parte de ellos. El alma racional o
intelectual, que conoce los seres inmateriales o espirituales, es también
inmaterial y espiritual. Por ello, aunque está ordenada al cuerpo y lo informa y
le da vida, no depende plenamente de él, y, cuando el cuerpo se corrompe o se
desprende del compuesto que forma con el alma, ésta sigue viviendo por sí misma,
aunque conserva siempre esa inclinación u orden a su propio cuerpo o un cuerpo
hecho a su medida o a sus características. El alma racional en el hombre es su
única forma sustancial, y hace en él todas las funciones del alma vegetativa y
sensitiva. En ella se dan dos clases de facultades o potencias para desarrollar
sus operaciones: unas facultades orgánicas o corporales y otras inorgánicas o
espirituales. Las primeras, a las que pertenecen los sentidos, tanto externos
(vista, oído, etc), como internos (imaginación, memoria, etc.) se sustentan en
el compuesto; las segundas, o espirituales, se apoyan sólo en el alma, aunque se
ayuden del cuerpo para su estímulo en la operación . El principio o causa del
conocimiento intelectual es la inmaterialidad, y, según el grado de
inmaterialidad, es también el grado de su posibilidad de captación por el
entendimiento. Por eso el objeto adecuado del entendimiento es el ser en sí
mismo, o el concepto de ser. El objeto propio del entendimiento humano, en
cuanto unido a un cuerpo y en cuanto está dependiendo de los sentidos
corporales, es la esencia de las cosas, abstraída de las condiciones materiales.
El conocimiento intelectual humano comienza en las cosas sensibles o captadas
por los sentidos corporales, externos e internos. Como estos objetos materiales
no son en sí mismos inteligibles, el entendimiento tiene una función o virtud
llamada abstractiva o entendimiento agente, que toma de las representaciones de
los objetos en los sentidos o fantasmas las formas o especies inteligibles.
Estas especies inteligibles las asume el entendimiento humano en su función
propiamente intelectiva, haciendo de ellas su propio objeto y transformándolas
en entendidas en acto. Esta función intelectiva se ha llamado también
entendimiento pasivo, que es en definitiva el entendimiento en su más propia
significación. De esta forma el entendimiento humano entiende directamente la
esencia de las cosas o los llamados universales. Para conocer los singulares, en
los que se dan de hecho esas esencias, vuelve de nuevo el entendimiento hacia
las especies o representaciones, también llamadas fantasmas, de esas cosas que
se encuentran en los sentidos, externos o internos. Para entender o conocer, en
cambio, los seres espirituales, se sirve de la analogía, que le permite llegar
hasta las perfecciones o atributos del ser supremo o Dios. En el hombre hay dos
potencias espirituales o propias del alma: el entendimiento y la voluntad. Ambas
caminan o actúan armónicamente en bien del compuesto o del hombre. El desorden o
desequilibrio, inclinándose excesivamente por el cuerpo o por el alma, procede
de un error en la representación de un objeto como bueno, no siéndolo en la
realidad. Siempre es el entendimiento el que señala el camino, yendo por delante
de la voluntad, ya que ésta es una potencia ciega o sin luz, y es atraída por lo
que tiene apariencia de bueno o de mejor, aunque no lo sea de hecho por error
del entendimiento. La voluntad o apetito espiritual elige el bien más atractivo
ofrecido por la razón. La razón o entendimiento juzga que éste es el bien que le
conviene, y la voluntad decide seguirlo. El entendimiento humano no sólo conoce
las cosas materiales y compuestas de cuerpo y espíritu en sí mismas, sino
también en sus relaciones y dependencias causales, y puede ascender a la causa
suprema de todas las causas, de la que dependen todos los seres reales y
posibles, es decir, puede llegar al conocimiento de Dios. ¿Cómo llega el hombre
a conocer la existencia de Dios? Santo Tomás usa de cinco procesos racionales de
orden causal, llamados de ordinario "las cinco vías" para el conocimiento de
Dios. En las cinco vías parte de la observación de las cosas particulares por
los sentidos. Hay en el inicio un análisis empírico, que genera por la inducción
un proceso causal; luego este método inicial inductivo se completa con el
deductivo, llevándonos causa tras causa hasta la causa primera en todos los
cinco procesos u órdenes de ascensión o vías, pues en todos ellos es imposible
un proceso hasta el infinito. La primera vía parte del hecho observable del
movimiento, que pide una causa de ese movimiento, y a su vez esa causa por ser
también movida exige otra causa, hasta llegar a un ser inmovil causa de todas
las causas del movimiento. La segunda vía observa la existencia de seres que son
efectos, que tienen por consiguiente su causa eficiente, que es a su vez efecto
de otra causa, hasta llegar a un ser que es sólo causa eficiente, sin ser
efecto. La tercera vía observa la contingencia de los seres, que ahora son, pero
antes no fueron y con el tiempo dejarán de ser; si todos fueran contingentes,
tuvo que haber un tiempo en que ninguno existió y no pudo dar el ser a otro, y
ahora tampoco existiría nada; luego hay un ser necesario, causa de los sucesivos
contingentes. La cuarta sigue ese mismo proceso por lo que se refiere a las
perfecciones de los seres, que no son completas y postulan un ser que las tengan
en su plena totalidad. La quinta observa la existencia de un fin en los
movimientos y actos de los seres naturales, y que esos fines, que postulan una
inteligencia, no se los han podido dar esos seres a sí mismos; luego hay un ser
inteligentísimo que a da a todos los seres su fin y las leyes que conducen a él.
El entendimiento humano no sólo conoce la existencia de Dios, sino también, en
alguna manera, su esencia y sus perfecciones. ¿Cómo? Ya indicamos que por la
analogía de las cosas materiales puede el hombre llegar a entender las cosas
espirituales. Dios es en primer lugar el único ser subsistente por sí mismo, en
el que la esencia es su mismo existir, o se identifica con la existencia. Es el
ser simplicísimo, puramente espiritual, acto puro, en el que todas las
perfecciones, que observamos en la naturaleza se encuentran en él en el grado
máximo e infinito, identificándose con su mismo ser El ser y las perfecciones de
los otros entes son participaciones del ser y de las perfecciones del ente
subsistente que es Dios. Ese acto de comunicar Dios su ser y sus perfecciones a
las cosas, que antes ni tenían nada ni eran nada, se llama creación. Pero el ser
subsistente no sólo comunicó una vez a las cosas todo lo que son por el acto
creador, sino que continuamente debe seguir comunicándoles su ser y sus
perfecciones, porque de lo contrario dejarían de existir. Este acto de continua
conservación o comunicación del ser por parte de Dios a las cosas se llama
providencia o gobernación de la creación o providencia gobernadora. Porque el
ser creado viene de Dios, a él vuelve, después de un efímero existir. El hombre,
por razón de su alma, goza de la incorrupción de los seres espirituales, y tiene
una responsabilidad sobre sus actos, que han de conformarse a las normas que
Dios ha establecido en su naturaleza. Según este orden, Dios, que es el
principio o causa eficiente, es también su causa final, y el hombre ha de poner
el fin de todo su obrar en el bien supremo, que es Dios, el único capaz de
saciar plenamente su voluntad o apetito espiritual, que con nada creado se puede
saciar. No puede, pues, el hombre poner el fin de sus actos en las cosas creadas
y en esto el entendimiento no debe engañar a la voluntad, ni la voluntad debe ir
contra el bien verdadero propuesto por el entendimiento. El hombre no es sólo un
ser inteligente racional; es además un ser social. Necesita de los demás para
lograr la máxima perfección como hombre. No debe por ello prescindir de los
otros hombres, sino que debe considerarlos como parte necesaria para su
perfeccionamiento. Para conseguir este fin, forma sociedad común de intereses
con los demás, para completarse mutuamente. La primera sociedad es la familia,
en la que el hombre y la mujer se complementan corporal y anímicamente, para
asegurar la supervivencia personal y de orden patrimonial por medio de la
generación de hijos. Mediante la familia el hombre y la mujer y los hijos se
complementan en las primeras necesidades humanas corporales y espirituales. La
segunda sociedad, necesaria, para que los hombres consigan esa máxima
perfección, a la que debe aspirar todo ser humano, es la sociedad civil, que,
con la ayuda recíproca de los hombres más cercanos, conviven pacífica y
armónicamente, y se auxilian en las mutuas necesidades. La tercera sociedad
necesaria es la sociedad universal, formada por los distintos pueblos, naciones,
o sociedades civiles. De esta forma se reparten y comparten los bienes, que,
para bien de todos los hombres, y en especial para los más necesitados de ellos,
Dios ha puesto en la naturaleza. De este modo los países pobres son ayudados por
los más ricos, y se da la convivencia pacífica y la armonía, venciendo envidias,
odios y guerras, y facilitando el reinado de la fraternidad de todos los hombres
como miembros de la gran familia humana, o como partícipes de la misma humanidad
o naturaleza humana. Es la base para conseguir la paz, el amor mutuo y el
progreso del hombre, individual y colectivamente hablando, en todos sus
aspectos: corporales, espirituales, individuales, familiares, cívicos y
universales.
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