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Antonio

García Megía

 

 

 

 

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Un trompo y una pelota

Hans Christian Andersen

 

 

 

Un trompo y una pelota yacían juntos en una caja, entre otros diversos juguetes, y el trompo dijo a la pelota:

- ¿Por qué no nos hacemos novios, puesto que vivimos juntos en la caja?

Pero la pelota, que estaba cubierta de un bello tafilete y presumía como una encopetada señorita, ni se dignó contestarle.

Al día siguiente vino el niño propietario de los juguetes, y se le ocurrió pintar el trompo de rojo y amarillo y clavar un clavo de latón en su centro. El trompo resultaba verdaderamente espléndido cuando giraba.

- ¡Míreme! -dijo a la pelota-. ¿Qué me dice ahora? ¿Quiere que seamos novios? Somos el uno para el otro. Usted salta y yo bailo. ¿Puede haber una pareja más feliz?

- ¿Usted cree? -dijo la pelota con ironía-. Seguramente ignora que mi padre y mi madre fueron zapatillas de tafilete, y que mi cuerpo es de corcho español.

- Sí, pero yo soy de madera de caoba -respondió la peonza- y el propio alcalde fue quien me torneó. Tiene un torno y se divirtió mucho haciéndome.

- ¿Es cierto lo que dice? -preguntó la pelota.

- ¡Qué jamás reciba un latigazo si miento! -respondió el trompo.

- Desde luego, sabe usted hacerse valer -dijo la pelota-; pero no es posible; estoy, como quien dice, prometida con una golondrina. Cada vez que salto en el aire, asoma la cabeza por el nido y pregunta: «¿Quiere? ¿Quiere?». Yo, interiormente, le he dado ya el sí, y esto vale tanto como un compromiso. Sin embargo, aprecio sus sentimientos y le prometo que no lo olvidaré.

- ¡Vaya consuelo! -exclamó el trompo, y dejaron de hablarse.

Al día siguiente, el niño jugó con la pelota. El trompo la vio saltar por los aires, igual que un pájaro, tan alta, que la perdía de vista. Cada vez volvía, pero al tocar el suelo pegaba un nuevo salto sea por afán de volver al nido de la golondrina, sea porque tenía el cuerpo de corcho. A la novena vez desapareció y ya no volvió; por mucho que el niño estuvo buscándola, no pudo dar con ella.

- ¡Yo sé dónde está! -suspiró el trompo-. ¡Está en el nido de la golondrina y se ha casado con ella!

Cuanto más pensaba el trompo en ello tanto más enamorado se sentía de la pelota. Su amor crecía precisamente por no haber logrado conquistarla. Lo peor era que ella hubiese aceptado a otro. Y el trompo no cesaba de pensar en la pelota mientras bailaba y zumbaba; en su imaginación la veía cada vez más hermosa. Así pasaron algunos años y aquello se convirtió en un viejo amor.

El trompo ya no era joven. Pero he aquí que un buen día lo doraron todo. ¡Nunca había sido tan hermoso! En adelante sería un trompo de oro, y saltaba que era un contento. ¡Había que oír su ronrón! Pero de pronto pegó un salto excesivo y... ¡adiós!

Lo buscaron por todas partes, incluso en la bodega, pero no hubo modo de encontrarlo. ¿Dónde estaría?

Había saltado al depósito de la basura, dónde se mezclaban toda clase de cachivaches, tronchos de col, barreduras y escombros caídos del canalón.

- ¡A buen sitio he ido a parar! Aquí se me despintará todo el dorado. ¡Vaya gentuza la que me rodea!-. Y dirigió una mirada de soslayo a un largo troncho de col que habían cortado demasiado cerca del repollo, y luego otra a un extraño objeto esférico que parecía una manzana vieja. Pero no era una manzana, sino una vieja pelota, que se había pasado varios años en el canalón y estaba medio consumida por la humedad.

- ¡Gracias a Dios que ha venido uno de los nuestros, con quien podré hablar! -dijo la pelota considerando al dorado trompo.

- Tal y como me ve, soy de tafilete, me cosieron manos de doncella y tengo el cuerpo de corcho español, pero nadie sabe apreciarme. Estuve a punto de casarme con una golondrina, pero caí en el canalón, y en él me he pasado seguramente cinco años. ¡Ay, cómo me ha hinchado la lluvia! Créeme, ¡es mucho tiempo para una señorita de buena familia!

Pero el trompo no respondió; pensaba en su viejo amor, y, cuanto más oía a la pelota, tanto más se convencía de que era ella.

Vino en éstas la criada, para verter el cubo de la basura.

- ¡Anda, aquí está el trompo dorado! -dijo.

El trompo volvió a la habitación de los niños y recobró su honor y prestigio, pero de la pelota nada más se supo. El trompo ya no habló más de su viejo amor. El amor se extingue cuando la amada se ha pasado cinco años en un canalón y queda hecha una sopa; ni siquiera es reconocida al encontrarla en un cubo de basura.

 

 

Pena de muerte

Georges Simenon

 

 

 

El peligro más grande, en esta clase de asuntos, es llegar a hastiarse. El "plantón", como se dice, duraba ya doce días; el inspector Janvier y el brigadier Lucas se relevaban con una paciencia incansable, pero Maigret había tomado a su cuenta un buen centenar de horas porque él solo, en suma, sabía quizá a dónde quería llegar. Aquella mañana, Lucas le había telefoneado desde el bulevar de Batignolles:

—Los pájaros tienen aspecto de querer volar... La mujer del cuarto acaba de decirme que están cerrando sus maletas...

A las ocho, Maigret estaba de guardia en un taxi, no lejos del hotel Beauséjour, con una maleta a sus pies. Llovía. Era domingo. A las ocho y cuarto, la pareja salía del hotel con tres maletas y llamaba a un taxi. A las ocho y media, éste se detenía ante una cervecería de la estación del Norte, frente al gran reloj. Maigret bajaba también de su coche y, sin esconderse, se sentaba en la terraza, en un velador contiguo al de sus "pájaros".

No sólo llovía, sino que hacía frío. La pareja se había instalado cerca de un brasero. Cuando el hombre distinguió al comisario, a su pesar, hizo un movimiento con la mano hacia su sombrero hongo y, sin embargo, su compañera apretaba más contra ella su abrigo de pieles.

—¡Un ponche, camarero!

Los demás también tomaban ponche y los que pasaban les rozaban. El camarero iba y venía. La vida de un domingo por la mañana alrededor de una gran estación continuaba como si no estuviese en juego la cabeza de un hombre. La aguja, por su parte, avanzaba a sacudidas por el cuadrante del reloj y, a las nueve, la pareja se levantó, se dirigió hacia una ventanilla.

—Dos segundas "ir" Bruselas...

—Segunda simple a Bruselas —dijo Maigret como un eco.

Luego los andenes atestados, el rápido en el que había que encontrar sitio, un compartimento, en la cabeza, cerca de la máquina, en donde por fin la pareja se acomodó y en donde el comisario colocó su maleta en la red. La gente se abrazaba. El joven del sombrero hongo bajó para comprar periódicos y volvió con un paquete de semanarios y revistas ilustradas. Era el rápido de Berlín. Había una gran algarabía. Se hablaban todas las lenguas. Una vez el tren en marcha, el joven, sin quitarse los guantes, empezó a leer un periódico mientras que su compañera, que parecía tener frío, ponía con gesto instintivo su mano sobre la de su compañero.

—¿Hay vagón restaurante? —preguntó alguien.

—¡Creo que después de la frontera! —contestó otra persona.

—¿Se para en la aduana?

—No. La inspección tiene lugar en el tren, a partir de Saint—Quentin...

Los arrabales, luego bosques hasta donde alcanzaba la vista; después Compiègne, en donde no se detuvo más que el tiempo de la parada. El joven, de tanto en tanto, levantaba los ojos de su periódico y su mirada recorría el plácido rostro de Maigret.

Estaba cansado, era cierto. Maigret, que también echaba las mismas ojeadas furtivas, le encontraba más pálido que los demás días, todavía más nervioso, más crispado, y hubiera jurado que sería incapaz de decirle lo que leía desde hacía una hora.

—¿No tienes hambre? —preguntó la joven.

—No...

Se fumaba cigarrillos y pipas. Estaba oscuro. Las aldeas dejaban ver calles mojadas y vacías, iglesias en las que tal vez se decía la misa mayor. Y Maigret tampoco intentaba volver a sopesar los hechos uno a uno, precisamente por temor al hastío, porque después de dos semanas y media sólo pensaba en aquel asunto. El joven, frente a él, iba vestido sobriamente, más como un inglés que como un parisino: traje gris hierro, abrigo gris sin botones aparentes, sombrero hongo y, para completar el conjunto, un paraguas que había colocado en la red inferior. Si se hubiese pronunciado su nombre en el compartimento, todo el mundo hubiese temblado, porque, entre los periódicos diseminados sobre las rodillas, la mitad por lo menos hablaban todavía de él.

Un bonito nombre: Jehan d'Oulmont. Una excelente familia belga, varias veces representada en la Historia. Jehan d'Oulmont era rubio; tenía los rasgos bastante finos, pero la piel, demasiado sensible, enrojecía con facilidad, y los rasgos fácilmente agitados por tics nerviosos. Por dos veces Maigret le había tenido frente a él, en su despacho de la Policía Judicial y, por dos veces, durante horas, había intentado en vano hacer doblegar al joven.

—¿Admite que desde hace dos años es la desesperación de su familia?

—¡Eso le importa a mi familia!

—Después de haber iniciado sus estudios de Derecho, le han echado de la Universidad de Lovaina por notoria mala conducta.

—Vivía con una mujer...

—¡Perdón! Con una mujer a la que un negociante de Anvers mantenía...

—¡El detalle carece de importancia!

—Maldecido por su familia, vino a París... Se le ha visto sobre todo en las carreras y en los locales nocturnos... Se hacía llamar conde d'Oulmont, título al que no tiene derecho...

—Hay gentes a las que esto les gusta...

Siempre la misma sangre fría, a despecho de una palidez enfermiza.

—Conoció a Sonia Lipchitz y no ignoraba nada de su pasado...

—Yo no me permito juzgar el pasado de una mujer...

—A los veintitrés años, Sonia Lipchitz ya ha tenido numerosos protectores... El último le dejó una cierta fortuna que ella ha dilapidado en menos de dos años...

—Lo que prueba que no soy interesado, porque, en ese caso, habría llegado demasiado tarde...

—No ignora que su tío, el conde Adalbert d'Oulmont —se tiene, en su familia, gusto por los nombres originales—, no ignora, digo, que bajaba cada mes a París por algunos días, en el hotel del Louvre...

—Para vengarse de la vida austera que se cree obligado a llevar en Bruselas...

—¡Sea!... Su tío, antiguo acostumbrado al hotel, reservaba siempre el mismo apartamento, el 318... Cada mañana montaba a caballo, en el Bois, almorzaba a continuación en un cabaret de moda y luego se encerraba en su apartamento hasta las cinco...

—¡Debía necesitar reposo! —replicaba cínicamente el joven— ¡A su edad!...

—A las cinco hacía subir al peluquero y a la manicura y...

—Y frecuentaba a continuación, hasta las dos de la mañana, los lugares en los que se encuentran mujeres hermosas...

—Todavía exacto...

Porque si el conde d'Oulmont, en cierta época de su vida, había sido un diplomático distinguido, era forzoso admitir que con la edad se había identificado poco a poco con el repertorio de viejos verdes y que no le faltaba ni la peluca.

—Siempre se ha dicho...

—Y le ayudó varias veces con sus subsidios...

—Y con sus lecciones de moral... Una cosa compensa la otra...

—Dos días antes del drama, en un bar de los Champs Elysées, usted le presentó a su amante Sonia Lipchitz...

—Como usted le hubiese presentado a su mujer...

—¡Perdón! Tomaron el aperitivo los tres y luego, bajo el pretexto de una cita de negocios, usted les dejó solos... En este momento, usted estaba, usted y Sonia, como se dice, a dos velas. Después de haber vivido largo tiempo en el hotel Berry, cerca de los Champs Elysées, en donde dejó a una ardiente coqueta, cuesta verle ahora yendo a parar a un hotel más que modesto del bulevar Batignolles...

—¿Me lo reprocha?

—Hay que creer que Sonia no le gustó a su tío, que la dejó inmediatamente después de cenar para ir a un pequeño teatro...

—¿Otro reproche?

—Dos días después, el viernes, hacia las tres y media, el conde d'Oulmont era asesinado en su apartamento, en donde, como de costumbre, echaba la siesta... Según el dictamen del forense, fue abatido por un golpe violento propinado por medio de un tubo de plomo o una barra de hierro...

—Ya he sido registrado... —contestó socarronamente el joven.

—¡Lo sé! E incluso tenía una coartada. Me enseñó, al día siguiente, su carnet de apuestas, porque usted es un aficionado a las carreras... La tarde de la muerte, estaba en Longchamp y apostó a dos caballos en cada carrera... Tickets de la Mutua, encontrados en su abrigo, lo han establecido así y camaradas suyos le vieron una o dos veces en el transcurso de la tarde...

—¿Usted ve?

—Lo que no impide que hubiese tenido tiempo, en el curso de la reunión, de subir a un taxi y llegar hasta su tío...

—¿Alguien me vio?

—Conoce lo bastante el hotel del Louvre para saber que no se presta atención a las idas y venidas de los clientes habituales... Sin embargo, un botones cree acordarse...

—¿No le parece que es demasiado vago?

—Una suma de treinta y dos mil francos en billetes franceses le fue robada a su tío.

—¡De tenerlos, hubiera tenido tiempo de pasar la frontera!

—También lo sé. No se encontró nada en su hotel. ¡Mejor! Dos días más tarde, su amante empeñaba sus dos últimos anillos en el Crédito Municipal y usted vive ahora de los cinco mil francos que ella recibió a cambio...

—¡Por lo tanto...!

¡Ése era todo el asunto! Dicho de otra manera, casi el crimen perfecto. La coartada era de las que no se pueden contradecir con éxito. Gente había visto a Jehan en las carreras aquella tarde. Pero, ¿a qué hora? Había jugado. Pero, en ciertas carreras, su amante había podido jugar por él y no hay mucha distancia entre Longchamp y la calle Rivoli. ¿Un tubo de plomo, una masa de hierro? Todo el mundo puede procurarse uno y desembarazarse de él sin dificultad. Y todo el mundo, con un poco de habilidad, puede introducirse en un gran hotel sin hacerse notar. ¿El golpe de los anillos empeñados a los dos días? ¿El carnet de apuestas de d'Oulmont?

—Usted mismo admite —decía este último— que mi buen tío recibía a veces mujeres en su cuarto. ¿Por qué no busca por ese lado?

Y, lógicamente, no había ni una fisura en su razonamiento. Tenía tan poco que, cuando se presentó en el Quai des Orfevres, tras dos interrogatorios, y había manifestado el deseo de volver a Bélgica, se había visto obligado, a falta de elementos suficientes, a darle la autorización. He aquí el porqué, desde hacía doce días, Maigret empleaba su vieja táctica: hacer seguir a su hombre paso a paso, minuto a minuto, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, hacerlo seguir ostensiblemente a fin de que el hastío, si se producía en uno de los dos campos, se produjese a su lado. He aquí por qué también, aquella mañana, había tomado sitio en el compartimento, frente al joven que, al verle, había esbozado un saludo y que estaba obligado, durante horas, a representar la comedia de la desenvoltura.

¡Crimen vicioso! ¡Crimen sin excusa! ¡Crimen tanto más odioso en cuanto que cometido por un pariente de la víctima, por un muchacho instruido y sin taras aparentes! ¡Crimen a sangre fría también! ¡Crimen casi científico! Para los jurados, esto se traduce por una cabeza que cae. Y aquella cabeza, un poco pálida, cierto, apenas coloreada en los pómulos, se levantó para la inspección aduanera. Faltó poco para que hubiese protestas en el compartimiento. Maigret había dado órdenes por teléfono y, para la pareja, el registro fue minucioso, tan minuciosos que se hacia indiscreto.

Resultado: ¡nada! Jehan d'Ouldmont sonreía con su pálida sonrisa. Sonreía a Maigret. Sabía que era su enemigo. Se percataba también de que era una guerra de usura, pero una guerra en la que su cabeza estaba en juego. Uno lo sabía todo: el asesino. Cuándo, cómo, en qué minuto, en qué circunstancias había sido cometido el crimen. Pero el otro, Maigret, que fumaba su pipa, a despecho de los gemidos de su vecina, a la que molestaba el tabaco, ¿qué sabía? ¿qué había descubierto?

¡Guerra de agotamiento, sí! Pasada la frontera, Maigret carecía del derecho de intervenir y se acababan de divisar los primeros caseríos de Borinage. Entonces, ¿por qué estaba allí? ¿Por qué se obstinaba? ¿Por qué en el vagón restaurante, a donde la pareja iba a tomar el aperitivo, se instalaba en la misma mesa, amenazador y silencioso? ¿Por qué en Bruselas, iba al Palace, en donde Jehan d'Oulmont y su amante tomaban un apartamento? ¿Había descubierto Maigret una fisura en la coartada? ¿Había olvidado Jehan d'Oulmont algún detalle que le había traicionado? ¡Claro que no! En ese caso, le hubiese arrestado en Francia, le hubiese entregado a los tribunales franceses, lo que comportaba, sin disputa, la pena de muerte...

Y Maigret, en el Palace, ocupaba la habitación contigua. Maigret dejaba su puerta abierta, bajaba detrás de la pareja al restaurante, paseaba tras ellos a lo largo de los escaparates de la calle Neuve, entraba en la misma cervecería, siempre obstinado y tranquilo en apariencia. Sonia estaba casi tan febril como su compañero. Al día siguiente no se levantó hasta las dos y la pareja almorzó en su habitación. Y oían el sonido del teléfono, porque Maigret encargaba el almuerzo.

Un día... Dos días... Los cinco mil francos debían acabarse... Maigret seguía allí, con la pipa en la boca, las manos en los bolsillos, sombrío y paciente. Pero ¿qué sabía? ¿Quién hubiera podido decir lo que sabía?

¡En verdad Maigret no sabía nada! Maigret "sentía". Maigret estaba seguro del caso, hubiera apostado su apellido a que tenía razón. Pero en vano había dado vueltas cien veces al problema en su cabeza, había interrogado a los choferes de París y en particular a los especialistas en carreras.

—¡Ya sabe! Vemos tanto... ¿Tal vez...?

Tanto más cuanto que Jehan d'Oulmont no tenía nada de particular y que las gentes a las que enseñaba su fotografía reconocían inmediatamente a algún otro. El olfato no bastaba. La convicción tampoco. La justicia exige una prueba y Maigret seguía buscando sin saber quién se cansaría primero. Paseó tras la pareja por el Jardín Botánico. Asistió a veladas de cine. Comió y cenó en excelentes cervecerías, como le gustaba, y se atiborró de cerveza. A la lluvia la había reemplazado una especie de nieve fundida. El martes, calculaba el comisario, apenas les quedaban trescientos francos belgas a sus víctimas y tal vez, se dijo, tendrían que echar mano del "tesoro escondido". Era una vida agotadora y, por la noche, tenía que despertarse al menor ruido producido en la vecina habitación. Pero seguía como esos perros que, tumbados en el suelo se dejan aplastar antes que retroceder. La gente, a su alrededor, continuaba sin darse cuenta de nada. Se servía al pálido Jehan d'Oulmont como a un cliente cualquiera sin percatarse de que su cabeza no estaba muy segura sobre sus hombros. En un dancing, alguien invitó a Sonia; luego desapareció, la volvió a invitar una hora más tarde y jugó tercamente con su bolso. Ese alguien, que parecía un joven de buena familia, hizo de lejos una señal de amistad a d'Oulmont. Era poca cosa. Transcurría ya el tercer día en Bruselas. Y sin embargo, en aquel minuto, Maigret tuvo por fin la esperanza de triunfar. Lo que hizo entonces era tan poco corriente en él que la señora Maigret se hubiese quedado de una pieza. Se dirigió hacia la bar de la boîte y se tomó varias copas en compañía de mujeres que le asaltaban; pareció divertirse mas allá de los límites admitidos y acabó, casi vacilante, por invitar a Sonia a bailar.

—¡Si puede tenerse en pie! —dijo secamente.

Dejó su bolso sobre la mesa, dirigió una ojeada a su amante, pero éste a su vez salió a bailar con una de las señoras de la casa. En aquel momento, mientras las dos parejas estaban mezcladas entre las demás, bajo una luz anaranjada, ¿quién hubiera podido prever lo que iba a pasar? Maigret, acabado el baile, no estaba solo. Un hombrecillo vestido de negro le acompañaba hasta la mesa de la pareja y era él quien pronunciaba:

—¿Señor Jehan d'Oulmont?... Sin ruido... Sin escándalo... Estoy encargado por la Sûreté belga de detenerle...

El bolso seguía allí, sobre la mesa. Maigret parecía pensar en otra cosa.

—¿Detenerme en virtud de qué?

—De una orden de extradición...

Entonces la mano de d'Oulmont alcanzó el bolso. Luego, de repente, el joven se incorporó, apuntó sobre Maigret un revólver y...

—He ahí uno que no irá al paraíso —farfulló.

Una detonación. Maigret seguía de pie, con las manos en los bolsillos. Jehan, con el revólver en la mano, se asustaba. Los bailarines huían. El habitual maremágnum...

—¿Comprende? —decía Maigret al jefe de la Sûreté de Bruselas—. Yo carecía de pruebas. ¡Sólo tenía indicios! Y le sabía tan inteligente como yo...

"Que había matado a su tío, yo era incapaz de demostrarlo. Y sin duda hubiese escapado al castigo si...

—¿Si...?

—Si no hubiese sido antiguo estudiante de Derecho y si la pena de muerte hubiese existido realmente en Bélgica... Me explico... En Francia, mató a su tío por necesidad de dinero... Sabía que allí su cabeza estaba en juego... Refugiado en Bruselas, está seguro de la extradición si el crimen llega a ser probado... ¡Y yo continúo detrás de él! Dicho de otra forma, tal vez tengo indicios o pruebas... No tiene salvación...

"O más bien sí... Una cosa puede salvarle de la guillotina, una cosa que ya salvó al asesino Danse... El que comete una nueva muerte, antes de efectuarse la extradición, será juzgado por la Justicia belga que no conoce la pena de muerte, pero que le enviará a la cárcel para el resto de sus días...

"Este es el dilema en el que he querido arrinconarle siguiéndole paso a paso. Carecía de arma. El gesto de su amante, esta noche, mientras la pareja estaba en las últimas, me ha hecho ver que habían conseguido, gracias a la complicidad de un antiguo camarada, procurarse una, que se encuentra en el bolso.

"Durante el baile, un agente ha cambiado el revólver cargado de balas por uno cargado con salvas...

"Luego el arresto...

"Jehan d'Oulmont, asustado, que se juega la cabeza, prefiere cadena perpetua en Bélgica y dispara...

"¿Comprende?"

¡Había comprendido, sí! Había comprendido que un segundo crimen salvaba la vida al asesino del anciano conde d'Oulmont. Por lo demás, la sonrisa sarcástica del joven proclamaba:

—¡Ya ve como no tendrá mi cabeza!

¡Su cabeza, no! ¡Lo que no impide que ya no pueda hacer daño!

¡Y que, por fin, Maigret tenía derecho a pensar en otra cosa!

 

Pequeña parábola de “Chindo”

Camilo José Cela

 

 

 

“Chindo” es un perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos. Es rabón y tiene la piel sin lustre, corta la alzada, flácidas las orejas. “Chindo” es un perro hospiciano y sentimental, arbitrario y cariñoso, pícaro a la fuerza, errabundo y amable, como los grises gorriones de la ciudad. “Chindo” tiene el aire, entre alegre e inconsciente, de los niños pobres, de los niños que vagan sin rumbo fijo, mirando para el suelo en busca de la peseta que alguien, seguramente, habrá perdido ya.  “Chindo”, como todas las criaturas del Señor, vive de lo que cae del cielo, que a veces es un mendrugo de pan, en ocasiones una piltrafa de carne, de cuando en cuando un olvidado resto de salchichón, y siempre, gracias a Dios, una sonrisa que sólo “Chindo” ve.  “Chindo”, con la conciencia tranquila y el mirar adolescente, es perro entendido en hombres ciegos, sabio en las artes difíciles del lazarillo, compañero leal en la desgracia y en la oscuridad, en las tinieblas y en el andar sin fin, sin objeto y con resignación.

El primer amo de “Chindo”, siendo “Chindo” un cachorro, fue un coplero barbudo y sin ojos, andariego y decidor, que se llamaba Josep, y era, según decía, del caserío de Soley Avall, en San Juan de las Abadesas y a orillas de un río Ter niño todavía. Josep, con su porte de capitán en desgracia, se pasó la vida cantando por el Ampurdán y la Cerdaña, con su voz de barítono montaraz, un romance andarín que empezaba diciendo:

 

Si t´agrada córrer mon,

algun dia, sense pressa,

emprèn la llarga travessa

de Ribes a Camprodon,

passant per Caralps i Núria,

per Nou Creus, per Ull de Ter

i Setcases, el primer

llogaret de la planúria

 

“Chindo”, al lado de Josep, conoció el mundo de las montañas y del agua que cae rodando por las peñas abajo, rugidora como el diablo preso de las zarzas y fría como la mano de las vírgenes muertas. “Chindo”, sin apartarse de su amo mendigo y trotamundos, supo del sol y de la lluvia, aprendió el canto de las alondras y del minúsculo aguzanieves, se instruyó en las artes del verso y de la orientación, y vivió feliz durante toda su juventud. Pero un día…

Como en fábulas desgraciadas, un día Josep, que era ya muy viejo, se quedó dormido y ya no se despertó más. Fue en la Font de Sant Gil, la que está sota un capelló gentil. “Chindo” aulló con el dolor de los perros sin amo ciego a quien guardar, y los montes le devolvieron su frío y desconsolado aullido. A la mañana siguiente, unos hombres se llevaron el cadáver de Josep encima de un burro manso y de color ceniza, y “Chindo”, a quien nadie miró, lloró su soledad en medio del campo, la historia -la eterna historia de los dos amigos Josep y “Chindo”- a sus espaldas y por delante, como en la mar abierta, un camino ancho y misterioso.

¿Cuánto tiempo vagó “Chindo”, el perro solitario, desde la Seo a Figueras, sin amo a quien servir, ni amigo a quien escuchar, ni ciego a quien pasar los puentes como un ángel? “Chindo”contaba el tránsito de las estaciones en el reloj de los árboles y se veía envejecer -¡once años ya!- sin que Dios le diese la compañía que buscaba. Probó a vivir entre los hombres con ojos en la cara, pero pronto adivinó que los hombres con ojos en la cara miraban de través, siniestramente, y no tenían sosiego en le mirar del alma. Probó a deambular, como un perro atorrante y sin principios, por las plazuelas y por las callejas de los pueblos grandes -de los pueblos con un registrador, dos boticarios y siete carnicerías- y al paso vio que, en los pueblos grandes, cien perros se disputaban a dentelladas el desmedrado hueso de la caridad. Probó a echarse al monte, como un bandolero de los tiempos antiguos, como un José María el Tempranillo, a pie y en forma de perro, pero el monte le acuñó en su miedo, la primera noche, y lo devolvió al caserío con los sustos pegados al espinazo, como caricias que no se olvidan. “Chindo”, con gazuza y sin consuelo, se sentó al borde del camino a esperar que la marcha del mundo lo empujase adonde quisiera, y, como estaba cansado, se quedó dormido al pie de un majuelo lleno de bolitas rojas y brillantes como si fueran de cristal. Por un sendero pintado de color azul bajaban tres niñas ciegas con la cabeza adornada con la pálida flor del peral. Una niña se llamaba María, la otra Nuria y la otra Montserrat. Como era el verano y el sol templaba el aire de respirar, las niñas ciegas vestían trajes de seda, muy endomingados, y cantaban canciones con una vocecilla amable y de cascabel. “Chindo”, en cuanto las vio venir, quiso despertarse, para decirles:

-Gentiles señoritas, ¿quieren que vaya con ustedes para enseñarles dónde hay un escalón, o dónde empieza el río, o dónde está la flor que adornará sus cabezas? Me llamo “Chindo”, estoy sin trabajo y, a cambio de mis artes, no pido más que un poco de conversación.

“Chindo” hubiera hablado como un poeta de la Edad Media. Pero “Chindo” sintió un frío repentino. Las tres niñas ciegas que bajaban por un sendero pintado de azul se fueron borrando tras una nube que cubría toda la tierra. “Chindo” ya no sintió frío. Creyó volar, como un leve milano, y oyó una voz amiga que cantaba:

 

Si t´agrada córrer mon,

algun dia, sense pressa…

 

“Chindo”, el perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos, estaba muerto al pie del majuelo de rojas y brillantes bolitas que parecían de cristal. Alguien oyó sonar por el cielo las ingenuas trompetas de los ángeles más jóvenes.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

La vieja marmita de barro

Estrella Cardona Gamio

Badosa

 

 

 

Habíase una vez una cocina, que, como todas las de su especie, mostraba un orgulloso fogón y muchos platos, cazos, vasos, una alacena y anaqueles en donde se apretujaban bastantes más cachivaches, también tenía unos armaritos a ambos lados del fregadero, y una nevera, y... Bueno, ya se sabe como es una cocina, ¿o no?

Lo que no se sabe es que en uno de esos armaritos, al fondo, al fondo, se ocultaba, y no por su deseo precisamente —ante todo hay que decir la verdad—, una vieja cazuela de barro, algo desportillada de los bordes y con un asa rota, pero eso no era lo peor pues la cazuela, en tiempos se la llamó marmita, estaba tan chamuscada por los miles de veces que la pusieron sobre el fuego mientras en ella se preparaban sopas y otras comidas, que daba reparo mirarla, pues, ¡encima!, tiznaba.

Se comprende entonces que permaneciese arrinconada al fondo del armarito, y prácticamente olvidada de todo el mundo, aunque lo extraño es el que todavía nadie se hubiera acordado de ella, escondida detrás de muchas y relucientes ollas de brillante metal y variados tamaños, cazos e incluso sartenes de esas antiadherentes. Ella se encontraba situada detrás de una cacerola muy grande, la señora Puchero, tampoco demasiado joven, ya que estaba esmaltada por dentro y por fuera, y que sólo se utilizaba ahora para hacer el caldo en llegando las Navidades.

A veces, la señora Puchero se lamentaba de haber conocido tiempos mejores plenos de actividad, cuando los niños de la familia eran pequeños y había que hacer sopa para muchos cada día; la marmita la escuchaba respetuosa —ya que una olla esmaltada, por muy pasada de moda que esté, tiene prosapia—, e intentaba recordar su lejana juventud en la cual la utilizaban tan a menudo, pero la marmita era demasiado vieja y le empezaba a fallar la memoria, además, le daba mucha vergüenza el estar así de tiznada, con los bordes desportillados y un asa rota; de esta manera, ¡no puede una alternar en sociedad, qué caramba!

Un día debieron de regresar las Navidades, porque de nuevo se sacó del armarito a la gran olla esmaltada, y quiso el azar que la mano que lo hizo, rozara sin pretenderlo a la vieja marmita de barro, y, ¡claro!, la mano se manchó de hollín y cuando el ama de casa la contempló salir del armarito toda sucia... ¡ya os podéis imaginar la que se organizó!

—¿Qué porquería hay aquí dentro metida? —exclamó el ama de casa muy enfadada, y volviendo a introducir la mano, agarró sin contemplaciones a la abochornada marmita, sacándola al exterior.

—¡Vaya una antigualla! —vociferó furiosa mientras la contemplaba bajo la luz invernal de la ventana de la cocina—. ¿Cómo es que no la tiré hace ya tiempo? ¡Menudo trasto!... ¡Claro que esto tiene fácil arreglo!

Y uniendo la acción a la palabra, abrió la ventana y la arrojó a un patio trasero abierto que daba a la calle y que era en donde se ponían los cubos de basura para que la recogiera el basurero cuando pasaba cada noche.

Como había nevado aquella misma mañana, la pobre marmita cayó sobre una blanda y espesa capa y ahí quedóse, medio atontada por el golpe y muerta de frío, pero, de lo que no se dio cuenta, porque no se podía ver a sí misma empotrada en la nieve, era del efecto tan llamativo que ofrecía con su tizne sobre la blancura de la nieve.

En esas aparecieron unos ratoncillos urbanos, tres para ser exactos, que, entre alegres chillidos, corretearon por la nieve en busca de desperdicios que comer, y descubriendo a la marmita, primero la contemplaron con asombro, después se le acercaron con curiosidad y mucha cautela, ya que los ratones no son tontos y aquello de aspecto inofensivo, podía ser una trampa.

Luego, cuando se convencieron de que no era peligrosa, aproximáronsele en fila india y uno detrás de otro asomaron la cabeza en el interior de la marmita, husmeando con interés.

—¡Es una olla! —exclamó triunfante Bigotes, que era el jefe de la expedición.

—Una olla vacía... —puntualizó desdeñoso Rabito.

Hociquin, el tercer ratoncillo y el más joven del grupo, resumió el sentir general con un desencantado:

—Si está vacía no tiene comida, y si no tiene comida...

—... no nos interesa —concluyó la frase Bigotes, que siempre quería decir la última palabra en todo.

Y se fueron por donde habían venido.

La marmita —era tan vieja, estaba tan sucia y, además, desportillada y con el asa medio rota—, que no se había atrevido a hablar porque le daba vergüenza, así pues se sintió muy triste de que incluso los ratoncillos le volviesen la espalda. Pero no tuvo tiempo ni de lamentarse en voz alta ya que de repente descubrió a un atigrado gato callejero que se le acercaba con cara de pocos amigos.

El gato se aproximó, y, como los ratones, la olió concienzudamente, para luego apartarse con un «¡marramiau!» de irritación.

—¡Mira de lo que uno se entera!, conque sirviendo de escondite a ratones, ¿eh?... ¿No sabes que aquí mando yo y a los ratones me los como?... ¿Entonces, quién te autoriza a darles refugio?

—Usted perdone, señor Gato —repuso humildemente la atribulada marmita—, le aseguro que no he dado cobijo a ningún ratón... Ellos han venido, igual que usted, y han mirado dentro a ver si yo contenía alguna comida; ha sido todo, de veras.

—¡Huuum! —gruñó el gato con aire desconfiado—, eso lo dices tú, y ¿cómo voy a fiarme de lo que me cuenta una olla?

—Pues no tengo otra cosa mejor que ofrecerle, y de todas, todas, es verdad verdadera.

El gato se empezó a lamer una pata.

—Bien mirado, en realidad me importa un comino lo que me explicas, menos que un comino me importa... Yo soy un gato muy atareado que tiene montones de cosas que hacer, así que ahí te quedas —maulló despreciativo y, dando media vuelta se alejó.

La marmita, de haber podido, hubiese llorado de rabia, pero, claro, no podía llorar, porque, ¿habéis visto alguna vez a una cazuela llorando?

Un gorrión pió desde el alero de una ventana.

—Mal sitio en donde caer —reflexionó filosófico—, claro que cualquier sitio es malo si se cae.

A la marmita no le hizo gracia el comentario.

—Yo no me he caído, me han tirado, que no es lo mismo.

—Peor que peor —sentenció el gorrión—, cuando te tiran es que ya no sirves para nada.

La marmita se quedó sin saber qué decir.

El gorrión desplegó las alas.

—Me largo al parque, que, a esta hora, cada día viene una señora a echarnos comida. Adiós.

Y se fue.

La vieja marmita se quedó sola, triste y entonces, para remate de males, empezó a llover; daba la impresión que el cielo lloraba acompañándola en su pena. Tanto y tanto llovió que la nieve se deshizo, pero ocurrió algo más: gota a gota, la lluvia lavó el hollín que tiznaba la marmita dejándola como nueva, reluciente en su color original, luego salió el sol entre las nubes y la marmita brilló igual que un ascua encendida, y, mira por donde, acertó a pasar por allí en esos momentos, el profesor de dibujo y pintura de una Academia de Bellas Artes, descubriendo con sorpresa aquel pequeño milagro: una vieja marmita de barro, de las que difícilmente se hallan hoy en día en el mercado, tirada ahí en medio en el patio-callejón de una casa de vecinos.

El profesor habló en voz alta, sabiendo perfectamente que nadie le escuchaba.

—¡Vaya, mira qué casualidad!, buscaba yo una marmita como ésta desde que se rompió el antiguo modelo que teníamos; no paro de dar vueltas por todas partes buscando otra semejante y hete aquí que me la encuentro tirada en plena calle, ¡esto sí que es buena suerte!

El profesor no se lo pensó dos veces, e inclinándose recogió del suelo a la asombrada marmita que no acababa de creer en su inesperada fortuna... Ni vosotros, ¿verdad?, pues si dudáis de mis palabra id a la Academia de Bellas Artes y allí podréis ver —muy feliz por cierto—, a la vieja marmita de barro colocada en lugar de honor sobre una rinconera, bajo la luz directa de una cálida bombilla y arropada entre los pliegues de un lienzo blanco que la hacen resaltar aún más.

¡Y, colorado-colorín, este cuento ha llegado a su fin!

El conde Drácula 

Woody Allen

 

 

 

En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo. Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas. De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.

-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa!- dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)

-¿Qué le trae por aquí tan temprano?- pregunta el panadero.

-Nuestro compromiso de cenar juntos- contesta el conde-Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?

-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.

-¿Cómo dice?- inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.-¿o es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?

-¿Eclipse?

-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.

-¿Qué dice?

-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.

-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!

-¿Qué pasa, señor conde?

-Perdóneme... debo... -Debo irme... ¡Oh, qué lío!...- y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.

-¿Ya se va? Si acaba de llegar.

-Sí, pero, creo que...

-Conde Drácula, está usted muy pálido.

-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...

-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.

-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...

-Por favor- dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.

-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.

-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.

-Sí, tiene razón, pero ahora...

-Esta noche haré pilaf de pollo- comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.

-¡Espléndido, espléndido!- dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?

-¡Ja, ja!- se ríe la mujer del panadero-. ¿Qué ocurrencias tiene, señor conde!

-Sabía que le divertiría- dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.

Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.

-¡Oh, mira, mamá- dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.

-Así es- dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!

-¿Qué persianas?- preguntó el panadero.

-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio?

-No- contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...

-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?

-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.

-¡Ay... qué ocurrencia tiene!

-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.

Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.

-¡Ja,ja...! ¡qué gracioso es, Jarslov!

-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.

Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.

-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.

-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.

-Pero créanme, me encanta este armario.

-Sí, pero...

-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, déme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la, Ramona...

En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.

-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.

-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!

-¿Está aquí el conde?- pregunta el alcalde, sorprendido.

-Sí, y nunca adivinaría dónde está- dice la mujer del panadero.

-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.

-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!

-¿Dónde está?- pregunta Katia sin saber si reír o no.

-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos!- La mujer del panadero se impacienta.

-Está en el armario- dice el panadero con cierta vergüenza.

-¿No me digas!- exclama el alcalde.

-¡Vamos!- dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.

-Salga de ahí conde Drácula- grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.

-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.

-¿En el armario?

-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.

Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.

-Qué bonito el eclipse de hoy- dice el alcalde tomando un buen trago.

-¿Verdad?- dice el panadero-. Algo increíble.

-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante!- dice una voz desde el armario.

-¿Qué Drácula?

-Nada, nada. No tiene importancia.

Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita:

-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!

Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:

-¡Se ha fastidiado mi cena!

 

Para qué sirve la corbata

Martín Blasco

 

 
 

En el colegio sacaron fotos de todos los cursos. Trajeron un fotógrafo de afuera y todo. Nos pidieron que fuéramos bien vestidos para las fotos. La maestra dice que en las fotos tenemos que salir lindos y arreglados porque son el recuerdo que nos va a quedar del colegio. Pero la verdad es que en el colegio estamos siempre sucios y desarreglados, así que no creo que esa foto nos sirva para recordar el colegio. Quizá la maestra espera que con los años, cuando seamos viejos, nos olvidemos de todo y al ver las fotos pensemos que todos los días íbamos vestidos así.

La cuestión es que a los varones nos hicieron poner corbata. Yo nunca antes me había puesto una, ¡son muy incómodas! Igual fue una buena idea, porque las fotos quedaron graciosísimas.

Al colorado, que es muy grandote, le puso la corbata la maestra y como al mismo tiempo estaba retando al gordo Aníbal, le hizo el nudo muy fuerte. Tan fuerte que el colorado se puso todo rojo. Pero a nadie le llamó la atención. Siempre está todo rojo. Pelufo, en la otra punta de la foto, tenía una corbata del hermano mayor que le llegaba hasta la rodilla. Peña tenía un moño en vez de corbata, él siempre quiere llamar la atención, y le cantábamos “el ñoño tiene moño...”, con una musiquita tipo del Caribe muy linda. La musiquita la inventó Bruno, es muy bueno para la música. Tiene mucho ritmo y con la lapicera y el pupitre hace una batería bárbara. Mamá me dijo que es porque es uruguayo y que todos los uruguayos tienen ritmo. Ella lo sabe porque antes de casarse tuvo un novio uruguayo, pero no puede hablar del tema porque papá se enoja.

Al que le quedaba increíble la corbata era al gordo Aníbal. La usaba con anteojos negros de sol y parecía un mafioso de esos de película. A la maestra sin embargo no le gustaba mucho. ¿Quién la entiende?

Pero vamos con la pregunta. Lo que todos nos preguntábamos era: ¿para qué sirve la corbata? En serio, piénsenlo.

- Para abrigar el cuello -, dijo Agustín. Pero todos estuvimos de acuerdo en que no puede ser, para eso ya está la bufanda, que es mucho mejor.

- Para usar el botón de arriba de las camisas -, dijo Pelufo. Y ahí nos preguntamos si será así o será que el botón está para poder usar la corbata. Lo que es como la pregunta de si vino primero el huevo o la gallina.

- Como adorno -, dijo Peña. Todos nos reímos: ¡si es horrible! No, como adorno no puede ser.

Por más que hablamos mucho del tema no encontramos cuál es la utilidad de la corbata. Igual fue un día divertido y la foto salió buenísima. Justo cuando el fotógrafo sacó la foto el colorado se desmayó por culpa de la corbata ajustada, y como estábamos en una grada y él estaba arriba de todo, al caerse tiró a todo el mundo.

En la foto se ve una montaña de gente una arriba de otra. Es muy graciosa, aunque la maestra se puso a llorar. Al colorado hubo que llevarlo al hospital.

 

Cuento un cuento

Laura Devetach

Imaginaria

 
 

Hace muchos años, cuando yo vivía en Reconquista, allá por el norte de Santa Fe, había llovido muchísimo.

Tanto había llovido que los caminos de tierra parecían flanes, gelatinas, cintas de sopa negra. Nosotros teníamos que ir a otro pueblo y, como los colectivos se empantanaban en los flanes, las gelatinas y las sopas negras, había que viajar en tren. Aquellos trenes comían paladas de carbón, soltaban un humo negro que hacía bellos dibujos.

Empezaban las ruedas a traquetear sobre las vías:

Chu–cu–chú chu–cuchú chu–cuchú chucuchú cuchichú chucuchú chucuchú...

Y un silbido largo acompañaba al humo que se desflecaba como una cabellera

PFUIIiiii PFUiiii...

Primero era bonito, novedoso, vertiginoso. Pero después... Venían largas paradas misteriosas. El tren se detenía en medio del campo, como si obedeciera al capricho de algún Dios. Las vacas se cansaban de mirarnos y el guarda contestaba "¿Quién sabe?" a cualquier pregunta que se le hiciera.

Después de un montón de tiempo el frío era más frío y empezaba a faltar el agua y la comida. Y eso que siempre llevábamos una caja de zapatos con pollo, pan y manzanas. O milanesas y dulce de membrillo. Pero había que convidar y éramos muchas personas.

Los grandes comentaban sobre el estado de los caminos, la creciente del Paraná y si habría o no cosecha de algodón. Después rezongaban, qué barbaridad, el gobierno.Después se iban quedando callados. Y a mí empezaba a darme sueño, tristeza y una rabia...

De pronto el tren caminaba de nuevo. La gente se miraba sonriendo, acomodándose, menos mal. Y yo escuchaba el lenguaje de las ruedas. A veces decían:

Che–qué–chica che–qué–chica chequechica chequechica chequechi...

Otras veces decían:

Cinco pesos poca plata cinco pesos poca plata cincopesos pocaplata cincopesos pocapla...

Pero un día espantoso y embarradísimo las ruedas no dijeron nada a pesar de ir rodando, la lluvia entraba por las ventanillas y yo pensaba que nunca más iba a salir el sol.

Entonces, una viejita de pañoleta que venía con una canasta me dijo, como leyéndome el pensamiento:

—¿Sabes lo que dice el tren hoy? Dice:

Tres–pre–gun–tas tres–pre–gun–tas tres–pre–gun–tas...

A ver, a ver, preguntemos tres preguntas de ésas que no se preguntan nunca. Y yo:

—¿Los perros quieren decir que no, cuando mueven la cola?

Y ella:

—¿Quién habrá inventado el agujero del mate?

Y yo:

—Cuando los trenes silban, ¿quién les contesta?

Entre las dos hicimos más de tres preguntas. Después escuchamos de nuevo las ruedas del tren, y decían:

Cuento un cuento cuentouncuento cuentoun...

También decían:

Mecontaron y te cuento mecontaronytecuento mecontarony...

Y ella me contó más de un cuento y yo le conté los cuentos que sabía. Y salió el sol.

Por suerte conocí muchas viejas preguntonas, muchos trenes, hice viajes, y resultó bonito eso de escuchar, y a veces callar, sólo callar, para que las voces de algunas cosas llegaran.

Ahora, como mi vieja de pañoleta, cuando viajo, escucho qué cosas dicen las ruedas, la gente. Y si se da la ocasión:

Cuentouncuento, cuentouncuento, cuentoun...

 

Matar a un niño

Stig Dagerman

La Máquina del Tiempo

 
 

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

 

 

Mi reloj

Mark Twain

La Máquina del Tiempo

 

 

Mi excelente reloj anduvo como un reloj por espacio de un año y medio. No adelantaba ni atrasaba; no se detenía. Su máquina era el arquetipo de la exactitud. Llegué a juzgar que mi reloj era infalible en sus juicios acerca del tiempo. Se adueñó de mí la convicción de que la estructura anatómica de mi reloj era imperecedera. Pero no sospeché que algún día -o más bien, una noche- lo iba a dejar caer. El accidente me afligió y lo consideré un presagio de males mayores. Poco a poco logré serenarme y sobreponerme a mis presentimientos supersticiosos. No obstante, para mayor seguridad llevé? mi reloj a la casa más acreditada en el ramo, con la intención de que lo revisara un especialista de indiscutida pericia. El jefe de¡ establecimiento examinó minuciosamente el reloj y declaró:
-Atrasa cuatro minutos. Hay que mover el regulador.
Quise detener el impulso de aquel individuo y hacerle comprender que mi reloj no atrasaba. Fue inútil. Agoté todos los argumentos lógicos, pero el relojero insistía en que mi reloj atrasaba cuatro minutos y que, por consiguiente, se debía mover el regulador. Me agité angustiosamente, supliqué clemencia, imploré para que no se atormentase a esa máquina fiel y precisa. Pero el verdugo consumó &la e imperturbablemente su acto infame.
Tal como era previsible, el reloj empezó a adelantar. Cada día corría más. Pasó una semana y el apuro de mi reloj anunciaba una locura febril. inequívoca. El andar de la máquina se aceleró hasta alcanzar ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Y así pasaron otra semana, y otra, y otra. Pasaron dos meses y mi reloj dejó atrás a los mejores relojes de la ciudad. Dejó atrás las fechas del almanaque y tenla un adelanto de trece días. Siguió transcurriendo el tiempo, pero el de mi reloj siempre transcurría con mayor rapidez, hasta alcanzar una celeridad vertiginosa. Aún no daba octubre su último adiós para despedirse y ya mi reloj estaba a mediados de noviembre, disfrutando de los atractivos de las primeras nevadas. Pagué anticipadamente el alquiler de la casa; pagué los vencimientos que no habían llegado a su fecha; hice mil desembolsos por el estilo, al punto de que la situación llegó a presentar caracteres alarmantes. Fue indispensable recurrir nuevamente al relojero.
Este individuo me preguntó si ya se habla hecho alguna compostura al reloj. Respondí que no, como era verdad, pues jamás habla requerido intervención alguna. El relojero me miró con júbilo perverso y abrió la tapa de la máquina. De inmediato colocó delante de uno de sus ojos no sé qué instrumento diabólico de madera negra y examinó el interior de¡ excelente mecanismo.
-Resulta indispensable limpiar y aceitar la máquina -dijo el experto- La arreglaremos después. Vuelva dentro de ocho días.
Mi reloj fue aceitado y limpiado; fue arreglado.
A consecuencia de ello comenzó a marchar con lentitud, como una campana que suena a intervalos largos y regulares. No acudí a las citas, perdí trenes, me retrasé en los pagos. El reloj me decía que faltaban tres días para un vencimiento, y el documento era protestado. Llegué gradualmente a vivir en el día anterior al real, luego en la antevíspera, más tarde con una semana de atraso y finalmente en la quincena que precedía a la fecha respectiva.
Era el mío el caso de un descuidado, de un solitario que se había aislado de quienes llevaban. existencia normal, de cuya sociedad me iba distanciando poco a poco hasta quedar instalado en una zona remota del tiempo. Empecé a sentirme identificado con la momia del museo y a menudo me aproximaba a ella para comentar los últimos acontecimientos. Volví a poner mis esperanzas en la intervención de un relojero.
Este individuo desarmó la máquina puso las partes constitutivas ante mi vista y acabó por explicarme que el cilindro estaba hinchado. Pidió tres días para reducir aquel órgano fundamental a sus dimensiones normales. Una vez reparado, el reloj comenzó a indicar la hora media, pero se obstinó en no proporcionarme indicación más precisa. Al aplicar el oído creí percibir en el interior de la máquina ruidos semejantes a ronquidos y ladridos, a resoplidos y estornudos. Mis pensamientos se extraviaron de su cauce normal. ¿Qué reloj era ése que me perturbaba a tal punto? Al mediodía se superaba la crisis. Por la mañana había sobrepasado a todos los relojes del barrio: por la tarde se adormecía o divagaba en ensueños quiméricos, y todos los relojes lo dejaban atrás. Al cabo de las veinticuatro horas diarias de la revolución que sigue nuestro Maneta, un juez imparcial hubiera dicho que mi reloj se mantenía dentro de los justos límites de la verdad. Pero el tiempo medio en un reloj es como la virtud a medias en una persona. Yo acompañaba a mi reloj y me resultaban insoportables sus alteraciones cotidianas. Decidí acudir a otro relojero.
El nuevo experto dictaminó que estaba roto el espigón de escape del áncora. ¿Eso era todo? :Exterioricé la infinita alegría que rebozaba de mi corazón. Debo reconocer en esta nota confidencial que, yo no sabía en absoluto qué era el espigón de escape del áncora; pero me contuve para no dejar la impresión de ignorancia ante un extraño. Se hizo la compostura. Mi desdichado reloj perdió por un lado lo que ganó por el otro. En efecto, partía al galope y se detenía súbitamente; volvía a iniciar la carrera y se paraba de nuevo, sin que le importara, esa regularidad de movimientos que constituye la principal cualidad de un reloj respetable. Siempre que daba uno de aquellos saltos percibía en el bolsillo una vibración tan intensa como si un fusil hubiese reculado al dispararse. En vano hice poner un forro de algodón en el chaleco. Era necesario adoptar medidas mucho más heroicas para aminorar efecto tan explosivo. Recurrí a otro relojero.
Este último apeló a su lente, desmontó el reloj y tomó las piezas con la pinza, como hablan hecho sus colegas. Después de la obligada pericia me informó:
-Habrá dificultades con el regulador.
Devolvió el regulador a su sitio y procedió a limpiar toda la máquina. El reloj marchaba perfectamente bien. Sólo había un detalle intrascendente, que alteraba su comportamiento: cada diez minutos, invariablemente, las agujas se adherían como las hojas de una tijera y mostraban la más decidida Intención de seguir juntas. ¿Qué filósofo, por inmensa que fuese su sabiduría, podía enterarse de la hora con un reloj de tal especie? Fue indispensable remediar los contratiempos de un estado tan desastroso.
-El cristal -me indicó la persona caracterizada por sus méritos a quien acudí en busca de auxilio-, es el cristal y nada más que el cristal. Allí está la causa de lo que Ud. atribuye a las agujas. Si éstas no pueden girar libremente, se traban. Además hay que reparar algunas rueditas... en realidad, casi todas.
El relojero demostró considerable tino, y desde entonces la máquina comenzó a funcionar con toda regularidad. ¡Dios bendiga al relojero! Pero debo' señalar un hecho muy singular: después de llevar cinco o seis horas el reloj en el bolsillo de mi chaleco, advierto inesperadamente que las agujas giran en forma vertiginosa, al punto de que ya no puedo identificarlas con exactitud. Sobre el cuadrante, sólo se veta algo así como una sutil telaraña en movimiento. En apenas seis o siete minutos el reloj cumplió la tarea que en sus congéneres normales requiere veinticuatro horas.
Con el corazón deshecho, acudí a otro experto. Mientras el relojero examinaba el mecanismo, por mi parte me dediqué a examinar al relojero. Mi atención no le iba en zaga a la suya. Al terminar la pericia, me dispuse a someterlo a un severo interrogatorio, pues no se trataba de una cuestión negligible. El reloj me costó doscientos dólares cuando lo obtuve en el establecimiento en que me lo vendieron, y ya llevaba gastados en reparaciones la suma de tres mil adicionales. Sin embargo, una circunstancia modificó mis propósitos. En aquel relojero acababa de reconocer a un viejo conocido, a uno de los miserables con los que me habla encontrado en el camino de mi calvario. No habla duda: ese individuo era más diestro en clavar remaches a una locomotora de tercera mano que en componer un reloj. El bandido procedió a su examen, tal como he dicho, y pronunció su veredicto con la certidumbre propia de los miembros del gremio:
-De esta máquina podría decirse que produce mucho vapor. Hay que dejar abierta la válvula de seguridad.
-Así que la válvula de seguridad! Eres un inútil.
Le apliqué tal golpe en la cabeza que el delincuente murió en el acto. No pude contenerme. En consecuencia debí pagar los gastos de sepelio,
Cuánta razón tenía mi tío William -que Dios lo tenga en su gloria- cuando decía que un caballo es bueno hasta que adquiere su primera maña y que un reloj deja de servir en el mismo momento en que los relojeros le hacen la primera compostura.
   Me preguntabas, querido tío, qué oficio adoptan los zapateros, herreros, armeros, mecánicos y plomeros que fracasan en su elección inicial. ¿Sabes qué oficio adoptan, querido tío? Pregúntaselo a mis tres mil dólares gastados en hacer inservible un excelente reloj.

 

La máquina maniática 

Ruth Rocha

Imaginaria

 

 

Había una vez un sabio, el profesor Estefanio. ¿Saben qué es un sabio? Pues es una persona que sabe muchas cosas. Y las que no sabe, las inventa. Nuestro sabio, el profesor Estefanio, sabía mil cosas. Y las que no sabía, las inventaba. Porque Estefanio, además de sabio, era inventor. El profesor Estefanio tenía un sobrino: Pepito. A Pepito le gustaba visitar el laboratorio del tío. ¿Saben ustedes qué es un laboratorio? Pues un laboratorio es el lugar donde el sabio inventa sus inventos. Pepito iba siempre a curiosear al laboratorio del tío Estefanio. Y era muy amigo de Liborio, el ayudante del sabio. Un día, cuando Pepito llegó al laboratorio, le abrió la puerta Liborio.

-¡Hola, Pepito! Hoy el profesor está muy ocupado. Está trabajando en un proyecto muy importante.

-¿Puedo curiosear un poquito, Liborio?

-Sí que puedes, Pepito. Pero no hagas ruido. No distraigas a tu tío.

El profesor estaba armando una máquina enorme.

-Buen día, tío. ¿Para qué sirve esa máquina?

-Es una máquina HACE-DE-TODO. Pero quédate quietito. El tío está trabajando.

-Pero, ¿hace-de-todo de verdad?