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La madre de Sara

Francisca

del Águila Vallejo

13 años

I.E.S Azcona - Almería

 

 

Su papá murió cuando ella tenía dos años, ahora casi ni recuerda su cara. Su madre, que estaba medio chiflada, se echaba novios que le pegaban a ella y a su hija. Sus hermanos, que ya eran grandes, se fueron a otra ciudad muy lejos de allí, así que ella estaba sola. Sara, era guapa, simpática y risueña, y vivía en un pequeño pueblecito con su madre y su novio, un hombre llamado Jordi muy amable, que venía de una ciudad lejana.

Todo parecía ir bien. Su mamá estaba más a gusto, y ella ya tenía un poco más de compañía para comprender las locuras que hacía su mamá. Un día, llegando Sara del colegio, vio a su mamá y a Jordi que discutían. ¿Por qué sería esta vez? Ella no lo comprendía. Todo parecía estar bien por la mañana, cuando salió para ir al colegio. Pero Jordi cogió las maletas con su ropa y sus cosas y se marchó. La dejó de nuevo sola.

–¡Para uno que nos trató bien...!- pensó Sara mientras le caían unas lágrimas de sus azules ojos.

Otra vez sería la criada de mamá, dejaría de ir al colegio y tendría que estar todo el día en casa, colocando la ropa y lavando los platos. Sara, a sus diez años, leía un poco lento. Mamá tendría que volver al médico para que le recetaran esas pastillas que la hacían dormir, pero la dejaban todo el día atontada.

Al poco tiempo, mamá conoció a otro hombre. Sara pensó que podría vivir como vivía con Jordi, pero no fue así. Este amigo siempre venía borracho y las maltrataba a las dos sin piedad. Sara no iba al colegio porque el nuevo novio y mamá estaban toda la noche discutiendo y debía arreglar los destrozos de la casa mientras ellos dormían plácidamente...

Hasta que un buen día… Se levantaron y se marcharon como de costumbre. Sara hacía la comida, que tomaba ella sola, y arreglaba toda la casa mientras esperaba impaciente que llegara la hora de los dibujos de la tele para ser una niña un poco normal. Cuando terminaban los dibujos... ¡Ya estaban ahí! ¡Otra vez discutiendo y tirando todo por medio!

Sara, ese día, se hartó. Le dijo a su madre que no iba a permitir que todos los días fuera así, que ella quería ir al colegio y que volviera Jordi. ¡Él era el único que la quería y lo había echado de su casa!

El nuevo novio de su madre se puso furioso y le pegó. Ella gritó que lo odiaba y que quería que volviera Jordi.

Ahora fue su madre quien le dio una bofetada. Sara cogió sus cosas y se marchó. Lo más triste fue que nadie le pidió que se quedara. Su madre se sentó a ver la tele mientras Sara se iba. Sólo le dijo que le fuera bien.

Sara se marchó llorando sin saber a donde ir. Llegó a la parada del autobús y esperó ahí sentada, pero era muy tarde, era de noche y el autobús no pasaría hasta la mañana siguiente. Tuvo que quedarse allí a dormir. Por la mañana tomó el autobús rumbo a la ciudad.

En una comisaría de policía explicó su caso. La llevaron a un centro de menores. Después de varios interrogatorios, localizaron a la madre y le contaron que estaba allí, pero contestó que no quería saber nada más de ella.

Sara estaba muy triste, más triste que nunca. Saber que su madre prefería a un mal hombre antes que a ella le hacía estar derrumbada. Sara se acostumbró a vivir sola en un orfanato hasta que la mandaron a un hogar con un tutor y más niños, que como ella, no tenían a nadie que quisiera hacerse cargo de ellos.

Fue creciendo y se hizo una mujer fuerte. No sabía nada de su madre, pero, cuando estaba a punto de cumplir los dieciocho años, su madre la localizó para avisarla que tenía cáncer y estaba a punto de morir. No tuvo miedo, ni pensó en el daño que le había hecho de pequeña. Sólo pensó que podía ser la última vez que vería a su madre con vida.

Se armó de valor y fue a compartir con ella los últimos días de su vida. Su madre le pidió perdón por todo lo que había hecho. Ella le aseguró que estaba todo olvidado y sólo se acordaría de lo bueno que habían vivido. Su madre le dijo que estaba feliz porque se había hecho una buena mujer y a su lado no lo hubiera sido. Ella le despidió, le dio un beso y murió en sus brazos.

Francisca del Águila Vallejo

 

 

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Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

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