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Antonio

García Megía

 

 

 

 

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Las siete y media

 La venganza de Don Mendo

Muñoz Seca

 

 

MAGDALENA

Ha rato que te espero‚ Mendo amado;

¿por qué estás tan callado?

 

MENDO

No resto‚ no; es que lucho

Pero ya mi mutismo ha terminado;

vine a desembuchar y desembucho

Voy a contarte‚ amor mío‚

una historia infortunada:

la historia de una velada

en el castillo sombrío

del Marqués de la Moncada

Ayer… ¡triste día el de ayer!

antes del anochecer‚

y en mi alazán caballero‚

iba yo con mi escudero

por el parque de Alcover

cuando‚ cerca de la cerca

que pone fin a la alberca

de los predios de Albornoz‚

me llamó en alto una voz‚

una voz que insistió terca.

Hice en seco una parada‚

volví el rostro‚ y la voz era

del Marqués de la Moncada‚

que con otro camarada

estaba al pie de una higuera

 

MAGDALENA

¿Quién era el otro?

 

MENDO

El Barón de Vedia‚

un aragonés

antipático y zumbón

que está en casa del Marqués

de huésped o de gorrón·

Hablamos … “Y vos‚

¿qué hacéis?…‚"

"Aburrirme.” Y el de Vedia

dijo: “No os aburriréis;

os propongo‚ si queréis‚

jugar a las siete y media."

 

MAGDALENA

¿Y por qué marcó una hora

tan rara?  Pudo ser luego…

 

MENDO

Es que tu inocencia ignora

que‚ a más de una hora‚ señora‚

las siete y media es un juego·

 

MAGDALENA

¿Un juego?

 

MENDO

Y un juego vil

que no hay que jugarlo a ciegas‚

pues juegas cien veces‚ mil‚

y de las mil‚ ves febril

que o te pasas o no llegas·

Y el no llegar da dolor‚

pues indica que mal tasas

y eres del otro deudor·

Mas ¡ay de ti si te pasas!

¡Si te pasas es peor!

 

MAGDALENA

¿Y tú… don Mendo?

 

MENDO

¡Serena escúchame

Magdalena‚

porque no fui yo… ¡no fui!

Fue el maldito cariñena

que se apoderó de mí.

Entre un vaso y otro vaso

el Barón las cartas dio;

yo vi un cinco‚ y dije “paso"‚

el Marqués creyó otro caso‚

pidió carta… y se pasó.

El Barón dijo “plantado";

el corazón me dio un brinco;

descubrió el naipe tapado‚

y era un seis‚ el mío era un cinco;

el Barón había ganado.

Otra y otra vez jugué‚

pero nada conseguí;

quince veces me pasé‚

y una vez que me planté‚

Volví mi naipe… y perdí.

Ya mi peculio en un brete‚

al fin me da Vedia un siete‚

le pido naipe al de Vedia

y Vedia pone una media

sobre el mugriento tapete.

Mas otro siete él tenía

y también naipe pidió…

y negra suerte la mía‚

que siete y media cantó.

Y me ganó en porfía…

Mil dineros se llevó‚

¡Por vida de Satanás!

Y más tarde… ¡qué sé yo!

de boquilla se jugó

y me ganó diez mil más.

¿Te haces cargo‚ di‚ amor mío?

¿Te haces cargo de mis males?

¿Ves ya por qué no sonrío?

¿Comprendes por qué este río

brota de mis lagrimales?

Yo mal no quedo‚ ¡no quedo!

¡Quien diga que yo un borrón‚

eché a mi grey‚ que alce el dedo!…

Y como pagar no puedo

los dineros al Barón‚

para acabar de sufrir

he decidido… partir

a otras tierras‚ a otro abrigo.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

Eloísa está debajo de un almendro

Enrique Jardiel Poncela

 

 

La acción se desarrolla en casa de Mariana. Micaela, su tía, que ha anunciado la presencia de ladrones esa noche, hace su ronda por el jardín acompañada de dos perros. Se oye un alboroto que sorprende a Leoncio, Fernando y Fermín que están en una sala de la casa. Se oyen unas voces que provienen de detrás del escenario.

CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Sujetad los perros!

LUISA.- (Dentro.) ¡Ya están!

MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre sé lo que me digo!

CLOTILDE.- (Dentro.) Y ayudadme...

PRÁXEDES.- (Dentro.) ¿No le basto yo? ¡Ah! Bueno, por eso...

MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre tengo razón! ¡Yo siempre tengo razón!

CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Calla Micaela!

MICAELA.- (Dentro.) ¡No quiero! ¡No quiero callar! (La primera que surge es Micaela, que viene en tal actitud de desvarío, que ni ve por dónde anda, ni a los que están en la escena.) ¡Todos habláis de mí como de una loca, como si yo no supiera lo que me digo! ¡Y sé lo que me digo! Ya lo estáis viendo. El lunes anuncié ladrones para hoy, ¡y ahí lo tenéis! ¡Ya ha caído uno!

(Mientras tanto, por la escalera, ha entrado y avanza entre los muebles un grupo formado por Clotilde, que viste un traje de calle muy sencillo; Práxedes y Luisa [...], trayendo en medio a Ezequiel, el cual viene muy pálido [...].)

FERNANDO.- (Asombrado.) ¡Tío Ezequiel!

FERMÍN.- ¡El señor Ojeda!

MICAELA.- (Yendo de un lado a otro.) ¡Ya ha caído uno! ¡Ya ha caído uno!

CLOTILDE.- ¡Calla, Micaela, calla! (A Luisa.) Tú, trae árnica y algodón, que el señor debe de tener mordeduras.

LUISA.- Sí, señora. (Se va por la escalera.)

EZEQUIEL.- ¡Y agua!...

CLOTILDE.- ¡Y agua! ¡Un vaso de agua para el susto!

PRÁXEDES.- Agua aquí hay. ¿Qué dice? ¿Qué no? ¡Ah! Bueno, por eso... (Le sirve un vaso de agua a Ezequiel.)

EZEQUIEL.- Yo debo de estar malísimo, porque veo la habitación llena de muebles.

FERNANDO.- Y lo está realmente, tío Ezequiel.

EZEQUIEL.- ¡Vaya! Menos mal. Eso me tranquiliza.

CLOTILDE.- ¡Qué cosa tan desagradable, Dios mío! Tiene usted mordeduras, ¿verdad?

EZEQUIEL.- Sí, tengo de todo.

CLOTILDE.- ¡Claro! Si Micaela les echó encima a "Caín" y "Abel".

FERNANDO.- ¿Te han mordido los perros, tío?

EZEQUIEL.- ¿Los perros? No. Aquella señora. (Señala a Micaela.) Los perros no hacían más que ladrar, los animalitos. Pero aquella señora... Sujetadla bien, que no vuelva.

CLOTILDE.- No tenga cuidado, que estoy yo aquí.

EZEQUIEL.- También estaba usted antes... ¡y ya ha visto!

FERMÍN.- No tema señor. Ahora la vigilo yo.

FERNANDO.- Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? Yo te hacía en el cine...

EZEQUIEL.- Me marché aburrido, y me dio la idea de venir a buscarte...

FERNANDO.- ¿A buscarme? ¿Y para qué tenías que venir a buscarme?

EZEQUIEL.- Te habías ido del cine tan excitado... Y por si tenías algún otro disgusto con Mariana, para consolarte y hacerte compañía.

FERNANDO.- ¡Ah! Sí, sí...

EZEQUIEL.- Llegué; iba a llamar cuando vi. que se habían dejado la verja abierta, y entonces entre...

CLOTILDE.- Yo, yo... Yo, que... había bajado... porque me dolía mucho la cabeza..., pues le encontré de manos a boca.

EZEQUIEL.- Y estábamos hablando cuando surgió esa señora con los dos hijos de Adán. Se me echaron los tres encima, y...

CLOTILDE.- Es Micaela, la hermana de Edgardo.

FERNANDO.- La que no sale de su cuarto por el día.

EZEQUIEL.- Y la que colecciona búhos.

FERNANDO.- ¡Pobre señora! Voy a saludarla.

EZEQUIEL.- Ten cuidado, que muerde.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

Los buenos días perdidos

Antonio Gala

 

 

Lorenzo y Consuelito se conocen. Consuelito esta sentada escarchando con plata unas estrellas de cartón para venderlas. Lorenzo entra sin que ella lo note, la mira, sube al campanario y hace sonar las campanas. Baja, se miran y Lorenzo se va acercando a Consuelito.

 LORENZO.- Buenos días. (Consuelito responde con un sonido vago y asustado, y se deja caer sobre su silla. Lorenzo para tranquilizarla, inicia un gesto de apoyar la mano en la cabeza semiplateada de Consuelito. Ella se encoge de hombros, como quien espera un golpe. Lorenzo aparta la mano.)

CONSUELITO.- No; no quite usted la mano todavía. (Pausita.) Ya puede. Gracias.

LORENZO.- ¿Qué hace?

CONSUELITO.- (Todavía nerviosa.) Estrellas... ¿O no parecen estrellas?

LORENZO.- (Con la mano en la oreja derecha.) ¿Cómo?

CONSUELITO.- De Navidad.

LORENZO.- Pero si ya estamos en enero.

CONSUELITO.- Son para la que viene.

LORENZO.- ¿Qué? Yo soy un poco duro de este oído.

CONSUELITO.- (Congraciándose.) Hace usted muy requetebién. Los lunes, miércoles y viernes, mi padre también oía fatal. (Busca la estrella que estaba haciendo.)

LORENZO.- Su padre, ¿quién es?

CONSUELITO.- Un sinvergüenza.

LORENZO.- ¿Son para la parroquia?

CONSUELITO.- No, señor. Para el público en general. Las más grandes, a doce. Las otras, a tres.

LORENZO.- ¿Cuántas tiene ya?

CONSUELITO.- Doscientas veinticinco. (Sacándose de debajo la extraviada.) Bueno, doscientas veinticuatro.

LORENZO.- ¿Me vende una de las pequeñas?

CONSUELITO.- ¿Al por menor?

LORENZO.- Si compro dos, ¿criarán de aquí a diciembre?

CONSUELITO.- No, señor; qué más quisiera yo. Las estrellas son como los mulos: estériles. Tome usted ésta que está muy terminadita... (Va tomando confianza en medio de su nerviosismo.) Antes hacía pelucas. Pero me salían así, un poco raras de este lado. Y doña Hortensia decía que estropeaba mucho pelo echándolo en la sopa.., pero el de la sopa era pelo de cliente. (Señala al sillón de barbero.) No de mis pelucas... Esto de la escarcha es más limpio.

LORENZO.- Trabaja usted muy de prisa.

CONSUELITO.- A ver, la costumbre. Tengo una gana de que llegue otra vez Navidad. En Navidad está la casa tan despejada, sin una estrella... Da gusto verla.

LORENZO.- Tiene usted un pelo precioso.

CONSUELITO.- ¡Huy, precioso! Pero qué dicharachero es usted... Como no me compran aguarrás me tengo que limpiar las manos en la cabeza. Pareceré una fulana a lo mejor.

LORENZO.- ¿Cómo?

CONSUELITO.- Una fulana, una zurriburri.

LORENZO.- ¿Quién?

CONSUELITO.- Yo.

LORENZO.- ¿Que usted es una fulana?

CONSUELITO.- Hijo, usted no tiene un poco duro el oído.

LORENZO.- Si lo sabré yo...

CONSUELITO.- A usted lo que le pasa es que está como una tapia... Y, a todo esto, ¿usted quién es?

LORENZO.- El que ha tocado el ángelus.

CONSUELITO.- Pero ¿por dónde ha llegado usted al campanario? Si no hay más escalera que ésta...

LORENZO.- He bajado del cielo.

CONSUELITO.- Pues ha hecho usted muy mal. Porque lo que es aquí... (Hace una pedorreta despectiva.)

LORENZO.- (con la mano en el oído.) ¿Qué?

CONSUELITO.- Que... (Vuelve a hacer la pedorreta.) Ay, que sordera más tonta... Ahora, hay que ver lo bien que toca usted. Claro que no será de oído porque... Cuánta compañía hacen las campanas, ¿verdad? Yo, de chica, quería ser cigüeña. Desde que llegué aquí lo tengo dicho: esta parroquia, sin campanero, no hace carrera... Las cosas necesitan...

LORENZO.- (Interrumpiéndola.) ¿Usted no es de aquí?

CONSUELITO.- Yo, no señor. Qué asco. (A lo suyo.) Las cosas necesitan su publicidad. Ya ve usted: es el circo que, ¿a quién no le gusta el circo?, y hace su cabalgata. Cuanto más esto de la iglesia, que siempre es menos divertido... ¿No será usted de un circo? A mí, donde se ponga un charivari. Un buen funeral tampoco es feo, pero donde se ponga un charivari, con su elefante, las mujeres medio en cueros, su malabarista...

LORENZO.- ¿Usted de dónde es?

CONSUELITO.- (Ofendida.) De ningún sitio. En mi familia todos hemos sido feriantes. Menos una tía abuela que salió monja... ¿Y usted?

LORENZO.- Mi padre era farero.

CONSUELITO.- ¡Huy, qué mascabrevas! Bueno, un faro y un campanario son casi iguales. Ya ve: ustedes a pararse; nosotros, a pendonear; de pipirijaina en pipirijaina... ¡La vida! (A lo suyo.) Al principio íbamos en una troupe. Mi madre era Zoraida. La partían en cuatro, dentro de una caja, con una sierra. Mi padre era el que la partía: un hipnotizador buenísimo. Pero un día quiso partirla de verdad y mi madre salió pegando gritos de la caja. A la mañana siguiente se había escapado con la domadora...

LORENZO.- ¿Su madre?

CONSUELITO.- ¡Mi padre! Tenía un cohete en el culo, por así decir.

LORENZO.- ¿La domadora?

CONSUELITO.- ¡Mi padre! Y lo seguirá teniendo, si no se lo han sacado.

LORENZO.- Pero ¿quién le puso el cohete?

CONSUELITO.- Hijo, es una manera de hablar. A ver qué se figura. Mi padre era muy hombre. Tan hombre, que hace quince años que llegamos aquí y aquí nos quedamos. Mi madre y yo, se entiende; más plantadas que un pino. Entonces, mi madre cogió y se estableció de vidente. Lo que ella decía: "Para adivinar el porvenir, lo mismo da un pueblo que otro."Lo que hay que saber es ponerse el turbante. Porque se ponía un turbante morado, mire usted, con un plumero aquí... Estaba de guapa...

LORENZO.- Usted también es muy guapa.

CONSUELITO.- ¡Qué disparate! A usted lo que le pasa es que es también artista.

LORENZO.- Bueno... Yo la veo muy guapa.

CONSUELITO.- Pues del oído, no sé. Pero lo que es de la vista, anda usted bueno.

 

Bodas de Sangre

Federico García Lorca

 

 

CUADRO TERCERO

Interior de la cueva donde vive la NOVIA. Al fondo, una cruz de grandes flores rosa. Las puertas redondas con cortinas de encaje y lazos rosa. Por las paredes de material blanco y duro, abanicos redondos, jarros azules y pequeños espejos.

CRIADA.- Pasen... (Muy afable, llena de hipocresía humilde. Entran el Novio y su Madre. La Madre viste de raso negro y lleva mantilla de encaje. El Novio, de pana negra con gran cadena de oro.) ¿Se quieren sentar? Ahora vienen. (Sale.)

(Quedan madre e hijo sentados, inmóviles como estatuas. Pausa larga.)

MADRE.-¿Traes reloj?

NOVIO.-Sí. (Lo saca y lo mira.)

MADRE.-Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente!

NOVIO.-Pero estas tierras son buenas.

MADRE.-Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un árbol.

NOVIO.- Éstos son los secanos.

MADRE.-Tu padre los hubiera cubierto de árboles.

NOVIO.-¿Sin agua?

MADRE.-Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó (Pausa.) NOVIO.-(Por la novia.) Debe estar vistiéndose.

(Entra el Padre de la novia. Es anciano, con el cabello blanco reluciente. Lleva la cabeza inclinada. La Madre y el Novio se levantan y se dan las manos en silencio.)

PADRE.- ¿Mucho tiempo de viaje?

MADRE.-Cuatro horas. (Se sientan.)

PADRE.-Habéis venido por el camino más largo.

MADRE.-Yo estoy ya vieja para andar por las terreras del río.

NOVIO.-Se marea. (Pausa.)

PADRE.-Buena cosecha de esparto.

NOVIO.-Buena de verdad

PADRE.-En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y hasta llorarla, para que nos de algo provechoso.

MADRE.-Pero ahora da. No te quejes. Yo no vengo a pedirte nada.

PADRE.-(Sonriendo.) Tú eres más rica que yo. Las viñas valen un capital. Cada pámpano una moneda de plata. Lo que siento es que las tierras...¿entiendes?...estén separadas. A mí me gusta todo junto. Una espina tengo en el corazón, y es la huertecilla ésa metida entre mis tierras, que no me quieren vender por todo el oro del mundo.

NOVIO.-Eso pasa siempre.

PADRE.-Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en la ladera. ¡Qué alegría!...

MADRE.-¿Para qué?

PADRE.-Lo mío es de ella y lo tuyo de él. Por eso. Para verlo todo junto. ¡que junto es una hermosura!

NOVIO.-Y sería menos trabajo.

MADRE.- Cuando yo me muera, vendéis aquello y compráis aquí al lado.

PADRE.- Vender, ¡vender!, ¡bah! Comprar, hija, comprarlo todo. Sí yo hubiera tenido hijos hubiera comprado todo este monte hasta la parte del arroyo. Porque no es buena tierra; pero con brazos se la hace buena, y como no pasa gente no te roban los frutos y puedes dormir tranquilo. (Pausa.)

MADRE.-Tú sabes a lo que vengo.

PADRE.-Sí.

MADRE.-¿Y qué?

PADRE.-Me parece bien. Ellos lo han hablado.

MADRE.-Mi hijo tiene y puede.

PADRE.-Mi hija también.

MADRE.-Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol.

PADRE.-Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes.

MADRE.-Dios bendiga su casa

PADRE.-Que Dios la bendiga.

(Aparece la Criada con dos bandejas. Una con copas y la otra con dulces.)

MADRE.-(Al hijo.) ¿Cuándo queréis la boda?

NOVIO.-El jueves próximo.

PADRE.-Día en que ella cumple veintidós años justos.

MADRE.-¡Veintidós años! Esa edad tendría mi hijo mayor si viviera. Que viviría caliente y macho como era, si los hombres no hubieran inventado las navajas.

PADRE.-En eso no hay que pensar.

MADRE.-Cada minuto. Métete la mano en el pecho.

PADRE.-Entonces el jueves. ¿No es así?

NOVIO.-Así es.

PADRE.-Los novios y nosotros iremos en coche hasta la iglesia, que está muy lejos, y el acompañamiento en los carros y en las caballerías que traigan.

MADRE.-Conformes.

(Pasa la Criada.)

PADRE.- Dile que ya puede entrar, (A la Madre.) Celebraré mucho que te guste.

(Aparece la Novia. Trae las manos caídas en actitud modesta y la cabeza baja.)

MADRE.- Acércate. ¿Estás contenta?

NOVIA.-Sí, señora.

PADRE.-No debes estar seria. Al fin y al cabo ella va a ser tu madre.

NOVIA.-Estoy contenta. Cuando he dado el sí es porque quiero darlo.

MADRE.-Naturalmente. (Le coge la barbilla.) Mírame.

PADRE.-Se parece en todo a mi mujer.

MADRE.-¿Sí?¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura?

NOVIA.-(Seria.) Lo sé.

MADRE.-Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás.

NOVIO.-¿Es que falta otra cosa?

MADRE.-No. Que vivan todos, ¡eso! ¡Que vivan!

NOVIA.-Yo sabré cumplir.

MADRE.-Aquí tienes unos regalos.

NOVIA.-Gracias.

PADRE.-¿No tomamos algo?

MADRE.- Yo no quiero. (Al Novio.) ¿Y tú?

NOVIO.- Tomaré. (Toma un dulce. La Novia toma otro.)

PADRE.-(Al Novio.) ¿Vino?

MADRE.-No lo prueba.

PADRE.-¡Mejor! (Pausa. Todos están de pie.)

NOVIO.- (A la Novia.) Mañana vendré.

NOVIA.-¿A qué hora?

NOVIO.-A las cinco.

NOVIA.-Yo te espero.

NOVIO.-Cuando me voy de tu lado siento un despego grande y así como un nudo en la garganta.

NOVIA.-Cuando seas mi marido ya no lo tendrás.

NOVIO.-Eso digo yo.

MADRE.-Vamos. El sol no espera. (Al Padre.): ¿Conformes en todo?

PADRE.-Conformes.

MADRE. -(A la Criada.) Adiós, mujer.

CRIADA.-Vayan ustedes con Dios.

(La Madre besa a la Novia y van saliendo en silencio.)

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

Hamlet

William Shakespeare

 

 

Enterrador. Entra HAMLET. HORACIO a distancia.

 

ENTERRADOR.-  No te devanes los sesos, que, por más que le pegues, tu burro no irá más rápido. Cuando te vengan con esa pregunta, tú di que el sepulturero, porque las casas que hace duran hasta el Día del Juicio. Vamos, corre a la taberna y tráeme una jarra de aguardiente. (Canta)

                     De joven yo amé, amé;

                     me pareció muy grato

                     menguar mis anos con placer;

                     igual no lo había probado

HAMLET.- ¿Es que este hombre no tiene sentido de su oficio, que cava tumbas cantando?

HORACIO.- Con la costumbre se vuelve una cuestión de indiferencia.

HAMLET.- Cierto. La mano que poco labra tiene el sentido más fino.

ENTERRADOR [canta]

Mas con sigilo la vejez

ha hecho presa en mí

y me transporta a la región

como al que no ha gozado así. (Arroja una calavera) 

HAMLET.- Esa calavera tenía lengua y podía cantar. Este bribón la estrella contra el suelo como si fuera la quijada de Caín, que cometió el primer crimen. Tal vez fuese la cabeza de un político, ahora avasallado por un asno, capaz de engañar a Dios, ¿no crees?

HORACIO.- Tal vez, señor.

HAMLET.- O la de un cortesano, que diría: «Buenos días, mi señor. ¿Cómo estáis, mi buen señor?» Sería el señor don Tal, que elogiaba el caballo del señor don Cual cuando pensaba pedírselo, ¿verdad?

HORACIO.- Sí, mi señor.

HAMLET.- Pues claro, y ahora es de don Gusano, sin mandíbulas y con la crisma sacudida por el sepulturero. Bonita transmutación, si supiéramos verla. ¿Tan fácil ha sido crear estos huesos que ahora sólo sirven para jugar a los bolos? Los míos me duelen de pensarlo.

ENTERRADOR [canta]

Un pico y una pala, pal,

envuelto en un sudario,

y un hoyo para huésped tal

será lo necesario (Arroja otra calavera)

HAMLET.- Otra más. ¿No podría ser la de un abogado? ¿Dónde están ahora sus argucias, sus distingos, sus pleitos, sus títulos, sus mañas? ¿Cómo deja que este bruto le sacuda el cráneo con una pala sucia sin denunciarle por agresión? ¡Mmm ...! Tal vez fuese en vida un gran compra­dor de tierras, con sus gravámenes, conocimientos, transmisiones, fianzas dobles, demandas. ¿Transmitió sus transmisiones y demandó sus demandas para acabar con esta tierra en la cabeza? ¿Le negarán garantía sus garantes, aun siendo dos, para una compra que no excede el tamaño de un contrato? Todas sus escrituras apenas caben en este hueco. ¿No tiene derecho a más el hacendado?

HORACIO.- Ni a una pizca más, señor.

HAMLET.- Los pergaminos, ¿no son de piel de carnero?

HORACIO.- Sí, Alteza, y de becerro.

HAMLET.- Carnero y becerro ha de ser quien crea que aseguran algo. Hablaré con este hombre.

Tú, ¿de quién es esta fosa?

ENTERRADOR.- Mía, señor [Canta]  

  ... y un hoyo para huésped tal

  será lo necesario.

HAMLET.- Será tuya porque te has metido dentro.

ENTERRADOR.- Y como vos estáis fuera, no es vuestra. Yo en esto no me he metido, pero es mía.

HAMLET.- Te has metido y has mentido diciendo que es tuya. Es para un muerto, no para un vivo; así que has mentido.

ENTERRADOR.- Señor, es una mentira viva y ahora vuelve con vos.

HAMLET.- ¿Para qué hombre la cavas?

ENTERRADOR.- Para ningún hombre, señor.

HAMLET.- ¿Para qué mujer?

ENTERRADOR.- Para ninguna, tampoco.

HAMLET.- Pues, ¿a quién van a enterrar?

ENTERRADOR.- A una que fue mujer, pero, que en paz descanse, está muerta.

HAMLET.- ¡Qué rotundo es el granuja! Como no hilemos delgado nos matarán los equívocos. De veras, Horacio; lo he notado en los últimos tres años: nos hemos vuelto tan finos que hasta el más palurdo le pisa el talón al cortesano y le roza el sabañón.

¿Desde cuándo eres sepulturero?

ENTERRADOR.- De todos los días del año, desde aquel en que nuestro difunto rey Hamlet venció a Fortinbrás.

HAMLET.- Y de eso, ¿cuánto hace?

ENTERRADOR.- ¿No lo sabéis? ¡Si hasta los tontos lo saben! Fue el día en que nació el joven Hamlet, el que estaba loco y mandaron a Inglaterra.

HAMLET.-  Sí, claro. ¿Y por qué le mandaron a Inglaterra?

ENTERRADOR.- Pues porque estaba loco. Allí recobrará el juicio y, si no, poco importa.

HAMLET.- ¿Por qué?

ENTERRADOR.- No se lo notarán: allí todos están igual de locos.

HAMLET.- ¿Cómo se volvió loco?

ENTERRADOR.- De un modo extraño.

HAMLET.- ¿Cómo «extraño»?

ENTERRADOR.- Vaya, pues perdiendo el juicio.

HAMLET.- ¿De dónde salió su locura?

ENTERRADOR.- Pues de aquí, de Dinamarca. Mozo y hombre, yo llevo aquí de sepulturero treinta años.

HAMLET.- ¿Cuánto tarda en pudrirse un muerto enterrado?

ENTERRADOR.- Bueno, si no se ha podrido antes de morir (pues hoy en día nos traen muchos venéreos que apenas se pueden enterrar), os puede durar unos ocho o nueve años. Un  curtidor os dura nueve años.

HAMLET.- ¿Y él por qué más que otros?

ENTERRADOR.- Pues, señor, porque tiene la piel tan curtida que el agua no la atraviesa en mucho tiempo, y el agua descompone bien a todo puto cadáver. Aquí hay una calavera; lleva enterrada veintitrés años.

HAMLET.- ¿De quién es?

ENTERRADOR.- De un puto chiflado. ¿Quién creéis que era?

HAMLET.- No lo sé.

ENTERRADOR.- ¡Mala peste de loco! Un día me vació en la cabeza una jarra de vino del Rin. Esta calavera, señor, es la de Yorick, el bufón del rey.

HAMLET.- ¿Ésta?

ENTERRADOR.- La misma.

HAMLET.- Deja que la vea. ¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocía, Horacio: tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa. Me llevó a cuestas mil veces. Y ahora, ¡cómo me repugna imaginarlo! Me revuelve el estómago. Aquí colgaban los labios que besé infinitas veces. Y ahora, ¿dónde están tus pullas, tus brincos, tus canciones, esas ocurrencias que hacían estallar de risa a toda la mesa? ¿Ya no tienes quien se ría de tus muecas? ¿Estás encogido? Vete a la estancia de tu señora y dile que, por más que se embadurne, acabará con esta cara. Hazla reír con esto.

Horacio, dime una cosa.

HORACIO.- Sí, mi señor.

HAMLET.- ¿Tú crees que Alejandro tenía este aspecto bajo tierra?

HORACIO.- El mismo.

HAMLET.- ¿Y olía así? ¡Uf!

HORACIO.- Igual, señor.

HAMLET.- ¡En qué bajos usos podemos caer, Horacio! ¿No podría la imaginación rastrear el noble polvo de Alejandro y encontrarlo taponando un barril?

HORACIO.- Sería una busca demasiado rebuscada.

HAMLET.- No, nada de eso; habría que seguirle con mesura llevados de lo probable. Es decir: Alejandro murió, Alejandro fue enterrado, Alejandro se convirtió en polvo. El polvo es tierra, con la tierra se hace el barro, y con el barro en que se convirtió, ¿por qué no se puede tapar un barril de cerveza?

Muerto y hecho barro, el imperial César

rellena un boquete y el aire intercepta.

¡Ah, que aquella tierra que al mundo arredró

tape una pared y corte un ventarrón!

 

Edipo rey

Sófocles

 

 

Delante del palacio de Edipo, en Tebas. Un grupo de ancianos y de jóvenes están sentados en las gradas del altar, en actitud suplicante, portando ramas de olivo. El Sacerdote de Zeus se adelanta solo hacia el palacio. Edipo sale seguido de dos ayudantes y contempla al grupo en silencio. Después les dirige la palabra.

EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué estáis en actitud sedente ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplica y de gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso entre todos. Así que, oh anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde hablar, dime en nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estéis así ante mí? ¿El temor, o el ruego? Piensa que yo querría ayudaros en todo. Sería insensible, si no me compadeciera ante semejante actitud.

SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad somos los que nos sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para volar lejos; otros, torpes por la vejez, somos Sacerdotes -yo lo soy de Zeus-, y otros, escogidos entre los aún jóvenes. El resto del pueblo con sus ramos permanece sentado en las plazas en actitud de súplica, junto a los dos templos de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno.

      La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida.

      Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque esta tierra ahora te celebra como su salvador por el favor de antaño. Que de ninguna manera recordemos de tu reinado que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos después; antes bien, levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos procuraste entonces la fortuna. Sénos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a gobernar esta tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que nada es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen.

EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Venís a hablarme porque anheláis algo conocido y no ignorado por mí. Sé bien que todos estáis sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de vosotros que padezca tanto como yo. En efecto, vuestro dolor llega sólo a cada uno en sí mismo y a ningún otro, mientras que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti. De modo que no me despertáis de un sueño en el que estuviera sumido, sino que estad seguros de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he recorrido en el curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado, después de reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo, mi propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que tengo que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo calculo en comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo, pues, contra lo que es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste.

SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me están indicando por señas que Creonte se acerca.

EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante!

SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En otro caso no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel.

EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente cerca para que nos escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con qué respuesta del oráculo nos llegas?

Entra Creonte en escena.

CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a término, todas pueden resultar bien.

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.

CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.

EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.

CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.

EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?

CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.

EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha?

CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad.

EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi.

CREONTE.- Él murió y ahora nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia,

EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua culpa, difícil de investigar?

CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto.

EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro país?

CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.

EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien, informándose, pudiera sacarse alguna ventaja?

CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir con seguridad de lo que vio.

EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.

CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.

EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si no se hubiera proyectado desde aquí con dinero?

CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgía como su vengador en medio de las desgracias.

EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía, averiguarlo?

CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista.

EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya que Febo, merecidamente, y tú, de manera digna, pusisteis tal solicitud en favor del muerto; de manera que veréis también en mí, con razón, a un aliado para vengar a esta tierra al mismo tiempo que al dios. Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo.

      Vosotros, hijos, levantaos de las gradas lo más pronto que podáis y recoged estos ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo de Cadmo sabiendo que yo voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado.

Entran Edipo y Creonte en el palacio

SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos promete hemos venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos, llegue como salvador y ponga fin a la epidemia!

Salen de la escena y, seguidamente, entra en ella el Coro de ancianos tebanos

 

CORO

ESTROFA 1ª

¡Oh dulce oráculo de Zeus! ¿Con qué espíritu has llegado desde Pito, la rica en oro, a la ilustre Tebas? Mi ánimo está tenso por el miedo, temblando de espanto, ¡oh dios, a quien se le dirigen agudos gritos, Delios, sanador! Por ti estoy lleno de temor. ¿Qué obligación de nuevo me vas a imponer, bien inmediatamente o después del transcurrir de los años? Dímelo, ¡oh hija de la áurea Esperanza, palabra inmortal!

ANTÍSTROFA 1ª

Te invoco la primera, hija de Zeus, inmortal Atenea, y a tu hermana, Artemis, protectora del país, que se asienta en glorioso trono en el centro del ágora y a Apolo el que flecha a distancia. ¡Ay! Haceos visibles para mí, los tres, como preservadores de la muerte.

      Si ya anteriormente, en socorro de una desgracia sufrida por la ciudad, conseguisteis arrojar del lugar el ardor de la plaga, presentaos también ahora.

ESTROFA 2ª

¡Ay de mí! Soporto dolores sin cuento. Todo mi pueblo está enfermo y no existe el arma de la reflexión con la que uno se pueda defender. Ni crecen los frutos de la noble tierra ni las mujeres tienen que soportar quejumbrosos esfuerzos en sus partos. Y uno tras otro, cual rápido pájaro, puedes ver que se precipitan, con más fuerza que el fuego irresistible, hacia la costa del dios de las sombras.

ANTÍSTROFA 2ª

La población perece en número incontable. Sus hijos, abandonados, yacen en el suelo, portadores de muerte, sin obtener ninguna compasión. Entretanto, esposas y, también, canosas madres gimen por doquier en las gradas de los templos, en actitud de suplicantes, a causa de sus tristes desgracias. Resuena el peán y se oye, al mismo tiempo, un sonido de lamentos. En auxilio de estos males, ¡oh dura hija de Zeus!, envía tu ayuda, de agraciado rostro.

ESTROFA 3ª.

Concede que el terrible Ares, que ahora sin la protección de los escudos me abrasa saliéndome al encuentro a grandes gritos, se dé la vuelta en su carrera, lejos de los confines de la patria, bien hacia el inmenso lecho de Anfitrita, bien hacia la inhóspita agitación de los puertos tracios. Pues si la noche deja algo pendiente, a terminarlo después llega el día. A ése, ¡oh tú, que repartes las fuerzas de los abrasadores relámpagos, oh Zeus padre!, destrúyelo bajo tu rayo.

ANTÍSTROFA 3ª.

Soberano Liceo, quisiera que tus flechas invencibles que parten de cuerdas trenzadas en oro se distribuyeran, colocadas delante, como protectoras y, también, las antorchas llameantes de Ártemis con las que corre por los montes de Licia. Invoco al de la mitra de oro, el que da nombre a esta región, a Baco, el de rojizo color, al del evohé*, compañero de las ménades, ¡que se acerque resplandeciente con refulgente antorcha contra el dios odioso entre los dioses!

* Uno de los dioses del vino

[Enlace con bio-bibliografía de este autor]

 

La dama del mar

Henrik Ibsen

 

 

ESCENAVI

HILDA, BOLETA y el doctor WANGEL por la derecha, en traje de viaje y con un saquito en la mano.

WANGEL. (En la puerta del jardín). -¡Aquí me tenéis ya, hijitas!
BOLETA. (Saliendo a recibirlo).-¡Qué alegría volver a verte!.
HILDA. (A cercándose a él). - ¿Has concluido por hoy, papá?
WANGEL. -No. Quizá más tarde tenga que bajar un momento al despacho. Decidme: ¿sabéis si ha llegado Arnholm?
BOLETA. -Sí, papá; llegó anoche. Hemos mandado a preguntar a la fonda.
WANGEL. -Entonces, ¿no le habéis visto todavía?
BOLETA. -No, pero debe venir aquí esta mañana.
WANGEL. -Vendrá seguramente.
HILDA. (Atrayéndole hacia el mirador).-¡Vamos! Echa un vistazo por aquí.

WANGEL. (Viendo los floreros). -Si, sí, hija mía, ya veo. Todo tiene trazas de fiesta. BOLETA. - ¿Está bonito?

WANGEL. -Sí, sí, muy bonito. Dime, ¿estamos solos en casa ahora?

HILDA. -Sí: ha ido a...

BOLETA. (Apresurándose a interrumpirla). Mamá, ha ido a bañarse.

WANGEL. (Mira con benevolencia a Boleta y le pone la mano en la cabeza cariñosamente. Luego con vacilación). -Y decid, hijitas, ¿habéis pensado tener adornado el mirador y dejar ondeando la bandera durante todo el día?

HILDA. -¡Claro! Ya comprendes tú que es natural...

WANGEL. -¡Jem! Sí, es claro; pero ya sabéis que...

BOLETA. (Le hace señas). -No hay que decir que todo esto es por el profesor Arnholm. Cuando viene a vernos un amigo tan bueno....

HILDA. (Sonríe sacudiéndole el brazo ligeramente).-Hazte cargo, papá:¡él, que ha sido el profesor de Boleta!

WANGEL. (Medio sonriendo). -¡Vaya unas picaras que estáis! De manera, que a vosotras os parece natural que todos los años dediquemos un recuerdo a la que ya no está entre nosotros.¡Bueno!¡Pero!... Mira, Hilda: toma el saco (Se lo da) y llévalo al despacho.
¡Pues no, hijitas! A mí, francamente no me gusta esta fiesta... no me gusta, que todos los años, ¿eh?... ¿comprendéis?¡En fin! Será que no puede ser de otro modo.
HILDA. (Se dirige a la izquierda con el saco en la mano. De repente se detiene mirando a lo lejos). - ¿No veis quién viene? Debe ser el profesor.
BOLETA. (Mirando). -¡El! (Riendo).¡Vamos! ¿Crees tú que es Arnholm ese anciano?
WANGEL. -Espera, hija. (Pausa)¡Juraría que es él!¡y él es, sin duda alguna!
BOLETA. (Con sorpresa). -¡Dios mío! Sí, es él.
 

ESCENA VII

Dichos, el profesor ARNHOLM, en traje de paseo, muy elegante, con lentes de oro, y un junquillo en la mano, por el camino de la izquierda. Parece algo fatigado. Dirige una ojeada al jardín, saluda y entra.

WANGEL. (Saliendo al encuentro de Arnholm). -¡Bien venido, querido profesor! -Me alegro con toda el al­ma de verlo en estos lugares que le son tan conoci­dos.

ARNHOLM. -¡Gracias, querido doctor, mil gracias! (Se estrechan la mano y se adelantan juntos).¡Ah! ¿Están aquí las niñas? (Alargándoles las manos).¡Me hubiera costado trabajo conocerlas!

WANGEL. -¡Ya 1o creo!

ARNHOLM. -Sin embargo, a Boleta... sí, a Boleta la hubiera conocido.

WANGEL. -A duras penas, me parece. Pero, es natural, hace ocho o nueve años que no las ha visto usted, y, desde entonces,¡han ocurrido tantas cosas!

ARNHOLM. (Mirando en torno suyo). – Pues a mí la verdad, no me parece... Han crecido los árboles, y hay una glorieta. No veo otra cosa nueva.

WANGEL. -Cierto: la decoración no ha, cambiado.

ARNHOLM. (Sonriendo). -Y, además, ahora tiene usted dos muchachas casaderas.

WANGEL. -¡Oh! Por ahora, no hay que pensar más que en una.

HILDA. (Aparte). -¡Gracias! Papá no tiene pelos en la lengua.

WANGEL. -Propongo que vayamos a sentarnos en el mirador. Estaremos más frescos. ¿Le parece bien? ANHOLM. -Con mucho gusto, querido doctor. (Suben al mirador. Wangel señala a Arnholm la mecedora).

WANGEL. -¡Perfectamente! Ahora a estar ahí con sosiego, hasta que descanse.¡Parece que el viaje le ha fatigado mucho!

ARNHOLM. -No, mucho no; y aquí, en medio de estos paisajes tan espléndidos...

BOLETA. (A Wangel).- ¿Quieres que lleve a la sala un poco de soda? Pronto hará aquí demasiado calor.

WANGEL. -Eso, sí, soda, y coñac.

BOLETA. - ¿Coñac también?

WANGEL. -¡Un poco! Por si alguien quiere...

BOLETA. -Bien, papá. Anda, Hilda, lleva el saco al despacho. (Entra en la casa, y cierra la puerta. Hilda toma el saco y váse por la izquierda hacia la espalda de la ca­sa).

 

ESCENA VIII

WANGEL y ARNHOLM

ARNHOLM. (Después de haber seguido a Boleta con la vista). -¡Es hermosa de veras!...¡Tiene usted dos hijas muy hermosas!
WANGEL. (Sentándose).- ¿Verdad que sí?
ARNHOLM. -Tanto Boleta como Hilda me han sorprendido extraordinariamente. Pero usted, doctor, ¿piensa permanecer aquí toda la vida?
WANGEL. -Es lo más probable. ¿Qué quiere usted? Aquí he nacido, y aquí he vivido feliz con la que no tardó en abandonarnos. Usted la conocía, Arnholm, usted la vio la última vez que estuvo aquí.
ARNHOLM. -Sí, Sí.
WANGEL. -También ahora soy muy dichoso con mi segunda esposa. Hay que convenir en que me ha favorecido la suerte...
ARNHOLM. - ¿No tiene usted hijos del segundo matrimonio?
WANGEL. -Hace dos años y medio tuvimos un niño, que murió a los cinco meses.
ARNHOLM. - ¿No está en casa su esposa?
WANGEL. -¡Sí! No tardará en venir. Ha ido a bañarse. Va diariamente en todo tiempo.
ARNHOLM. - ¿Está enferma?
WANCEL. - Enferma precisamente, no; pero desde hace algunos años está muy nerviosa; su padecimiento es intermitente. A punto fijo, no sé qué tiene, pero el baño le proporciona gran placer. Puede decirse que el mar forma, parte de su ser.
ARNHOLM. -Sí, lo recuerdo. Ya en otro tiempo...
WANGEL. (Con sonrisa casi imperceptible). Es verdad: usted ha debido conocerla cuando era profesor en Skjoldviken.
ARNHOLM. –Precisamente. Ella iba a visitar al pastor con frecuencia y, además, solía encontrarla en el faro cuando iba a ver a su padre.
WANGEL. -¡Ah! Su estancia en el faro ha dejado en ella huellas indelebles. Aquí no la comprende nadie, y le llaman la dama del mar.
ARNHOLM. - ¿De veras?
WANGEL. -Sí, por sus aficiones. Pero háblele usted del pasado, querido Arnholm, y la complacerá.
ARNHOLM. (Mirándole con expresión de duda). - ¿Tiene usted algún motivo para creerlo así?
WANGEL. -Indudablemente
ELLIDA. (Dentro). -Wangel, ¿estás ahí?
WANGEL. (Levantándose). -Sí, mujer.

 

Un borracho singular

Juan Pablo Darmanin

 

 

Entra el borracho cantando a la botella. En su banco está una muchacha sentada

Borracho:  Loca ella y loco ¡Yo!.  Que me hiciste mal y sin embargo te quiero...(Mira a una joven sentada en su banco de plaza. Se acerca y la observa de forma sugerente. Según él acaba de encontrar a un intruso en su morada. Habla poética e irónicamente. Cortejándola) Nunca tuve tanta suerte de que una bella dama me espere sentada en mi propio aposento. (Ella lo mira nerviosa y lo ignora. Él sentencia) ¡Que éste banco es mío!.

Joven: ¡Por favor no me moleste!.

Borracho: ¿Ha oído hablar de los usurpadores de morada?.

Joven: ¡Vaya a su casa, déjeme tranquila!.

Borracho: Usted vaya a SU casa, mi casa es ésta y, en éste banco, ¡Duermo yo!. Así que si quiere puede adueñarse de cualquiera de los bancos que hay por ahí, éste es mío. Así que si me da lugar... (Hace señas con las manos como esperando que se levante.Ella no se mueve del lugar. Él continúa con las señas) No la molesto más.... Si me da lugarcito... ¿Pero qué tiene usted, estrabismo?

Joven: ¿Yo me tengo que ir de un lugar público sólo porque a usted se le ocurre tirarse a dormir en este banco, que es también mío?

Borracho: ¿Suyo? Yo llegué primero.

Joven: Qué le voy a estar dando explicaciones....

Borracho: Más vale que tendrá que darme muchas explicaciones...

Joven: Mire, éste banco mío y de todos los ciudadanos

Borracho: ¡Ahora son más!

Joven: Es de todos, de todos los que pagan impuestos... O sea, de todos menos de usted, ¿Entiende?

Borracho: Entiendo... Usted es de una de esos grupos que se dedican a protestar ¡Que aman protestar!... Voy entendiendo... Hay muchas otras cosas por qué quejarse señorita... Yo puedo ayudarla un poco, si quiere. Mire, por ejemplo ¿Ve ese cartel que dice “Prohibido pisar el césped”? Le digo un secreto: Hay gente que lo hace. ¿Porqué no se para un rato a la par del cartel? O mejor aún, póngase en LUGAR del cartel y dígale que lo hace porque paga impuestos...

Joven: ¡No! Yo no estoy en ningún grupo, sólo trato de explicarle por qué yo tengo más derecho que usted en estar en este lugar, vea: La luz que tiene usted en esta plaza todas las noches, la pago yo. Esta plaza está limpia porque al servicio de barrido y limpieza lo pago yo. ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

Borracho: (Revisa sus bolsillos) Bueno, me pescó seco, pero vuelve mañana antes de las once y le tengo lo que le debo.

Joven: Lo que le quiero decir es que yo tengo más derecho que usted en estar aquí.

Borracho: Bueno, entonces haga que me corten la luz y que no