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Antonio García Megía es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras, Doctor en Filología Hispánica |
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| LA DESCRIPCIÓN |
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Acceder a conjunto de actividades y juegos interactivos sobre la descripción
Describir es explicar, de forma detallada y ordenada, cómo son las personas, los lugares o los objetos Para describir correctamente:
Para describir dentro de un contexto: Situar los objetos en el espacio con precisión. Usar, para ello, expresiones como: a la derecha de…; junto a…; al fondo de…; detrás de…; en el centro de…; alrededor de...
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Según el punto de vista recibe distintos nombres:
Procedimiento para describir a una persona No centrase sólo en el aspecto físico, se debe intentar reflejar también su forma de ser y de actuar, sus sentimientos, sus costumbres su personalidad…
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ASPECTO FÍSICO
ROSTRO Y PERSONALIDAD FORMA GENERAL DEL ROSTRO
Diversos estudios ponen de manifiesto que ante una situación favorable la forma del organismo se dilata; mientras que ante circunstancias adversas se retrae o repliega sobre sí mismo. Esta forma de reaccionar se refleja fielmente en el semblante y permite establecer a grandes rasgos dos categorías físicas asociadas a otros tantos caracteres: el rostro ancho y el rostro estrecho.
LAS ZONAS DEL ROSTRO Las distintas zonas del rostro son reveladoras. Se pueden establecer tres niveles:
De esta forma, la zona más desarrollada del semblante aporta pistas sobre la tendencia psicológica de cada persona.
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Modelos de tabla que pueden ayudar a preparar el retrato de los personajes que tengamos que introducir en nuestros textos.
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OJOS |
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| Descripción | Comparación - Metáfora | Efecto - Personalidad |
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Ojos azules, grandes, saltones y brillantes. |
Canicas de color de cielo |
Hacen temblar cuando miran |
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SONRISA |
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| Descripción | Comparación - Metáfora | Efecto - Personalidad |
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Amplia. Enseña unos dientes blancos y relucientes. |
Relámpago de espuma |
Invita al acercamiento y la confidencia |
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POR QUÉ MATÓ EL ZAPATERO Eduardo Caballero Calderón
Tenía Aquilino la cara apelmazada, redonda y amarilla como una mogolla. Los ojos negros y vivos se le perdían entre los grandes párpados y las orejas mofletudas de hombre que padece de los riñones. Tenía el rostro lampiño. Apenas se le chorreaba una sombra de bigote enteco a lado y lado de la boca, que era grande, de dientes desportillados y amarillos... Metáforas y comparaciones...
Dª. ROSITA Juan Valera
Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo: ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral, y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría a menudo, dejaba ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes e iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos oscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores. Tenía Rosita la frente recta y pequeña, como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas larguísimas se doblaban hacia fuera formando arcos graciosos. Un clásico...
EL SOMBRERO DE TRES PICOS Pedro Antonio de Alarcón
El tío Lucas era más feo que Picio. Lo había sido toda su vida, y ya tenía cerca de cuarenta años. Sin embargo, pocos hombres tan simpáticos y agradables habrá echado Dios al mundo. Lucas era en aquel entonces de pequeña estatura, un poco cargado de espaldas, muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo y picado de viruelas. En cambio, su boca era regular y su dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto como empezaba a penetrarse dentro de él aparecían sus perfecciones, y estas perfecciones principiaban por los dientes. Luego venía la voz, vibrante, elástica, atractiva. Llegaba después lo que aquella voz decía: todo oportuno, discreto, ingenioso, persuasivo. Pedro Antonio de Alarcón. El sombrero de tres picos Lo más clásico...
MOMO Michael Ende
En verdad, el aspecto externo de Momo era un poco extraño y tal vez podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años o ya doce. Tenía el pelo muy ensortijado, negro como la pez, y parecía no haberse enfrentado nunca a un peine o unas tijeras. Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Retrato físico...
LA MARÍA Jorge Isaac
María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza en dos o tres veces que, a su pesar, se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron solo un instante el arco simétrico de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera castaño oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual solo se descubría parte del corpiño y de la falda, pues un pañolón de algodón fino color púrpura le ocultaba el seno hasta la base de su garganta, de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos, deliciosamente torneados, y sus manos, cuidadas como las de una reina. Prosopografía retrato físico...
Las páginas de Chateaubriand iban lentamente dando tintas a la imaginación de María. Ella, tan cristiana y tan llena de fe, se regocijaba al encontrar bellezas por ella presentidas en el culto católico. Su alma tomaba de la paleta que yo le ofrecía los más preciosos colores para hermosearlo todo, y el fuego poético, don del cielo que hace admirables a los hombres que lo posees y diviniza a las mujeres que a su pesar lo revelan, daba a su semblante encantos desconocidos para mí hasta entonces en el rostro humano. Los pensamientos del poeta, acogidos en el alma de aquella mujer, tan seductora en medio de su inocencia, volvían a mí como eco de una armonía lejana y conocida, cuyas notas apaga la distancia y se pierden en la soledad. Etopeya: los rasgos del carácter...
Braulio era un mocetón de mi edad. Hacía dos meses que había venido de la provincia a acompañar a su tío, y estaba locamente enamorado, de tiempo atrás, de su prima Tránsito. La fisonomía del sobrino tenía toda la nobleza que hacía interesante la del anciano; pero lo más notable en ella era una linda boca, sin bozo aún, cuya energía varonil de las otras facciones. Manso de carácter, apuesto e infatigable en el trabajo, era un tesoro para José y el más adecuado marido para tránsito Prosopografía más etopeya...
CARMEN Prósper Merimée
Para que una mujer sea bella, dicen los españoles, es preciso que reúna treinta cualidades, o si se quiere, que se la pueda definir por medio de diez adjetivos, aplicables cada uno a tres partes de su persona. Por ejemplo, debe tener tres cosas negras: ojos, cejas y pestañas; tres finas: dedos, labios, cabellos (...) Su piel perfecta y mate se aproximaba al color del cobre. Sus ojos eran rasgados, pero admirablemente hondos, sus labios un poco anchos, pero bien dibujados, dejaban ver unos dientes más blancos que las almendras peladas. Sus cabellos, tal vez un poco bastos, eran negros, con reflejos azules, como ala de cuervo, largos y brillantes. Para no fatigaros con una descripción demasiado prolija, os diré, en resumen, que cada uno de sus defectos reunía una cualidad que resaltaba tal vez más por el fuerte contraste. Era una belleza extraña y salvaje. Una figura que sorprendía primero, pero que resultaba inolvidable. Sus ojos, sobre todo, tenían una expresión a la vez voluptuosa y descarada que no he encontrado después en ninguna mirada humana. La belleza salvaje...
Mujeres enamoradas D. H. Lawrence
Era Hermione Roddice, una amiga de los Crich. Ahora se aproximaba con la cabeza alta, equilibrando un enorme sombrero plano de terciopelo amarillo pálido donde aparecían rayas de plumas de avestruz, naturales y grises. Se adelantó como si fuera apenas consciente, levantado su largo rostro blanqueado, para no ver el mundo. Era rica, llevaba un traje de terciopelo sedoso y frágil, color amarillo pálido, y de ella pendían muchos pequeños ciclámenes de color rosa. Sus zapatos y medias eran de un gris amarronado, como las plumas de su sombrero; su cabello era pesado, y ella se movía hacia adelante con una peculiar fijeza de las caderas, un extraño movimiento involuntario. Era impresionante en su encantador amarillo pálido y rosa amarronado, pero al mismo tiempo macabra, algo repulsiva. Las gentes estaban silenciosas cuando ella pasaba, impresionadas, deseando lanzar vivas, pero por alguna razón silenciadas. Su rostro, largo y pálido, que llevaba algo levantado, al estilo de Rossetti, parecía casi drogado, como si una extraña masa de pensamientos se enroscasen dentro de ella en la oscuridad y nunca le permitiesen escapar. El respeto/miedo...
Birkin era tan delgado como el señor Crich, pálido y de aspecto enfermizo. Su cuerpo era estrecho pero bien formado. Caminaba con una ligera desviación de un pie, que provenía exclusivamente del azoramiento. Aunque estaba vestido correctamente para su papel, había una incongruencia innata que provocaba un leve matiz de ridículo en su aspecto. Su naturaleza era lúcida y separada, no pegaba para nada en la ocasión convencional. Sin embargo, él se plegaba a la idea común, disfrazándose. Aparentaba ser persona común, perfecta y maravillosamente normal. Y lo hacía tan bien, adoptando el tono de sus ambientes, ajustándose tan rápidamente a su interlocutor y a su circunstancia, que lograba una verosimilitud de normalidad común que habitualmente ponía de su parte a los espectadores y les desarmaba, evitando que atacasen su singularidad. El disimulo...
El Capitán Alatriste Arturo y Carlota Pérez-Reverte
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedíes en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, a las tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí. Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros. El capitán Alatriste, por lo tanto, vivía de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era más un apodo que un grado efectivo. […] Todavía me parece ver a Diego Alatriste flaco y sin afeitar, parado en el umbral con el portón de madera negra claveteada cerrándose a su espalda. Recuerdo perfectamente su parpadeo ante la claridad cegadora de la calle, con aquel espeso bigote que le ocultaba el labio superior, su delgada silueta envuelta en la capa, y el sombrero de ala ancha bajo cuya sombra entornaba los ojos claros, deslumbrados, que parecieron sonreír al divisarme sentado en un poyete de la plaza. Había algo singular en la mirada del capitán: por una parte era muy clara y muy fría, glauca como el agua de los charcos en las mañanas de invierno. Por otra, podía quebrarse de pronto en una sonrisa cálida y acogedora, como un golpe de calor fundiendo una placa de hielo, mientras el rostro permanecía serio, inexpresivo o grave. Poseía, aparte de ésa, otra sonrisa más inquietante que reservaba para los momentos de peligro o de tristeza: una mueca bajo el mostacho que torcía éste ligeramente hacia la comisura izquierda y siempre resultaba amenazadora como una estocada –que solía venir acto seguido–, o fúnebre como un presagio cuando acudía al hilo de varias botellas de vino, de esas que el capitán solía despachar a solas en sus días de silencio. Azumbre y medio sin respirar, y aquel gesto para secarse el mostacho con el dorso de la mano, la mirada perdida en la pared de enfrente. Botellas para matar a los fantasmas, solía decir él, aunque nunca lograba matarlos del todo. En varios tiempos...
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Ver Teoría de la Narración
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Se ha dicho que la principal virtud de un escritor es saber mirar. Donde otros no ven nada, un escritor puede encontrar todo un mundo que contar. Para contar hay que saber observar y saber observar es ser capaz de ver más allá. La forma más habitual de contar una historia es por escrito. También se puede hacer de forma oral, con fotografías, dibujos… En todo caso, antes de iniciar un trabajo narrativo, es necesario realizar una tarea previa de preparación. Cuanto más tiempo y esfuerzo se dedique a ello, tanto más sencillo y espectacular será el producto final resultante. El contador de historias debe saber mirar y… ser paciente. Antes de que una idea cristalice en cuento, libro, película o cómic, transcurre mucho tiempo. Es una carrera de lago recorrido que no se termina fácilmente y, al menos, exige superar las siguientes etapas antes de ser mostrada al público: preparación y documentación, realización y corrección.
Fase preparatoria:
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ESCALETA de TRAMA - Subtrama: Discusión entre Luís y María |
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Momento/secuencia |
Personajes |
Lugar |
Tiempo |
Hecho |
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La llegada |
Luis María Juan |
Entrada del instituto |
Temprano. Antes de abrir las puertas de acceso |
Se saludan. Luis es muy frío con María |
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El detonante |
Luis y María |
En clase |
Durante el examen de Matemáticas |
Luis pregunta a María una solución. María no contesta. Luis insiste y el profesor lo expulsa. |
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La discusión |
Los mismos |
En clase |
Después del examen |
Luis culpa a María de lo ocurrido: si le hubiese contestado, él no habría insistido y el profesor no le habría expulsado |
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ESCALETA de PERSONAJES - María |
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Físico |
Carácter |
Intereses |
Historia |
Formas |
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Quince años Rubia Pelo largo y lacio Ojos verdes Boca grande Alta y delgada. Viste a la moda |
Estudiosa Callada Responsable Ordenada Ayuda siempre que puede |
Quiere ser médico Le gusta la música Le encanta leer |
Padres separados Salió con Juan. Rompieron porque le robaba tiempo para sus estudios, pero nunca lo dijo a nadie. No le gustan las maneras de Luis. |
Habla despacio. No grita nunca. No dice tacos Pide siempre las cosas por favor
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