FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN |
|
|
LAS CASAS CONTRA LA GUERRA (III) Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P. |
|
|
Contactar con Webmaster
Contactar con Ramón Hernández |
10. Causas injustas de la guerra Francisco de Vitoria había rechazado como causa justa de la guerra el aumentar las riquezas, extender los propios territorios o dominios, adquirir mayor ascendiente o prestigio ante las naciones, como no lo es tampoco el ser de distinta raza o religión. Bartolomé de Las Casas en esta materia, como en tantas otras, es de igual pensamiento que Vitoria. Recrimina a los que fundan la soberanía de España sobre América en la fuerza de las armas o en otras supuestas condiciones de superioridad por parte de los españoles. Lo expresa el Defensor de los Indios en los siguientes términos en su Tratado comprobatorio del imperio soberano…: “Lo segundo que espero conseguir es que se manifiesten los errores de los que tan temerariamente afirmar osan que el derecho y el principado de los reyes de Castilla sobre aquellas Indias se funde o haya de fundar en armas y en poder más, entrando en ellas como entró y fundó el suyo Nemrot, que fue el primer cazador y opresor de hombres (como cuenta la Escritura Sagrada), y como lo fundaron aquel gran Alejandro, y los romanos, e todos los que fueron tiranos famosos, e como hoy el turco invade e fatiga y oprime la cristiandad… “Otros hay que asignan otros más honestos títulos, aunque merecedores de no mucho menor repulsa o reprehensión y aun escarnio, como los que dicen que, porque somos más prudentes, o porque estamos más cercanos, o porque los indios tales y tales vicios tienen los podemos sojuzgar, e otros semejantes, con que totalmente derruecan lo que piensan levantar”[1]. Ni para Francisco de Vitoria ni para Bartolomé de Las Casas la razón y la justicia está nunca en la fuerza, y mucho menos en la violencia de las armas y la guerra. El nominalista Juan Mair pasa hoy día como el primero en plantearse el problema moral de la ocupación de Las Indias por España. Él la considera como buena moralmente, y la justifica por dos razones: el retraso de los naturales, que está pidiendo un poder superior que los civilice, y la evangelización, que parece postular para su eficacia el sometimiento a la jurisdicción del país evangelizador. Las Casas en la Apología se ocupa extensamente en desbancar los argumentos de Juan Mair[2], de modo parecido a como lo hace con los de su contrincante más directo, Juan Ginés de Sepúlveda. En el opúsculo Tratado comprobatorio del imperio soberano considera muy atrevida la postura de Juan Mair, que no logra probar lo que dice y se las da de adivino y no tienen empacho en saltar por encima de la realidad y de todos cuantos han presenciado directamente los acontecimientos. En una confrontación de pareceres son éstos últimos los que han de gozar de mayor crédito: “Parece –escribe- que Joannes de Maioris no advirtió bien la sentencia que puso [Pedro Lombardo] en el segundo libro de Las Sentencias, distición 44, cuestión 3, cuando dijo que si entre los indíos no fuese real la policía, conviene a saber, que la no rigiesen reyes, sino por vía política, que por muchos o por pocos por elección del pueblo fuese regida, el que descubriese aquellos reinos podría él tomar el reino para sí (quiso decir ser señor dellos inmediato); pero, si tienen rey natural e quisiere ser cristiano, que no sabe cómo nadie les puede quitar el reino. “Éstas son sus palabras, harto gruesa e indigestamente tractando de materia tan delgada y no menos peligrosa, como mostramos en nuestra Apología. Por lo cual los varones doctos y temerosos de Dios deben mucho mirar en negocios peligrosos no se contentar por dicho de un solo doctor, que ni prueba lo que dice ni según debiera digirió lo que determinó, hablando muy de lejos, como quien presume atinar o adivinar, teniendo las reglas del derecho natural y del Evangelio e doctrina de otros doctos varones y de más autoridad en contrario”[3]. 11. Las guerras de los españoles contra los indios fueron todas injustas Bartolomé de Las Casas no tiene pelos en la lengua y da el apelativo de tiranos a todos los conquistadores, aun a aquellos que han sido mejor tratados por la historia tradicional, como Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Hernando de Soto. Con respecto a Cristóbal Colón, a pesar de sus elogios, nos recuerda también sus crueldades, y lanza sobre la culpa originaria del terrible mal de la encomienda. Y no es el P. Las Casas un historiador ligero, con más imaginación que documentos, o que amañan caprisomente éstos, para sin dificultad a flote una utópica tesis indiófila y antihispana. Al contar los hechos nos da a conocer sus pruebas: unas cosas las ha visto él mismo, y las expone igualmente en varias de sus obras; otras cosas las toma de testigos presenciales (misioneros, o laicos de buena conciencia o arrepentidos), dando incluso en ocasiones sus nombres. Entre los tratados impresos en Sevilla en 1552 figura una carta incompleta, en la que se narran las aventuras y crueldades de un capitán, uno de tantos tiranos insaciable, que tiene como timbre de gloria el ser más inhumano y carnicero que todos los anteriores. Escribe la carta un testigo de esas atrocidades, que cita nombres y número e incluso las palabras de sadismo, que salían de aquel monstruo de fiereza. Recojamos las últimas frases de esa carta-alegato, con que el Defensor de los Indios desea ofrecer al príncipe Felipe testificaciones directas de los hechos. Después de la narración de mil atrocidades cometidas por el citado capitán, y vistas por el autor de esta carta, sigue la carta diciendo: “Bien es aquí referir una palabra que éste [el capitan] de sí mismo dijo, como aquel que no ignoraba los males y crueldad dellos que hacía.Dijo así: de aquí a cincuenta años los que pasaren por aquí y oyeren estas cosas dirán: por aquí anduvo el tirano de Fulano”[4]. Con respecto a la actual Colombia o Nueva Granada expone sus quejas en la Brevísima relación de destrucción de Las Indias, basado en los testigos. Habla de “aquellos tiranos y destruidores del género humano”, que amenazan con dejar toda aquella tierra “yerma y despoblada”. Y añade, poniendo delante el testimonio de sus propios ojos: “Débese aquí notar la cruel y pestilencial tiranía de aquellos infelices tiranos, cuán recia y vehemente e diabólica ha sido, que en obra de dos años o tres que ha aquel reino se descubrió, que (según todos los que en él han estado y los testigos de la dicha probanza dicen) estaba elmás poblado de gente que podía ser tierra en el mundo, lo hayan todo muerto y despoblado tan sin piedad y temor de Dios y del rey, que digan que, si en breve Su Majestad no estorba aquellas infernales obras, no quedará hombre vivo alguno. Y así lo creo yo, porque muchas y grandes tierras en aquellas partes he visto por mis mismos ojos, que en breves días las han destruido y del todo despoblado”[5]. Este juicio general, que desde el principio del decubrimiento fue esa la actitud de los cristianos, avarientos de oro y faltos de humanidad para los naturales, lo repite muchas veces Las Casas, atenuando, sin embargo, sus recriminaciones por lo que se refiere a los doce primeros años. La reina Isabel la Católica miró con celo por el buen trato de sus vasallos del Nuevo Mundo. A su muerte quedaron los pobres indios privados de su mejor amparo, y los abusos de los españoles se desencadenaron sobre aquellos seres indefensos y de natural apacible. Con las siguientes palabras salva la memoria, dentro de sus terribles denuncias, de aquella gran reina de España: “Es de notar que la perdición destas islas e tierras se comenzaron a perder y destruir desde que allá se supo la muerte de la serenísima reina doña Isabel, que el año de mil e quinientos e cuatro, porque hasta entonces sólo en esta isla [de La Española] se habían destruido algunas provincias por guerras injustas, pero no del todo, y éstas por la mayor parte y cuasi todas se le encubrieron a la Reina. Porque la Reina, que haya santa gloria, tenía grandísimo cuidado e admirable celo a la salvación y prosperidad de aquellas gentes, como lo sabemos los que lo vimos y palpamos con nuestros ojos e manos los ejemplos desto” [6]. En la narración de la provincia de México, después de exponer las atrocidades de Hernán Cortés y de sus capitanes, habla de los pretextos, que buscaban los españoles, para justificar sus guerras de conquista. Desde 1513 el rey de España había exigid la proclamación del famoso Requerimiento antes de entrar en los poblados de los indios. Era el Requerimiento un escrito que se leía en alta voz en el que se daba a conocer a los naturales el dominio universal de Jesucristo y de su Vicario el Papa sobre toda la tierra; y cómo el Papa había hecho donación de aquellas tierras a los reyes de España, para su evangelización. Se conmina a los indios a aceptar la nueva soberanía dentro de un espacio de tiempo prudencial. Si no lo aceptaban pacíficamente, serían sometidos por la fuerza. La inutilidad e injusticia de ese documento y ese método, para entrar en contacto con los indios, la expone repetidamente Francisco de Vitoria, al hablar de los títulos ilegítimos de conquista. Y no sólo los teorizantes del derecho internacional, sino los mismos historiadores critican ese mérito como inútil e irrisorio. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de Las Indias, poco después de transcribir el documento y de exponer los primeros fracasos del mismo, cuenta lo siguiente: “Yo pregunté después, el año de mil e quinientos e diez y seis, al doctor Palacios Rubios, porque él había ordenado el Requerimiento, si quedaba satisfecha la conciencia de los cristianos con aquel Requerimiento. E díjome que sí, si se hiciese como el Requerimiento lo dice. “Mas parésceme que se reía muchas veces, cuando yo le contaba lo desta jornada [la expedición de Pedrarias Dávila] y otras, que algunos capitanes después habían hecho. Y mucho más me pudiera yo reír dél y de sus letras (que estaba reputado por gran varón, y por tal tenía lugar en el Consejo Real de Castilla), si pensaba que lo que dice aquel Requerimiento lo habían de entender los indios, sin discurso de años e tiempo”[7]. También el Defensor de los Indios ataca con fuerza el requerimiento por injusto en su sustancia y en todas sus partes. Aunque fuesen súbditos y tuviesen obligación de oírlo y cumplirlo, a lo que aquí no hay lugar, carecería de todo valor ese documento. Ese es su pensamiento casi con sus mismas palabras[8]. A Francisco Pizarro lo trata muy mal Bartolomé de Las Casas. Le llama “tirano grande”, que entró en el imperio inca, asolando los pueblos a su paso y robándoles el oro. En el encuentro con Atahualpa deja bien destacado Las Casas estos considerandos: la codicia insaciable de oro; la potencia de las armas, particularmente los caballos, que horrorizaban con su figura, y vertiginosos y devastadores movimientos a los débiles indios; los alevosos embustes y la inmoralidad desenfrenada de los soldados en sus relaciones con los naturales. Todo ello frente al desvalimiento en protección y en armas, y frente a la crédula ingenuidad e inocente sencillez de los indios. Esto le hace argüir a Las Casas que la guerra contra Atahualpa fue por todos sus costados injustísima. Ya comienza la narración con estas significativas palabras: “en el año de mill e quinientos e trinta y uno fue otro tirano grande con cierta gente a los reinos del Perú”[9]. Con gran emoción nos describe la digna presencia del emperador inca ante Pizarro y cómo protesta con toda razón contra los saqueos y matanzas con que van asolando sus dominios los hispanos; la prisión, la muerte plenamente injusta, pues no guardaron la promesa de liberarlo, si les concedía el oro estipulado. Y termina con suma indignación Las Casas: “considérese aquí la justicia e título desta guerra; la prisión deste señor e la sentencia y ejecución de su muerte, y conciencia con que tienen aquellos tiranos tan grandes tesoros como en aquellos a aquel rey tan grande e a otros infinitos señores e particulares robaron”[10]. Se esfuerza Bartolomé de Las Casas en ver algún motivo de guerra justa por parte de los españoles, y no lo encuentra: los reyes de España nunca la autorizaron, y la hicieron por su cuenta y riesgo los capitanes y tiranos. Éstos por su lado nunca tuvieron causa alguna que las justificara. Es más, ni buscaron algún justo motivo, ni les interesó buscarlo, pues solo les obsesionaba el enriquecerse a sí mismos, sin importarles las quejas, ni la vida siquiera, de los naturales. El protector de los indios anatematiza una por una las posibles causas justas que motivaron aquellos atropellos y no encuentra una sola que pueda mantenerse en pie. Demuéstralo él apodícticamente con la inquebrantable fuerza de su pluma, propia, no de un visionario sin fundamento, sino de un profeta que es al mismo tiempo un gran teólogo y un gran jurista. Éstas son sus palabras: “Nunca jamás hobo causa ni razón justa para hacella [la guerra], ni tampoco hobo autoridad del príncipe, y éstas son dos razones que justifican cualquiera guerra, conviene a saber: causa justa y autoridad del príncipe. “Que no haya habido causa justa paresce, porque, vistas todas las causas que justifican las guerras, ni todas ni algunas dellas se hallará que en esta guerra ocurran. Porque ni por las injurias que los indios les hobiesen hecho, ni porque les persiguiesen, impugnasen, ni inquietasen (porque nunca los vieron ni conocieron)…; ni porque detuviesen nuestras tierras que en otro tiempo hubiesen sido de cristianos…; ni tampoco porque sean hostes propios o enemigos capitales de nuestra santa fe que la persiguiesen y trabajasen cuanto en sí era destruilla, o por abiertas persecuciones o por ocultas persuasiones, dando dádivas y dones, o por cualquiera manera forcejeando que los cristianos les renegasen con intención de encumbrar la suya, como quiera que, en teniendo noticia della, con grande jubilación aquellas gentes indianas la recebían”[11]. Ante un convencimiento semejante ¿qué extraño es que él, como pastor de almas, como obispo, se comportara con tanta exigencia con los conquistadores y encomenderos? En sus Avisos y reglas para confesores no pudo pasar por alto esas acciones tan graves cometidas contra los indios. Estos pecados son, para Bartolomé de Las Casas, de aquellos que la Biblia dice que “claman al cielo”. El confesor no los puede pasar por alto ligeramente, pues, para que se perdonen es necesario que se restituya cuanto por esos medios se ha conseguido. El conquisador que “en el artículo de la muerte” quisiera confesarse, debe declarar ante el confesor y un escribano público, entre otras cosas, lo siguiente: “que se halló en tal o en tales conquistas o guerras contra los indios, y que hizo e ayudó a hacer robos, violencias, daños, muertes y captividades de indios, destruiciones de muchos pueblos y lugares que en ellas y por ellas se hicieron”[12]. 12. Efectos: la esclavitud y la encomienda El efecto inmediato de tan desastrosas guerras era la conquista u ocupación violenta de aquellos extensísimos territorios pertenecientes a los indios, con el sometimiento por la fuerza a su autoriadad de todos sus habitantes. Era la puesta en práctica de lo expresado en el citado requerimiento: si los naturales no aceptaban pacífica y voluntariamente el vasallaje a los reyes de España, ellos lo conseguirían por las armas. Sin tiempo para decidir con libertad, no fiándose de sus palabras por las crueldades que cometían por donde entraban, el enfrentamiento era casi inevitable. Pudiera decirse que era el sistema preferido por aquellos tiranos, que tenían de este modo una excusa para desencadenar su furor y usar de los indios y de sus bienes como les dictaba su codicia avarienta de riquezas. El otro gran mal temible era la esclavitud a que reducían a los indios vencidos, o engañados en su debilidad y en su inocencia. Contra todo derecho natural, divino y humano, lejos del poder supremo que examinara sus actos, los conquistadores imponían sin la menor conmiseración la esclavitud. Los indios eran considerados como vasallos por los reyes de España, y no cabía en ellos, a tenor de las leyes vigentes, la posibilidad en justicia de ese trato tan inhumano. La oposición o protesta de los naturales era con facilidad considerada como un “alzamiento” o una actitud de rebeldía y desobediencia contra la corona o sus representantes, y nunca una sublevación de los súbditos en la metrópoli, o en los otros dominios europeos, era castigada hasta ese ignominioso y bestial extremo de la esclavitud. El mal de los males fue siempre para Bartolomé de Las Casas el repartimiento de los indios, que hacían los conquistadores, después de someter a los naturales con sus armas. Teniéndolos bajo su plena jurisdicción, como cedidos por donación real a la particular disposición de conquistadores y colonizadores, los abusos sin nombre ni número se sucedían indefinidamente en cantidad y en intensidad, sin la menor vigilancia ni preocupación de los representantes reales. Todo esto lo denuncia sin parar el Defensor de los Indios en sus escritos. Y siguen las fatales consecuencias de los repartimientos: el trabajo en las minas, o en las pesquerías de perlas, sin apenas descanso, pésima alimentación, sin contacto con sus mujeres e hijos. ¿Puede haber una esclavitud mayor? Y, para excusar algo sus conciencias, alegan como motivo de la encomienda una mejor evangelización. Ironiza, entre anatemas, Bartolomé de Las Casas esa excusa diciendo: y se ponía como condición de la encomienda “que los enseñasen en las cosas de la fe católica, siendo comunmente todos ellos [los encomenderos] idiotas y hombres crueles, avarientos y viciosos, haciéndoles curas de almas”[13]. 13. Colofón: eficacia de la obra de Las Casas La lucha de Bartolomé de Las Casas a favor de los indios americanos no fue inútil. Las altas autoridades fueron abriendo los ojos ante sus luminosas declaraciones y sus propuestas de remedio. Las llamadas Leyes Nuevas u Ordenazas de 1542 reducen al mínimo las encomiendas y regulan los descubrimientos para que desaparezcan las guerras de conquista. Este triunfo quedó de momento apenas sólo en el papel, y por ello nuestro héroe continuará la lucha para que se haga cuanto antes realidad, como en efecto fue haciéndose hacia el final de sus días. Para coronar su obra quiso Bartolomé de Las casas extender su doctrina pacifista a todos los pueblos de la tierra. Entre 1563 y 1566, muy poco antes de la muerte (Las Casas muere en 1566) compone su obra Sobre la imperial o regia potestad[14]. La cuestión que trata de resolver en ella es ésta: ¿tiene derecho el rey a enajenar parte de su reino o de sus súbditos? La respuesta es negativa, porque, como dice repetidamente, el rey no es propietario, sino sólo administrador. Es rey porque el pueblo ha confiado en él el gobierno de la sociedad, y para las cosas importantes debe consultar siempre al pueblo, que es en absoluto el que tiene el poder. Se da en esta obra una defensa de los derechos humanos. Entre esos derechos hay uno que destaca por encima de todos: el derecho a la libertad en sus múltiples manifestaciones. Sólo en la paz, con la exclusión de toda guerra, puede el hombre usar debidamente de su libertad para lograr su perfección como hombre y como miembro de la sociedad[15]. [1] B. de Las Casas, Tratados… II, México – B. Aires, 1965, págs. 921-923. [2] J. G. de Sepúlveda-B. de Las Casas, Apología. Traducción castellana… por A. Losada, Madrid, 1975, págs. 363-375. [3] B. de Las Casas, Tratados… II, México-B. Aires, 1965, pág. 1053. [4] B. de Las Casas, Tratados… I, México-B. Aires, 1965, Aquí se contiene un pedazo de carta, pág. 201. [5] B. de Las Casas, Tratados…, I…, pág. 187 [6] Ib., págs. 39-41. [7] G. Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de Las Indias. III. Edición y estudio preliminar de J. Pérez de Tudela Bueso, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles (BAE), Madrid, 1959, lib. 10 de la Segunda Parte, o 29 de toda la obra, cap. 7, pág. 230b. [8] B. de Las Casas, Historia de Las Indias…III, México-B. Aires 1951, lib. III, cap. 58, pág. 31; cf. B. de Las Casas, Tratados… I, México-B.Aires, 1965, Brevísima relación de la destrucción de Las Indias…,, pág. 77. Juan Ginés de Sepúlveda, en su disputa con Bartolomé de Las Casas, veía la necesidad de la admonición, antes de recurrir a la fuerza; pero señalaba al mismo tiempo la dificultad de esa admonición. Las Casas le respondió tajante: si no hay posibilidad para la admonición, eso quiere decir que tampoco puede haberlo para la guerra; hay que cerrar a ésta todas las puertas. [9] B. de Las Casas, Tratados…, I, México-B. Aires, 1965, Brevísima relación de la destrucción de Las Indias…, p.161. [10] Ib., pág. 165. [11] B. de Las Casas, Tratados… I, México-B. Aires, 1965, Este es un tratado… sobre la materia de indios que se han hecho esclavos…, pág. 507. [12] B. de las Casas, Tratados… II, México-B. Aires, 1965, pág. 859. [13] B. de Las Casas, Tratados… I, México-B. Aires, 1965, Brevísima relación de la destrucción de Las Indias…, pág. 39. [14] B. de Las Casas, De regia potestate, o Derecho de Autodeterminación .Edición crítica por L. Pereña…, “Corpus Hispanorum de Pace, Madrid 1969. [15] Para un elenco de los derechos humanos en B. de Las Casas cf. R. Hernández, Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas, primeros teorizantes de los derechos humanos, en “Archivo Dominicano” 3 (1982), págs. 258-260. |
CURIOSIDAD ESTADÍSTICA
Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado un total de
páginas en las diferentes secciones de esta WEB