FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN |
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LAS CASAS CONTRA LA GUERRA (II) Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P. |
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6. ¿Hubo guerras justas de los indios entre sí? En su lucha por la libertad de los indios y por la desaparición de la esclavitud, Bartolomé de Las Casas hubo de enfrentarse con la siguiente objeción: muchos de los esclavos indios de los españoles lo habían sido ya antes de otros indios; no eran, por consiguiente, los españoles los responsables de esa esclavitud. Responde el obispo de Chiapa que el fenómeno de la esclavitud apenas era practicado entre los indios americanos. Fuera de México, cuyos habitantes eran más astutos que los de las otras regiones, se daban pocos casos de esclavitud. Es más, sus esclavos no lo eran en sentido propio, como lo practicarían los españoles, sino en el sentido de “servidor o persona que tiene algún más cuidado o alguna más obligación de ayudarme o servirme en algunas cosas de que yo tengo necesidad. “Por manera que indio ser esclavo de indio era poco menos que ser su hijo, porque tenía casa y su hogar y su peculio y hacienda, e su mujer e sus hijos y gozar de su libertad como los otros súbditos libres sus vecinos, si no era cuando el señor había menester hacer su casa o labrar su sementera, o otras cosas semejantes que se hacían a sus tiempos, muchas de cuando en cuando, y todo el demás tiempo tenía por sí y dél gozaban para sí, como personas libres. Allende de aquello, el tratamiento que los señores hacían a los tales siervos era blandísimo e suavísimo, como si nada les debieran”[1]. ¿Con qué titulos hacían unos indios esclavos o servidores a otros indios? Las Casas advierte que los naturales de México emplearon “muchas maneras ilícitas de hacer esclavos, comoquiera que careciesen del conocimiento del verdadero Dios y de la noticia de la ley evangélica, que no consiente ni permite cosa ilícita y maculada con pecado. “Una manera injusta fue que en tiempo de hambre (y déstas pocas hemos visto en aquellas tierras, por ser fertilísimas y felicísimas) los indios ricos o que tenían maíz (que es el trigo de aquella tierra) diz que llamaban y persuadían a los pobres a que les vendiesen tal hijo o tal hija y que les darían maíz, para que comiesen ellos e sus hijos… “Otra manera de hacer esclavos fue que aquel que era hallado haber hurtado cinco mazorcas o espigas de maíz, le hacía esclavo, de su propia autoridad, aquel cuyo era el maíz. Y dicen que los religiosos, que esto han examinado, que con fraude y cautela y dolo muchas veces ponían diez o doce mazorcas de maíz cerca del camino, para que cualquiera que pasase por él cayese en el lazo de la dicha servidumbre”[2]. Más causas de la esclavitud: consanguineidad con el ladrón, perder en los juegos de pelota de los indios, la fornicación en sus diversas variedades, las deudas que no se podían pagar. Todas estas formas de hacer esclavos son consideradas injustas por el Defensor de los Indios; él las disculpa por su desconocimiento del Evangelio. La esclavitud practicada por los españoles es condenada con los más duros anatemas, pues era una esclavitud estricta o máximamente degradante, y los españoles conocían al verdadero Dios. A pesar de las testificaciones de Bartolomé de Las Casas en torno a la bondad y a la justicia de los indios, no ha tenido reparo en ofrecernos también esos vicios, que él excusa porque no conocían el Evangelio. Esto le hace suponer que muchas de las guerras que se hacían los unos contra los otros eran injustas. Lo explica diciendo que “así como eran corruptos y defectuosos en estas maneras injustas de hacer a sus prójimos esclavos, también se debe presumir que erraban y se corrompían en la justicia de las guerras o por consiguiente que los esclavos que en ellas hacían podían más fácilmente ser illícitos o no carecer de injusticia”[3]. Siendo injustamente esclavos, los españoles no pueden en justicia conservarlos como tales, y mucho menos reducirlos a una esclavitud tan sustancialmente diversa e incomparablemente más cruel que la practicada por los indios[4]. Las Casas parece suponer la posibilidad de que algunos indios no fueran esclavos de los otros de manera injusta, aunque fueran pocos. Escribe en efecto: “la mayor parte de los indios, habidos de los indios por esclavos, haber injustamente y contra la ley natural y divina hechos esclavos…, si algunos había legítimos esclavos, ser muy pocos…”[5]. Pero ni aún en estos casos podrían justificarse los españoles, cuando tomaban para sí como esclavos a esos esclavos indios, o porque eran dudosamente esclavos o porque se los apropiaban a la fuerza, o porque los reducían a una esclavitud desconocida hasta entonces por los indios. Otras veces los españoles inducían a los indios a que les trajeran esclavos[6]. ¿Habría habido entre unos pueblos indios y otros algunas guerras justas? Las Casas lo da como probable, pero aun en ese caso no hay motivo para que los españoles se sirvan de los esclavos, que han sido reducidos a esa condición por esas supuestas guerras justas entre los naturales. Esto -escribe nuestro autor- “creo que se debe tener y afirmar en lo que toca a los indios que se captivaron en las guerras que entre sí mismos los indios tuvieron en tiempo de su infidelidad y los tenían por esclavos. La razón se puede asignar no una, sino muchas. La primera es porque no se sabe ni puede averiguarse si eran habidos de la parte que la guerra era justa, y es razón que los cristianos antes presumamos ser de la parte no justa”...[7] 7. La justicia de la guerra de los indios contra los españoles. Los indios pudieron sin duda haber tenido entre sí alguna guerra injusta, pero en sus enfrentamientos con los españoles la justicia siempre estuvo por parte de los indios. Ellos se encontraban pacíficamente en posesión de su tierra y de sus pueblos; la irrupción de los españoles con ánimo de someterlos produjo en ellos la reacción justa de la propia defensa. Los pueblos han sido incorporados a la corona de España, pero lo han sido como vasallos libres del rey, como los que viven en la metrópoli. No pueden, por consiguiente, ser enajenados o entregados a otros por los reyes de España, viéndose relegados a la condición de siervos o esclavos. Esto es injusto y justifica todo levantamiento de protesta, como una exigencia del derecho natural, que tiene todo hombre y toda sociedad a defenderse contra los agresores. Bartolomé de Las Casas es, entre otras muchas cosas, un eminente jurista. Por su celo apostólico, por su ardor en la defensa de los postergados y también por sus vastísimos conocimientos del derecho, ejerció de modo insuperable su misión de protector y defensor de los indios. Aduzcamos un ejemplo de su fuerza argumentativa en pro de la doctrina que hemos enunciado: “así como es interese grande de los príncipes no perder sus vasallos ni que se les disminuya ni menoscaben los provechos y servicios que en ellos tienen, así es grande y mucho mayor el interese que los subditos pretenden en no ser enajenados ni dados a inferior alguno… “Y ésta es la causa porque justamente los pueblos suelen tener por agravio y dura servidumbre y gran perjuicio, y ponen resistencia a ser privados del inmediato señorío e jurisdicción real y sometidos a otros inferiores; lo cual todas las leyes justas y sentencia de todos los sabios doctores, sin discrepar alguno, juzgan y tienen por duro y ser imposible hacerse. “Y por las leyes destos reinos de Castilla está ordenado y establecido que el rey no pueda hacer donación ni enajenar ciudades, villas, ni lugares, ni fortalezas, ni aldeas, términos ni jurisdicciones de la corona real. Entre otras condiciones pone ésta, conviene a saber: sin que sean llamados procuradores de seis ciudades de la provincia donde la donación se hobiere de hacer… “E finalmente, ésta es la regla: que el príncipe no puede hacer cosa en que venga perjuicio a los pueblos, sin que los pueblos den su consentimiento, como vemos que Vuestra Majestad, por su rectitud e justicia, siguiendo las pisadas de los Reyes Católicos, sus progenitores, hace cada día, convocando Cortes y mandando venir procuradores”[8]… Los levantamientos de los indios son todos ellos justificados por Las Casas. Las atrocidades cometidas por los españoles provocaban la reacción inmediata de pretender vengar tan graves injurias. Entre los múltiples casos recogidos por el obispo de Chiapa, recordemos éste que él cuenta en la Brevísima relación de la destrucción de Las Indias: “El tercer reino y señorío fue la Magüana, tierra también admirable, sanísima y fertilísima, donde agora se hace el mejor azúcar de aquella isla. El rey dél se llamó Caonobó. Éste en esfuerzo y estado, y gravedad y cerimonias de su servicio, excedió a todos los otros. “A éste prendieron con una gran sutileza y maldad, estando seguro en su casa. Metiéronlo después en un navío para traello a Castila, y estando en el puerto seis navíos para se partir, quiso Dios mostrar ser aquélla con las otras grande iniquidad e injusticia, y envió aquella noche una tormenta que hundió todos los navíos y ahogó todos los cristianos que en ellos estaban, donde murió el dicho Caonobó cargado de cadenas y grillos. “Tenía este señor tres o cuatro hermanos muy varoniles y esforzados como él. Vista la prisión tan injusta de su hermano y señor, y las destruiciones y matanzas que los cristianos en los otros reinos hacían, especialmente desde que supieron que su hermano era muerto, pusiéronse en armas para ir a cometer y vengarse de los cristianos. Van los cristianos a ellos con ciertos de caballo (que es la más perniciosa arma que puede ser para entre los indios) y hacen tantos estragos y matanzas que asolaron y despoblaron la mitad de todo aquel reino”[9]. Hay momentos en que la afirmación de Las Casas es tajante: las guerras de los indios contra los españoles fueron todas justísimas, y las de los españoles contra los indios fueron todas ellas injustas. Esto para él es claro, porque fueron los españoles los que irrumpieron en las tierras de los indios, y porque esto lo hicieron con suma crueldad, sin percatarse de los derechos de los naturales, sin atender a sus razonables quejas, y saltando por encima de los más elementales derechos de toda persona. Con toda su fuerza y en los términos más diáfanos y contundentes lo expresa en el siguiente párrafo: “Sólo quiero en lo de las guerras susodichas concluir con decir e afirmar en Dios y en mi conciencia que tengo por cierto que, para hacer todas las injusticias y maldades dichas, e las otras que dejo e podría decir, no dieron más causa los indios ni tuvieron más culpa que podrían dar o tener un convento de buenos e concertados religiosos para roballos e matallos, y, los que de la muerte quedasen vivos, ponerlos en perpetuo cautiverio e servidumbre de esclavos. “Y más afirmo, que hasta que todas las muchedumbres de gentes de aquella isla fueron muertas e asoladas, que pueda yo creer e conjeturar, no cometieron contra los cristianos un solo pecado mortal, que fuese punible por hombres; y los que solamente son reservados a Dios, como son los deseos de venganza, odio y rencor, que podían tener aquellas gentes contra tan capitales enemigos, como les fueron los cristianos, éstos creo que cayeron en muy pocas personas de los indios, y eran poco más impetuosos y rigurosos, por la mucha experiencia que dellos tengo, que de niños e muchachos de diez o doce años. “Y sé por cierta e infalible sciencia que los indios tuvieron siempre justísima guerra contra los cristianos, e los cristianos una ni ninguna nunca tuvieron justa contra los indios, antes fueron todas diabólicas e injustísimas, e mucho más que de ningún tirano se puede decir del mundo. E lo mismo afirmo de cuantas han hecho en todas Las Indias”[10]. 8. La guerra, solución desesperada para los indios Los indios, al experimentar la fuerza bélica de los españoles, con sus armas de hierro y fuego, con los caballos que sembraban el pánico entre los naturales y con los perros de presa, incontenibles en su bravura y destrozos, no tenían más remedio que rendirse y ponerse a disposición de los invasores. Pero esta solución resultaba calamitosa para ellos, al quedar reducidos a la condición de esclavos, sometidos a los más duros trabajos y a las humillaciones y castigos más desconsiderados de sus amos. Otra solución era la huida, con el peligro como castigo, de un trato todavía más cruel, cuando eran encontrados. Muchas veces colocaban trampas en los sitios estratégicos, que impidieran la entrada de los españoles, y otras se entregaban a la desesperada, enfrentándose directamente mediante la guerra. Todo ello era justo por parte de los indios, que se sabían perdidos en cualquiera de las soluciones, aunque fueran las más pacíficas, con aquellos guerreros que venían armados, amenazantes, en plan de conquistar las tierras de los indios y apoderarse de sus tesoros. Veamos las circunstancias en que los indios se decidían a “morir en la guerra”, sabiéndose siempre perdidos. Habla Bartolomé de Las Casas de la conducta del conquistador Pedro de Alvarado en Guatemala: “Otro día llama al señor principal e otros muchos señores, e venidos como mansas ovejas, préndelos todos e dice que le den tanta carga de oro. Responden que no lo tienen, porque aquella no es de oro. Mándalos luego quemar vivos, sin otra culpa, no otro proceso ni sentencia. Desque vinieron los señores de todas aquellas provincias que habían quemado aquellos señor y señores supremos, no más de porque no daban oro, huyeron todos de sus pueblos, metiéndose en los montes. “Desque los indios vieron que con tanta humildad, ofertas, paciencia y sufrimiento no podían quebrantar ni ablandar corazones tan inhumanos e bestiales, e que tan sin apariencia ni dolor de corazón, e tan contra ella los hacían pedazos; viendo que así como así habían de morir, acordaron de convocarse e juntarse todos y morir en la guerra, vengándose como pudiesen de tan crueles e infernales enemigos, puesto que bien sabían que siendo no sólo tan inermes, pero desnudos, a pie y flacos, contra gente tan feroz, a caballo e tan armada, no podían prevalecer, sino al cabo ser destruidos”[11]. ¡Cuántas veces los pobres indios gustarían vengar la afrenta! No era mala esa venganza, o ese deseo de veganza, en la mente de Las Casas. Se trataba de una defensa justa, o del deseo de que se cumpliera la justicia; sería el adecuado castigo por una gravísima injuria, y un escarmiento, para invitar a los contrarios a no proseguir en el camino de la violencia y del terror. Las condiciones de inferioridad y desamparo, en que se encontraban los indígenas, hacían inútiles sus levantamientos y sus venganzas, pero muchas veces era su único posible refugio. 9. La matanza de los misioneros por los indios también fue justa En esas venganzas de los indios, los indefensos misioneros eran para ellos los puntos más fácilmente vulnerables de la raza invasora. En los misioneros saciaban a veces los indios sus derechos de venganza, o porque los creían más o menos cómplices de los conquistadores, o porque esperaban amainar las furias de éstos con semejantes martirios. Bartolomé de Las Casas consideraba las matanzas de los misioneros por los indios como justas, aunque ellos, por ser inocentes, padecían injustamente esa pena; la recompensa la recibirían de Dios los por su causa martirizados. Así juzga la muerte por los naturales de dos religiosos dominicos: “Otra vez, acordando los frailes de santo Domingo, nuestra Orden, de ir a predicar e convertir aquellas gentes que carecían de remedio e lumbre de doctrina para salvar sus ánimas, como lo están hoy Las Indias, enviaron un religioso Presentado en Teología, de gran virtud e santidad, con un fraile lego su compañero, para que viese la tierra e tratase la gente e buscase lugar apto para hacer monasterios. Llegados los religiosos, recibiéronlos los indios como ángeles del cielo y óyenlos con gran afecto y atención e alegría… “Acaesció venir por allí un navío, después de ido el que allí los dejó; y los españoles dél, usando de su infernal costumbre, traen por engaño, sin saberlo los religiosos, al señor de aquella tierra, que se llamaba don Alonso, o que los frailes le habían puesto este nombre… Así que engañan al dicho don Alonso, para que entrase en el navío con su mujer e otras ciertas personas, y que les harían allí fiesta… “Entrados los indios en el navío, alzan las velas los traidores e viénense a la isla Española y véndenlos por esclavos. Toda la tierra, como ven su señor y señora llevados, vienen a los frailes e quiérenlos matar. Los frailes, viendo tan gran maldad, queríanse morir de angustia, y es de creer que dieran antes sus vidas que fuera tal injusticia hecha, especialmente porque era poner impedimento a que nunca aquellas ánimas pudiesen oír ni creer la palabra de Dios… “Y así los indios tomaron venganza dellos justamente matándolos, aunque inocentes, porque estimaron que ellos habían sido causa de aquella traición…”[12] [1] B. de Las Casas, Tratados…, I. México-Buenos Aires, 1965, Este es un tratado… sobre la materia de indios que se han hecho esclavos…, pág. 537. [2] Ib., pág. 539. [3] Ib., pág. 543. [4] Ib., pág. 559. [5] Ib., pág. 565s. [6] Ib., pág. 573s. [7] Ib., pág. 585s. [8] B. de Las Casas, Tratados… II, México-Buenos Aires, 1965, Entre los remedios… el octavo…, págs. 749-751. [9] B. de Las Casas, Tratados… I, México-Buenos Aires, 1965, pág. 33. [10] Ib., pág. 37. [11] Ib., págs. 85-87. [12] Ib., págs.129-131. |
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