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Antonio

García Megía

 

 

 

 

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¡Ay mísero de mí...!

Soliloquio

Fragmento de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca

 
 
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!  
Apurar, cielos, pretendo, 
ya que me tratáis así 
qué delito cometí 
contra vosotros naciendo; 
aunque si nací, ya entiendo 
qué delito he cometido. 
Bastante causa ha tenido 
vuestra justicia y rigor; 
pues el delito mayor 
del hombre es haber nacido. 

Sólo quisiera saber 
para apurar mis desvelos 
(dejando a una parte, cielos, 
el delito de nacer), 
qué más os pude ofender 
para castigarme más. 
¿No nacieron los demás? 
Pues si los demás nacieron, 
¿qué privilegios tuvieron 
qué yo no gocé jamás? 

Nace el ave, y con las galas 
que le dan belleza suma, 
apenas es flor de pluma 
o ramillete con alas, 
cuando las etéreas salas 
corta con velocidad, 
negándose a la piedad 
del nido que deja en calma; 
¿y teniendo yo más alma, 
tengo menos libertad? 

Nace el bruto, y con la piel 
que dibujan manchas bellas, 
apenas signo es de estrellas 
(gracias al docto pincel), 
cuando, atrevida y cruel 

 

 
la humana necesidad 
le enseña a tener crueldad, 
monstruo de su laberinto; 
¿y yo, con mejor instinto, 
tengo menos libertad? 
Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad? 

Nace el arroyo, culebra 
que entre flores se desata, 
y apenas, sierpe de plata, 
entre las flores se quiebra, 
cuando músico celebra 
de las flores la piedad 
que le dan la majestad 
del campo abierto a su huida; 
¿y teniendo yo más vida 
tengo menos libertad? 

En llegando a esta pasión, 
un volcán, un Etna hecho, 
quisiera sacar del pecho 
pedazos del corazón. 
¿Qué ley, justicia o razón, 
negar a los hombres sabe 
privilegio tan suave, 
excepción tan principal, 
que Dios le ha dado a un cristal, 
a un pez, a un bruto y a un ave? 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

Canción del pirata

José de Espronceda

 

 
Escuchar musicalizado (mp3)
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:
Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

 

 
A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar. 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 

El Canto del Cosaco

José de Espronceda

 
 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín:
Sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.

¡Hurra, a caballo hijos de la niebla!
Suelta la rienda a combatir volad:
¿Veis esas tierras fértiles? las puebla
gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,
todo es hermoso y refulgente allí,
son sus hembras celestes, serafines,
su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Nuestros sean su oro y sus placeres,
gocemos de ese campo y ese sol;
son sus soldados menos que mujeres,
sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,
vedlos cobardes lágrimas verter...
¡Hurra! volad, sus cuerpos, su tesoro
huellen nuestros caballos con sus pies.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Dictará allí nuestro capricho leyes,
nuestras casas alcázares serán,
los cetros y coronas de los reyes
cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! Volad a hartar nuestros deseos,
las más hermosas nos darán su amor,
y no hallarán nuestros semblantes feos,
que siempre brilla hermoso el vencedor.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa,
cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando
regias habitaciones morarán;
cien esclavos, sus frentes inclinando,
al mover nuestros ojos temblarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Venid, volad, guerreros del desierto,
como nubes en negra confusión,
todos suelto el bridón, el ojo incierto,
todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,
cual tromba que arrebata el huracán,
cual témpanos de hielo endurecidos
por entre rocas despeñados van.

¡Hurra, cosacos del desierto...

 


Nuestros padres un tiempo caminaron
hasta llegar a una imperial ciudad;
un sol más puro es fama que encontraron,
y palacios de oro y de cristal.

Vadearon el Tíber sus bridones;
yerta a sus pies la tierra enmudeció;
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló.

¡Hurra, cosacos del desierto...

¡Qué! ¿no sentís la lanza estremecerse
hambrienta en vuestras manos de matar?
¿No veis entre la niebla aparecerse
visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones
era ese muro que abatido fue;
la gloria de Polonia y sus blasones
en humo y sangre convertidos ved.
 

¡Hurra, cosacos del desierto...

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
¿Quién en su propia sangre los ahogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
Esos hombres de Europa nos verán:
¡Hurra! nuestros caballos en su frente
hondas sus herraduras marcarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de sangre cruda
bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntuosos,
sirviéndonos de mesa algún altar,
nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
hartará nuestra hambre blanco pan.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Y nuestras madres nos verán triunfantes,
y a esa caduca Europa a nuestros pies,
y acudirán de gozo palpitantes,
en cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
las coronas de Europa heredarán,
y a conquistar también otras regiones
el caballo y la lanza aprestarán.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín,
sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

La higuera

Juana de Ibarborou

 
Porque es áspera y fea, 
porque todas sus ramas son grises, 
yo le tengo piedad a la higuera. 

En mi quinta hay cien árboles bellos, 
ciruelos redondos, 
limoneros rectos 
y naranjos de brotes lustrosos. 

En las primaveras, 
todos ellos se cubren de flores 
en torno a la higuera. 

Y la pobre parece tan triste 
con sus gajos torcidos que nunca 
de apretados capullos se viste... 

 
 

Por eso, 
cada vez que yo paso a su lado, 
digo, procurando 
hacer dulce y alegre mi acento: 
«Es la higuera el más bello 
de los árboles todos del huerto». 

Si ella escucha, 
si comprende el idioma en que hablo, 
¡qué dulzura tan honda hará nido 
en su alma sensible de árbol! 

Y tal vez, a la noche, 
cuando el viento abanique su copa, 
embriagada de gozo le cuente: 

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

 

[Conocer Biografía]

 

A Margarita Debayle

Rubén Darío

 
 
 
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
 
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: -"¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
-"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."

Y el rey clama: -"¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: -"No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté."

Y el papá dice enojado:
-"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: -"En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

***

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Lo fatal

Rubén Darío

 
 
Escuchar musicalizado (mp3)
 
 

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!...

 

 

Coplas a la muerte de su padre

Jorge Manrique

 
 
 
Recuerde el alma dormida, 
avive el seso e despierte 
  contemplando 
cómo se passa la vida, 
cómo se viene la muerte 
  tan callando; 
  cuán presto se va el plazer, 
cómo, después de acordado, 
  da dolor; 
cómo, a nuestro parescer, 
cualquiere tiempo passado 
  fue mejor.
  Pues si vemos lo presente 
cómo en un punto s'es ido 
  e acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo non venido 
  por passado. 
  Non se engañe nadi, no, 
pensando que ha de durar 
  lo que espera 
más que duró lo que vio, 
pues que todo ha de passar 
  por tal manera. 
  Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar, 
  qu'es el morir; 
allí van los señoríos 
derechos a se acabar 
  e consumir; 
  allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
  e más chicos, 
allegados, son iguales 
los que viven por sus manos 
  e los ricos. 
 
 
 
Dexo las invocaciones 
de los famosos poetas 
  y oradores; 
non curo de sus ficciones, 
que traen yerbas secretas 
  sus sabores. 
  Aquél sólo m'encomiendo, 
Aquél sólo invoco yo 
  de verdad, 
que en este mundo viviendo, 
el mundo non conoció 
  su deidad. 
  Este mundo es el camino 
para el otro, qu'es morada 
  sin pesar; 
mas cumple tener buen tino 
para andar esta jornada 
  sin errar. 
  Partimos cuando nascemos, 
andamos mientra vivimos, 
  e llegamos 
al tiempo que feneçemos; 
assí que cuando morimos, 
  descansamos.  
  Este mundo bueno fue 
si bien usásemos dél 
  como debemos, 
porque, segund nuestra fe, 
es para ganar aquél 
  que atendemos. 
  Aun aquel fijo de Dios 
para sobirnos al cielo 
  descendió 
a nescer acá entre nos, 
y a vivir en este suelo 
  do murió. 

 

 Serranilla

Marqués de Santillana

 

     [I]

Moça tan fermosa

non vi en la frontera,

como una vaquera

de la Finojosa.

        [II]

Faziendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vençido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera,

do vi la vaquera

de la Finojosa.

        [III]

En un verde prado

de rosas e flores,

guardando ganado

con otros pastores,

la vi tan graciosa,

que apenas creyera

que fuese vaquera

de la Finojosa.

     

 

 

   [IV]

Non creo las rosas

de la primavera

sean tan fermosas

nin de tal manera,

fablando sin glosa,

si antes supiera

de aquella vaquera

de la Finojosa.

        [V]

Non tanto mirara

su mucha beldad,

porque me dexara

en mi libertad.

Mas dixe: "Donosa

(por saber quién era),

¿aquella vaquera

de la Finojosa?..."

        [VI]

Bien como riendo,

dixo: "Bien vengades,

que ya bien entiendo

lo que demandades:

non es desseosa

de amar, nin lo espera,

aquessa vaquera

de la Finojosa".

 

 El sueño

Gerardo Diego

 
Apoya en mí la cabeza,
  si tienes sueño.
Apoya en mí la cabeza,
  aquí, en mi pecho.
Descansa, duérmete, sueña,
  no tengas miedo,
no tengas miedo al mundo,
  que yo te velo.
Levanta hacia mí los ojos,
  tus ojos lentos,
y ciérralos poco a poco
  conmigo dentro;
ciérralos, aunque no quieras,
  muertos de sueño.

Ya estás dormida. Ya sube,
  baja tu pecho,
y el mío al compás del tuyo
  mide el silencio,
almohada de tu cabeza,
  celeste peso.
Mi pecho de varón duro,
  tabla de esfuerzo,
por ti se vuelve de plumas,
  cojín de sueños.
Navega en dulce oleaje,
  ritmo sereno,
ritmo de olas perezosas
  el de tus pechos.
 
De cuando en cuando una grande,
  espuma al viento
suspiro que se te escapa
  volando al cielo,
y otra vez navegas lenta
  mares de sueño,
y soy yo quien te conduce,
  yo que te velo,
que para que te abandones
  te abrí mi pecho.
¿Qué sueñas? ¿Sueñas? ¿Qué buscan
  -palabras, besos-
tus labios que se te mueven,
  dormido rezo?

Si sueñas que estás conmigo,
  no es sólo sueño;
lo que te auna y te mece
  soy yo, es mi pecho.

Despacio, brisas, despacio,
  que tiene sueño.
Mundo sonoro que rondas,
  haste silencio,
que está durmiendo mi niña,
  que está durmiendo
al compás que de los suyos
  copia mi pecho.
Que cuando se me despierte
  buscando el cielo
encuentre arriba mis ojos
  limpios y abiertos.

 Romero sólo

León Felipe

 
 

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

 

 Muerte de Antoñito el Camborio

Federico García Lorca

 

 

Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.

  Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí.
 

 

Lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.

       Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado,
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 El lagarto viejo

Federico García Lorca

 
 

En la agostada senda
he visto al buen lagarto
(gota de cocodrilo)
meditando.
Con su verde levita
de abate del diablo,
su talante correcto
y su cuello planchado,
tiene un aire muy triste
de viejo catedrático.
¡Esos ojos marchitos
de artista fracasado,
cómo miran la tarde
desmayada!
¿Es éste su paseo
crepuscular, amigo?
Usad bastón, ya estáis
muy viejo. Don Lagarto,
y los niños del pueblo
pueden daros un susto.
¿Qué buscáis en la senda,
filósofo cegato,
si el fantasma indeciso
de la tarde agosteña
ha roto el horizonte?
¿Buscáis el azul limosna
del cielo moribundo?
¿Un céntimo de estrella?
¿O acaso
estudiasteis un libro
de Lamartine, y os gustan
los trinos platerescos
de los pájaros?
(Miras al sol poniente,
y tus ojos relucen,
¡oh dragón de las ranas!
con un fulgor humano.
Las góndolas sin remos
de las ideas, cruzan
el agua tenebrosa
de tus iris quemados.)
 

 

¿Venís quizá en la busca
de la bella lagarta,
verde como los trigos
de mayo,
como las cabelleras
de las fuentes dormidas,
que os despreciaba, y luego
se fue de vuestro campo?
¡Oh dulce idilio roto
sobre la fresca juncia!
¡Pero vivir!, ¡qué diantre!
me habéis sido simpático.
El lema de "me opongo
a la serpiente" triunfa
en esa gran papada
de arzobispo cristiano.
Ya se ha disuelto el sol
en la copa del monte,
y enturbian el camino
los rebaños.
Es hora de marcharse,
dejad la angosta senda
y no continuéis
meditando.
Que lugar tendréis luego
de mirar las estrellas
cuando os coman sin prisa
los gusanos.
¡Volved a vuestra casa
bajo el pueblo de grillos!
¡Buenas noches, amigo
Don Lagarto!
Ya está el campo sin gente,
los montes apagados
y el camino desierto;
sólo de cuando en cuando
canta un cuco en la umbría
de los álamos.
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 Una cena

Baltasar del Alcázar

 
 

En Jaén, donde resido, 
vive don Lope de Sosa, 
y diréte, Inés, la cosa 
más brava d'él que has oído. 

Tenía este caballero 
un criado portugués... 
Pero cenemos, Inés, 
si te parece, primero. 

La mesa tenemos puesta; 
lo que se ha de cenar, junto; 
las tazas y el vino, a punto; 
falta comenzar la fiesta. 

Rebana pan. Bueno está. 
La ensaladilla es del cielo; 
y el salpicón, con su ajuelo, 
¿no miras qué tufo da? 

Comienza el vinillo nuevo 
y échale la bendición: 
yo tengo por devoción 
de santiguar lo que bebo. 

Franco fue, Inés, ese toque; 
pero arrójame la bota; 
vale un florín cada gota 
d'este vinillo aloque. 

¿De qué taberna se trajo? 
Mas ya: de la del cantillo; 
diez y seis vale el cuartillo; 
no tiene vino más bajo. 

Por Nuestro Señor, que es mina 
la taberna de Alcocer: 
grande consuelo es tener 
la taberna por vecina. 

Si es o no invención moderna, 
vive Dios que no lo sé, 
pero delicada fue 
la invención de la taberna. 

Porque allí llego sediento, 
pido vino de lo nuevo, 
mídenlo, dánmelo, bebo, 
págolo y voyme contento. 

Esto, Inés, ello se alaba; 
no es menester alaballo; 
sola una falta le hallo: 
que con la priesa se acaba. 

La ensalada y salpicón 
hizo fin; ¿qué viene ahora? 
La morcilla. ¡Oh, gran señora, 
digna de veneración! 

¡Qué oronda viene y qué bella! 
¡Qué través y enjundias tiene! 
Paréceme, Inés, que viene 
para que demos en ella. 

Pues, ¡sus!, encójase y entre, 
que es algo estrecho el camino. 
No eches agua, Inés, al vino, 
no se escandalice el vientre. 

 

Echa de lo trasaniejo, 
porque con más gusto comas; 
Dios te salve, que así tomas, 
como sabia, mi consejo. 

Mas di: ¿no adoras y precias 
la morcilla ilustre y rica? 
¡Cómo la traidora pica! 
Tal debe tener especias. 

¡Qué llena está de piñones! 
Morcilla de cortesanos, 
y asada por esas manos 
hechas a cebar lechones. 

¡Vive Dios, que se podía 
poner al lado del Rey 
puerco, Inés, a toda ley, 
que hinche tripa vacía! 

El corazón me revienta 
de placer. No sé de ti 
cómo te va. Yo, por mí, 
sospecho que estás contenta. 

Alegre estoy, vive Dios. 
Mas oye un punto sutil: 
¿No pusiste allí un candil? 
¿Cómo remanecen dos? 

Pero son preguntas viles; 
ya sé lo que puede ser: 
con este negro beber 
se acrecientan los candiles. 

Probemos lo del pichel. 
¡Alto licor celestial! 
No es el aloquillo tal, 
ni tiene que ver con él. 

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza! 
¡Qué rancio gusto y olor! 
¡Qué paladar! ¡Qué color, 
todo con tanta fineza! 

Mas el queso sale a plaza, 
la moradilla va entrando, 
y ambos vienen preguntando 
por el pichel y la taza. 

Prueba el queso, que es extremo: 
el de Pinto no le iguala; 
pues la aceituna no es mala; 
bien puede bogar su remo. 

Pues haz, Inés, lo que sueles: 
daca de la bota llena 
seis tragos. Hecha es la cena; 
levántense los manteles. 

Ya que, Inés, hemos cenado 
tan bien y con tanto gusto, 
parece que será justo 
volver al cuento pasado. 

Pues sabrás, Inés hermana, 
que el portugués cayó enfermo... 
Las once dan; yo me duermo; 
quédese para mañana

 Romance en endechas

Juan de Salinas

 
 

La moza gallega
que está en la posada,
subiendo maletas
y dando cebada,

penosa se sienta
encima de un arca,
por ver ir un huésped
que tiene en el alma,

mocito espigado,
de trenza de plata,
que canta bonito
y tañe guitarra.

Con lágrimas vivas
que al suelo derrama,
con tristes suspiros,
con quejas amargas,

del pecho rabioso
descubre las ansias.
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

«Pensé que estuviera
dos meses de estancia,
y, cuando se fuera,
que allá me llevara.

»Pensé que el amor
y fe que cantaba,
supiera rezado
tenello y guardalla.

»¡Pensé que eran ciertas
sus falsas palabras!
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

»Diérale mi cuerpo,
mi cuerpo de grana,
para que sobre él
la mano probara

»y jurara a medias,
perdiera o ganara.
¡Ay Dios! si lo sabe,
¿qué dirá mi hermana?

 

 

»Dirame que soy
una perdularia,
pues di de mis prendas
la más estimada,

»y él va tan alegre
y más que una Pascua.
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

»¿Qué pude hacer más
que darle polainas
con encaje y puntas
de muy fina holanda;

»cocerle su carne
y hacerle su salsa;
encenderle vela
de noche, si llama,

»y, en dándole gusto,
soplar y matalla?
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!»

En esto ya el huésped
la cuenta remata,
y, el pie en el estribo,
furioso cabalga,

y, antes de partirse,
para consolarla,
de ella se despide
con estas palabras:

«Isabel, no llores;
no llores, amores.
Si por dicha lloras
porque yo no lloro,

»sabrás que mi lloro
no es a todas horas,
y, aunque me desdoras,
otros hay peores.

»Isabel, no llores;
no llores, amores.»
 

 

 Romance de la pena negra

Federico García Lorca

 
 

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las sierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
 

 

 

¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, cama y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 El Reino del Revés

María Elena Walsh

 

Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.

 


 

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.
 

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

 

A la pereza

Manuel Bretón de los Herreros

 

¡Qué dulce es una cama regalada!

¡Qué necio, el que madruga con la aurora,

aunque las musas digan que enamora

oír cantar un ave la alborada!

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada

reposar una hora, y otra hora!

Comer, holgar..., ¡Qué vida encantadora,

sin ser de nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo

ya, tendido a la larga, me acomodo.

De tus graves alumnos el ejemplo

me arrastra bostezando; y,  de tal modo

tu estúpida modorra a entrarme empieza,

que no acabo el soneto... de per...

[Información sobre el autor]

El embargo

Gabriel y Galán

 

Señol jues, pasi usté más alanti

     y que entrin tos esos,

     no le dé a usté ansia

     no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila

sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,

     que aquí no hay dinero:

lo he gastao en comías pa ella

y en boticas que no le sirvieron;

     y eso que me quea,

porque no me dio tiempo a vendello,

     ya me está sobrando,

     ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,

y esas jocis clavás en el techo,

     y esa segureja

     y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!

    ¿Ya pa qué las quiero?

Si tuviá que ganalo pa ella,

¡cualisquiá me quitaba a mí eso!

Pero ya no quio vel esi sacho,

 

ni esas jocis clavás en el techo,

     ni esa segureja

     ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto

     si alguno de ésos

es osao de tocali a esa cama

     ondi ella s'ha muerto:

la camita ondi yo la he querío

cuando dambos estábamos güenos;

la camita ondi yo la he cuidiau,

la camita ondi estuvo su cuerpo

     cuatro mesis vivo

     y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao

de tocali a esa cama ni un pelo,

     porque aquí lo jinco

     delanti usté mesmo!

     Lleváisoslo todu,

     todu, menus eso,

     que esas mantas tienin

     suol de su cuerpo...

¡y me güelin, me güelin a ella

     ca ves que las güelo!.

 

 

[Información sobre el autor]

Oda V - De la avaricia

Fray Luis de León

 

En vano el mar fatiga

la vela portuguesa; que ni el seno

de Persia ni la amiga

Maluca da árbol bueno,

que pueda hacer un ánimo sereno.

No da reposo al pecho,

Felipe, ni la India, ni la rara

esmeralda provecho;

que más tuerce la cara

cuanto posee más el alma avara.

Al capitán romano

la vida, y no la sed, quitó el bebido

tesoro persiano;

y Tántalo, metido

en medio de las aguas, afligido

de sed está; y más dura

la suerte es del mezquino, que sin tasa

se cansa ansí, y endura

el oro, y la mar pasa

osado, y no osa abrir la mano escasa.

¿Qué vale el no tocado

tesoro, si corrompe el dulce sueño,

si estrecha el ñudo dado,

si más enturbia el ceño,

y deja en la riqueza pobre al dueño?

 

[Información sobre el autor]

Lo que puede el dinero

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

 

 
 
Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
Al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y mucho ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados,
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor. 

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 Volverán las oscuras golondrinas...

Gustavo Adolfo Becquer

 
 

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Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!


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 A un olmo seco

Antonio Machado

 
 

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Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

 

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El cuento de la lechera

Félix María de Samaniego

 
 

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Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
"¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!"
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz lechera,
diciéndose entre sí de esta manera:
"Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodearán cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.

 

 
Llevarélo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que corra y salte toda la campaña,
desde el monte cercano a la cabaña."
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
Adiós leche, adiós huevos,
adiós dinero, adiós lechón,
adiós vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.

 

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 Vientos del Pueblo

Miguel Hernandez

 
 

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Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos
los leones la levantan.
No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airoso como las alas;
andaluces de aceituna,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las ansias;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
 

 

catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habeís de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor a cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretado los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
 

[Información sobre el autor]

 

 

 Villancico

Gloria Fuertes

 

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Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera Maria.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.

 

[Información sobre el autor]

 

 

 Ojos verdes

Rafael de León

 
 

 

Apoyá en er quisio de la mansebía

miraba ensenderse la noche de mayo;

pasaban los hombres y yo sonreía

hasta que a mi puerta paraste el caballo.

 «Serrana, ¿me das candela?»

Y yo te dije: «Gaché,

ven y tómala en mis labios

que yo fuego te daré».

Dejaste er caballo

y lumbre te di,

y fueron dos verdes luceros de mayo

tus ojos pa mí.

Ojos verdes, verdes como la albahaca.

Verdes como el trigo verde

y el verde, verde limón.

Ojos verdes, verdes, con brillo de faca,

que están clavaítos en mi corazón.

Pa mí ya no hay soles, luceros ni luna,

no hay más que unos ojos que mi vía son.

Ojos verdes, verdes como la albahaca.

Verdes como el trigo verde

y el verde, verde limón.

[Información sobre el autor]

 

 

 Canción de otoño en primavera

Rubén Darío