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El perro durmiente

Variaciones sobre el cuento de la bella

 

 

Antonio Jesús Pérez Sáez

13 años - IES Azcona - Almería

 

 

Había una vez en un país lejano, un castillo casino enorme de un color rosa cursi, diseñado y levantado por los mejores constructores de Albacete, con detalles de oro macizo situado en una isla perdida del Mediterráneo. Allí vivía una pareja formada por Don Quijote, con unos años de más, y su esposa Barbie, con cabeza de Bratz, los cuales tenían un perro.

Don Quijote estaba tan ilusionado con su perro, que era de raza, que organizó una gran fiesta, pero se olvidaron de “La Vieja del ático”, que guardó un rencor enorme a la pareja, jurando, por su madre, que se vengaría en cuanto tuviese la menor oportunidad.

Y llegó el día en el que el perro ya mordía con saña. Y bajó “La Vieja del ático” a cumplir su venganza, dando un buen garrotazo al perro. Luego, lo metió en un saco y lo llevó hasta el borde de un barranco cercano, donde lo arrojó. Después bajó hasta donde se encontraba el perro, hecho una alcachofa, aunque todavía vivo, y le cortó el pelo al “cero” con una maquinilla especial que impedía que volviera a crecer el pelo nunca jamás.

Pasados varios telediarios. El perro ya se encontraba curado de sus heridas, pero seguía sin salirle el pelo por ninguna parte de su cuerpo. A sus dueños se les ocurrió acudir al hombre que orinaba más de lo que bebía, el doctor House.

El doctor no sabía como solucionar este caso tan extraordinario, así que investigó, e investigó, durante varios días con sus noches, hasta que descubrió lo que verdaderamente estaba pasando, ¡el perro estaba estresado!.

Para solucionar este problema le dio un puro y tres bonolotos y, el perro, más feliz que Papa Noel en primavera, se curó a los pocos días.

A la semana siguiente, cuando se efectuó el sorteo, la bonoloto regalada por House, fue premiada con tropecientos millones de euros. Por eso, el perro, tras comprarse un fantástico, lujoso y grandísimo yate, fue a recoger a una perrita monísima propiedad del doctor House, que, por cierto estaba dándose cabezazos por las paredes y gritando: “¡Quién narices me mandaría darle el boleto al chucho pelón!”

Antonio Pérez Sáez

 

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