El predicador dominico, P. José Merino,
gustaba de ejemplos y cuentos en sus sermones y pláticas, para grabar mejor
en el público sus enseñanzas doctrinales. Me recordaban siempre, cuando le
oía, al Señor y sus predicaciones evangélicas en sus admirables parábolas.
Este cuento-parábola, que voy a dar a
conocer inmediatamente, se lo oí a mi venerado Padre Maestro Merino en
septiembre de 1950, en los ejercicios que nos dio en el noviciado del
convento dominicano de San Pablo de Palencia, como preparación para la toma
de hábito, que iba a tener lugar el día 24 de ese mes.
Blas y Antonio, dos amigos desde niños.
Ahora son dos mozalbetes de 18 y 19 años respectivamente. Los dos trabajan
fuerte durante la semana, pero los sábados por la tarde y todo el domingo lo
tienen de descanso para sus ocupaciones particulares y sus excursiones o
paseos largos en común y en gozosa amistad. Blas es del barrio Chanverí de
Madrid, es perito electricista y trabaja en una tienda de aparatos
eléctricos de su barrio; Antonio es del madrileño Lavapiés, es buen
matemático y trabaja de contable en una sucursal del Banco de Santander.
Se han puesto de acuerdo el domingo
anterior. El próximo sábado iremos andando a la sierra. A las cuatro,
después de comer y reposar un poco, salimos; debemos prepararnos bien para
la montaña.
Es el 23 de marzo; un día un tanto
nublado. No creo que llueva, piensa Blas. Me pondré una botas con buenas
plantas anchas de goma; me agarró así mejor a las rocas y, si acaso llueve,
me defenderé mejor de la humedad. Antonio razonó de otra manera: quizás no
llueva, pero debo ser previsor; la subida es un tanto dura; me pondré mis
botas camperas de fuertes suelas y tachuelas; siempre me han dado buen
resultado.
Así salieron para la montaña Blas el
perito electricista y Antonio el consumado contable, cada uno con su mochila
para merendar juntos y conversar como amigos contemplando la naturaleza
desde la cumbre del monte.
-Tenemos un día un tanto ambiguo, comenta
Blas.
-¿Lloverá? ¿O tendremos sol en la cresta
que pensamos escalar? Pregunta Antonio.
-Veo que vienes con buenas botas de
fuertes clavos; yo he optado por anchas gomas en las bases.
- He pensado que así me defiendo mejor;
con mis botas de suela y de tachuelas he caminado siempre seguro.
- En la cumbre comentaremos el resultado.
La tarde se fue haciendo cada vez más
negra según ascendían al monte. Casi en la cumbre comenzaron los fuertes
truenos. El cielo se cargaba de aparato eléctrico y algunos rayos comenzaban
a causar espanto. Estamos casi en la cima. Debemos seguir hasta el final y
cobijarnos en el refugio. No hay alternativa posible.
Blas, el electricista, iba muy jubiloso,
mientras Antonio comenzaba a vacilar y a ponerse serio.
-Ya estamos, amigo. Ahora al refugio. No
ha pasado nada. Seguía comentando el electricista.
- Estaba preocupado, dijo Antonio, el
amigo contable. Aún no me he recuperado del gran susto.
- La naturaleza estaba cargadísima de
electricidad y Blas abraza a Antonio y le gasta una broma propia de su
oficio. Le toca a Antonio en la nariz propinándole una descarga eléctrica,
un impresionante calambre. Antonio aparta de una sacudida la cabeza,
mientras dice:
-¿Qué tienes en la mano?
-Dirás ¿qué tengo en los pies? Tú
presumías de tus botas de clavos, y por las suelas húmedas y los clavos se
iba toda la electricidad que te comunicaban las negras nubes tormentosas. Yo
en cambio con mis botas de anchas gomas me he ido llenando de la
electricidad que nos enviaba a los dos por igual la naturaleza.
Todos los sábados y domingos nos
permitimos alguna meditación en la naturaleza o en las cuestiones sociales
del tiempo. La electricidad que nos enviaba el tormentoso cielo es un
símbolo de la gracia salvadora que de continuo nos envía Dios, nuestro Padre
Generoso. Para aprovechar esa gracia y que no resbale sin efectos positivos
sobre el alma, es necesario aislarse bien de las aficiones bajas y
terrenales. Con una conciencia sana y orientada hacia el Salvador, la gracia
se queda dentro de nosotros y crece sin cesar en nuestra alma.