Es la democracia dominicana: los superiores ¡que rindan cuentas a
los inferiores! Fuiste elegido: mereciste la confianza y te entregaron la
autoridad. Si las cuentas van, quizás te elijan de nuevo; si no van, no debes
volver a gobernar.
El beato Jordán de Sajonia gobernó la Orden de
Predicadores durante quince años. Anualmente se reunía el
Capítulo General y ante él debía presentar el estado de la
Orden. No se conservan las actas de esos capítulos; tampoco
la rendición de cuentas del Maestro.
De 1233 conservamos una carta suya a la provincia
de Lombardía, que puede ser considerada una relación de la
situación de la Orden, y que ciertamente vale para el
universo entero dominicano de aquellos años. Interesante e
importante su contenido. Su estilo intimista y persuasivo
penetra con facilidad a lo más sensible de la humanidad
dominicana.
Hacía sólo doce años de la muerte de santo Domingo,
y el beato Jordán relata con dolorosa angustia defectos
múltiples y notables en superiores y súbditos,
particularmente en los estudios y en la predicación, pilares
ambos insoslayables de nuestra vocación. Superiores nada
interesados por los estudios, que dedican a oficios extraños
a los estudiosos por naturaleza y por preparación.
Predicadores que rehuyen predicar, siendo ése el ministerio
que define a la Orden. Indisciplinados, giróvagos,
aseglarados, poco responsables de las mínimas exigencias de
la disciplina y de la observancia conventual.
También hay, incluso abundan, los frailes
ejemplares, que saben seguir los ejemplos de nuestros
mayores. Frailes dedicados con entusiasmo al estudio y a la
enseñanza. Otros a quienes vemos colmados de ardiente celo
por la salvación de las almas. Frailes observantes,
entregados a la contemplación en el silencio conventual,
alimentando su inteligencia y caldeando su espíritu para un
apostolado lleno de frutos.
Veamos la carta en sus textos más vivos, llenos de
unción, vibrantes ante los misterios de Cristo y el ejemplo
de Nuestro Padre Santo Domingo.
I. CONSIGNAS IMPRESCINDIBLES
1. “Necesitamos de exhortaciones para que
un hermano sea ayudado por su hermano e inflame con la
solicitud de la caridad sobrenatural el fervor de espíritu,
que se amortigua con la tibieza diaria de la propia
negligencia”.
Jordán de Sajonia, maestro de espiritualidad y fiel
transmisor de la mente y el corazón de nuestro Padre Santo
Domingo anima los frailes a que nos prediquemos y exhortemos
unos a los otros. Ningún modo mejor que por la homilía del
que preside la misa conventual. Cuando se nos dice que el
Maestro Domingo sólo hablaba con Dios o de Dios, se añade
que “animaba a los frailes a hacer eso mismo”.
2. “No os olvidéis de vuestra profesión y de
vuestro compromiso, sino recordad las sendas
antiguas, por las que nuestro antepasados corrieron”.
Debemos venerar y amar a nuestros mayores, de modo
especial a nuestros santos. No olvidemos su vida, el ejemplo
de sus virtudes. Los santos de nuestro calendario litúrgico
deben representar un estímulo especial. Celebremos su
liturgia con entusiasmo particular, recordando en la homilía
sus vivencias espirituales, su vibración ante los misterios
de Cristo. Aprovechemos esas fiestas para acrecentar nuestra
vocación y arraigarla más en nuestra alma.
3. “Tiene la primacía entre ellos el venerable y
Padre Nuestro Domingo… Él fue constante en la
oración, el primero en la compasión, férvido hasta las
lágrimas por causa de sus hijos, es decir, por el celo que
lo devoraba en procurar el bien de las almas”.
Cristo –dice Pablo en Col 1, 18– “es el primero en
todo”. De santo Domingo –dice aquí Jordán- “fue el primero
en la compasión”. La compasión –repiten muchas veces Jordán
y los testigos del proceso de la santidad de Nuestro Padre-
invadía fácilmente el ser entero de Domingo; la llevaba a
flor de piel y de lágrimas. Estaba siempre alegre –reiteran
los que con él convivieron- menos cuando algún sufrimiento
del prójimo le movía a la compasión. Celo ardiente por las
almas y constancia en la oración, añaden. Lo sabemos bien
sabido; ojalá lo imitemos bien imitado.
II. ¿Y EN LA ACTUALIDAD?: STATUS ORDINIS
1. “No sucede así con los que se
glorían a sí mismos; con los que están ansiosos de que los
alaben los demás; con los que, cuantas más gracias
recibieron, para ponerlas al servicio del prójimo,
con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos”.
Los dones que Dios nos da no son nuestros; son de
Él. Nosotros somos los administradores. Ahora el deber de
los administradores es administrarlos bien. No son esos
dones motivo para presumir, para el orgullo, para la
altivez. Son para ponerlos al servicio del prójimo.
2. “No sucede así con los que
buscan lo cómodo para sí…; profesan pobreza, pero no se
ajustan a ella; se preocupan obsesivamente de lo que no
tiene importancia; no soportan que les falte nada de su
desordenada voluntad”.
El confort, la distracción y el dinero han entrado
de modo obsesivo en la mente y en el corazón de muchos
frailes. La relajación de las observancias y de los deberes
religiosos ha desviado el alma del camino tan bien diseñado
por el fundador. Los frutos de su ministerio son nulos y el
escándalo aparta a los fieles de su compañía.
3. “Tampoco observan el mandato
que nos dio nuestro Padre de tener caridad…; esconden debajo
del celemín la gracia recibida de Dios para predicar o
aconsejar; envuelven en un pañuelo el talento que el Señor
les confió…; esconden el trigo al pueblo y no le dan la
ración que le corresponde”.
Tener la caridad es la parte más importante del
testamento de nuestro Padre Santo Domingo. Jordán lo llama
“mandato”. Pedro Ferrando, contemporáneo y buen conocedor de
santo Domingo nos habla con suficiente extensión de un
verdadero “testamento” espiritual. En los últimos momentos
de su vida y rodeado de un buen grupo de frailes, el santo
“hizo testamento… diciendo: hermanos míos, como hijos míos
sois herederos directos de todo lo que poseo. Tened la
Caridad, conservad la Humildad, poseed la Pobreza”
Jordán de Sajonia evoca varias veces estas
expresiones y las considera, como aquí, legadas por santo
Domingo a sus frailes. El beato Jordán se queja en este
pasaje de que hay muchos que no cumplen el “mandado” del
santo, de tener la Caridad.
Esconden la gracia bajo el celemín y no la emplean
para lo que Dios se la ha dado: para predicar y aconsejar.
Así esconden en el pañuelo el talento recibido, sin poder
producir al menos algún interés, depositándolo en el banco.
El beato Jordán lo expresa gráficamente: “esconden el trigo
al pueblo y no le dan la ración a sus horas”. El Evangelio
ya dice lo que espera a estos nuestros hermanos que así se
comportan.
4. Otra gran negligencia: la del “gran
número de nuestros superiores, que, sin preocuparse
del estudio, apartan con tanta fuerza del mismo a frailes
dotados y con aptitudes, o los colocan en cualquier oficio,
de modo que les es imposible estudiar”.
¡Cómo apreció y apreciaba santo Domingo el estudio,
particularmente de la Sagrada Escritura y de la Teología!
Sabemos por Jordán de Sajonia y por los testigos del proceso
de su canonización cómo hizo sus estudios de Teología en
Palencia. En Toulouse él llevaba a sus frailes a un Maestro
en Teología, y asistía a las clases con ellos. El venerable
Humberto en la exposición de la Regla ¡con qué fuerza
insiste sobre el estudio! La riquísima testificación de fray
Juan de España (o de Navarra) en el mencionado proceso
asegura que “estudiaba mucho en estos libros” (de San Mateo
y de San Pablo) y que exhortaba a sus frailes a que
“estudiaran constantemente en el Nuevo y Antiguo
Testamento”.
Aquí se enfrenta el beato Jordán con “un gran
número de superiores”, que no siguen en esto el ejemplo del
fundador, cuidando poco o nada de la severa obligación del
estudio. Es más, “apartan del estudio a golpes de autoridad”
a los más dotados para ello y los emplean en oficios, que
les impiden por completo dedicarse a la sagrada tarea del
estudio.
5. También los profesores tienen su gran culpa,
pues “en algunas partes los mismos lectores
desempeñan el oficio de las clases con tan poca asiduidad y
diligencia… de manera que los oyentes se muestran
indiferentes”.
Acusa el beato Jordán en los profesores la falta de
diligencia y de constancia en el estudio y la poca asiduidad
en la asistencia y preparación de las clases. No tiene que
haber descuido en materia tan importante en la Orden. La
falta de responsabilidad en esto denota la debilidad de la
vocación y la poca integración en el carisma fundacional de
la Orden. Ministerio delicado y difícil, el de la enseñanza,
que exige mucho entusiasmo y dedicación. Sólo así los
lectores merecerán el crédito, la atención y el aprecio de
los alumnos.
6. ¿Y los frailes estudiantes? Muchos
“se muestran muy descuidados en el tema del estudio;
están raramente en la celda; son perezosos para las
repeticiones de repaso y no ponen el alma en los ejercicios
escoláticos”.
“Algunos obran así para dedicarse más libremente
a sus aficiones, faltas de discreción. Otros hacen esto por
la perniciosa pasión de la ociosidad”.
¡Qué distinto esto del entusiasmo que despertaba
santo Domingo por la Sagrada Escritura y por la Teología!
¡Qué distintos estos frailes estudiantes del estudiante
Domingo de Guzmán en Palencia, que deja los demás
estudios, para consagrarse en pleno al estudio de la
Teología! Era el objetivo de la fundación de la Orden:
explicar y predicar los misterios de Cristo de forma
correcta y sabia a los hombres, evitando que cayeran los
fieles sin formación catequética en las herejías, enseñadas
y predicadas por los desconocedores de la ciencia teológica.
El celo por la salvación de las almas debía estar
siempre en el fondo de toda predicación dominicana. La
pasión por la ociosidad; la alergia al recogimiento de la
celda para el estudio; la escasa dedicación a los ejercicios
escolásticos; la ausencia de las clases doctrinales. No
cabía mayor disipación en una observancia esencial en la
vocación de los Frailes Predicadores, fundados por Santo
Domingo.
7. Conclusión del status negativo en torno al
estudio: “por eso hay entre nosotros tantos
flojos, y duermen muchos, superiores y doctores”.
“Muchos en nuestros días tienen sus pensamientos
en las cosas más vanas, sin acrisolar plenamente los afectos
del corazón…, caminando así con demasiada lentitud hacia la
perfección”.
La flojera y la somnolencia de los superiores y de
los doctores son la ruina de los estudios, desorientando a
los estudiantes, que se vuelven insumisos e irresponsables
en cuanto a su formación intelectual. Si tenemos el corazón
de continuo fuera ¿cómo podremos adentrarnos en la reflexión
teológica de los misterios de la salvación, que tenemos que
enseñar y predicar? Así no se camina a la perfección
dominicana ni a ninguna otra perfección religiosa.
8. Aspectos positivos. No es negativo todo el
status Ordinis que presenta el beato Jordán de Sajonia. “Hay
algunos que por la misericordia de Dios se muestran
solícitos del decoro del santuario, se cuidan de su
conciencia, buscan con diligencia la perfección, trabajan en
el ministerio de la predicación, se dan con ardor al
estudio, se inflaman en la oración y meditación… De estos
tales me alegro y doy gracias a Dios”.
El beato Jordán reconoce los valores de la Orden en
el campo de los estudios, de la predicación, de la oración,
de las observancias conventuales y del celo por la salvación
de las almas. Aquí, sin embargo, se contenta con decir que
esto lo practican “algunos”. En escritos de carácter
reformista y de examen de conciencia, para corregir más
eficazmente los defectos, suele exagerarse la parte
negativa, para que la exhortación al bien y a la virtud sea
más eficaz. No obstante no podemos rechazar un pesado lastre
de disipación, que el beato Jordán de Sajonia se ve obligado
a denunciar con fuerza para impedir su progreso.
TEXTO ÍNTEGRO
DE LA
CARTA A LOS FRAILES DE LA
PROVINCIA
DE LOMBARDÍA (h. 25 V 1233)
A los muy queridos
en Cristo, los frailes todos de la Provincia de Lombardía,
Fray Jordán su siervo inútil, salud y fervor apostólico.
Invita la caridad y
aconseja la utilidad que, ya que no puedo estar como
quisiera presente entre
vosotros, por lo menos os visite de algún modo por medio de
mis escritos, cuando se ofrece una oportunidad. Puesto que,
mientras peregrinamos, es perverso el corazón del hombre,
inclinado al vicio, desidioso y flojo para la virtud,
necesitamos de exhortaciones para que un hermano sea
ayudado por su hermano, e inflame con la solicitud de la
caridad sobrenatural el fervor de espíritu, que se amortigua
con la tibieza diaria de la propia negligencia.
Ésta es la razón,
muy queridos hijos, por la que os ruego y amonesto con todas
mis fuerzas, advirtiéndoos de parte del que os redimió con
su venerable sangre y os devolvió a la vida con su santa
muerte, para que no os olvidéis de vuestra profesión y de
vuestro compromiso, sino que recordéis las sendas
antiguas, por las que nuestros antepasados corrieron con
presteza hacia el descanso, como llevados por un viento
impetuoso, y reinan ya con el Señor consolados eternamente
en la feliz bienaventuranza, alegres ahora por los días en
que los afligió el Señor, por los años en que sufrieron
desdichas. Mientras vivieron en este mundo procuraron
aspirar a los dones sobrenaturales, se despreciaron a sí
mismos, menospreciaron el mundo, desearon ardientemente el
reino; fueron fuertes en la paciencia, voluntariosos para la
pobreza, fervientes en la caridad.
Creemos que entre
todos ellos tuvo la primacía el venerable y Padre nuestro
Domingo, de santa memoria, el cual mientras vivió con
nosotros en la carne, caminaba en el espíritu, no sólo
negando las apetencias de la carne, sino extinguiéndolas;
comportándose como verdaderamente pobre en el alimento,
vestido y en todo su proceder. Fue constante en la oración,
el primero en la compasión, férvido hasta las lágrimas por
causa de sus hijos, es decir, por el celo que le devoraba en
procurar el bien de las almas; no se amedrentó ante las
dificultades; fue paciente en la adversidad. Cuán eminente
fue entre nosotros mientras vivió en este mundo, lo
proclamaban sus obras, y lo testimoniaban las virtudes y
milagros. Cuán digno sea ahora ante Dios, ha quedado
manifiesto en estos últimos días, en que se ha verificado el
traslado de su sagrado cuerpo desde el lugar de la primitiva
sepultura a un lugar digno de veneración. Esta manifestación
se ha hecho por medio de prodigios, y ha sido confirmada por
milagros, como se os hará saber más por extenso en otra
carta, tal como espero.
Por todo ello sea
alabado nuestro Redentor, el Hijo de Dios Jesucristo, que se
ha dignado elegir para sí a un tal siervo, y dárnoslo a
nosotros como Padre para instruirnos en la vida religiosa, e
inflamarnos con el ejemplo de su resplandeciente santidad. ¡Oh,
cuánto estima el que pesa las almas la verdadera humildad de
corazón, unida a la pobreza voluntaria! ¡Cuán hermosa es
ante Dios la carencia de hijos acompañada de virtud! Tales
virtudes poseía en alto grado el siervo de Dios Domingo.
Se estimaba en poco; era austero para consigo mismo; tenía
celos de los demás, los celos de Cristo; fue virgen e
íntegro desde el seno materno.
No sucede así
con los que se glorifican a sí mismos, con los que están
ansiosos de que los alaban los demás con los que, cuantas
más gracias recibieron para ponerlas al servicio del
prójimo, con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos.
No sucede así con los que buscan lo cómodo para sí,
profesando pobreza, pero sin ajustar a ella su obrar; los
que debiendo despreciar todas las cosas, se preocupan
obsesivamente de lo que no tiene importancia ni merece la
pena, y no soportan que les falte nada de su desordenada
voluntad.
Pero tampoco
observan el mandato que nos dio nuestro Padre de tener
caridad, los que, profesando nuestra vida, esconden debajo
del celemín la gracia recibida de Dios para predicar o
aconsejar, y así envuelven en el pañuelo el talento que les
confió el Señor. Ciertamente merecen ser denunciados, y
quiera Dios que no se hagan dignos de maldición los que
esconden el trigo al pueblo y no le dan a su tiempo la
ración que le corresponde a la familia de Jesucristo.
A esto se aproxima
ya la negligencia que se observa en muchos, consistente en
que gran número de superiores, sin preocuparse del
estudio, apartan con tanta fuerza del mismo a frailes
dotados y con aptitudes, o los colocan en cualquier oficio,
de modo que les es imposible estudiar. Y también los
mismos lectores en algunas partes, desempeñan el oficio
de las clases con tan poca asiduidad y diligencia, que no es
de admirar que al que enseña con descuido le oigan con
indiferencia.
Pero, si quizás hay
lectores que desempeñan con esmero el oficio de las clases,
resta todavía un tercer peligro por parte de los frailes, a
saber, que los estudiantes se muestren muy
descuidados en el tema del estudio, estén raramente en la
celda, sean perezosos para las repeticiones de repaso y no
pongan el alma en los ejercicios escolásticos.
Algunos obran de
este modo para dedicarse más libremente a sus aficiones,
faltas de discreción.
Otros hacen también
esto por la perniciosa y miserable pasión de la ociosidad,
de modo que no sólo se descuidan de sí mismos e inducen al
cansancio a los lectores, sino que roban la oportunidad de
salvarse a muchas almas, a las que podían edificar para la
vida eterna, si no estudiaran con negligencia, sino como es
debido.
Por esto hay
entre nosotros tantos flojos, y duermen muchos, superiores y
doctores; hay también muchos que perecen por la propia
negligencia.
En medio de todo
será feliz aquel que guarde la debida proporción y no
abandone el justo medio; el que se aparta del huracán y de
la tormenta, para que, edificando a muchos, no se descuide
la utilísima consideración de sí mismo ni se aleje del
juicio vigilante y ponderado; el que no es impulsado por
viento de amor humano, sino que obra urgido por la caridad
en todo lo que hace y es movido por el Espíritu de Dios; el
que no orienta sus palabras u obras hacia la tierra y no
corre a la ventura, sino que busca en todo pura y
simplemente la gloria de Dios, la edificación del prójimo y
la propia salvación.
Ésta es, hermanos,
la palabra que no todos entienden. ¡Cuántas veces el
conjunto de nuestros afectos y de nuestros pensamientos
andan descarriados, y no se orientan a la verdad, ni
contemplan el fin último! Hablamos mucho y hacemos también
muchas cosas, soportamos múltiples sufrimientos, por los
cuales, si en nuestros corazones sobreabundara la caridad,
dirigiendo y ordenando todo al verdadero fin, que es Dios,
nos haríamos ciertamente mucho más ricos en méritos, y
muchísimo más en virtud. Ahora, sin embargo, pensando con
frecuencia en las vanidades, y deseando todavía cosas más
vanas, sin que acrisolemos plenamente los afectos de nuestro
corazón, no es de admirar que tardemos en perfeccionarnos,
que caminemos con demasiada lentitud hacia la perfección.
Sin embargo, no digo
que no haya entre nosotros algunos, que, por la
misericordia de Dios, se muestran solícitos del decoro del
santuario, se cuidan de su conciencia, buscan con diligencia
la perfección, trabajan en el ministerio de la predicación,
se dan con ardor al estudio, se inflaman en la oración y
meditación, teniendo siempre ante sí al Señor como
remunerador y juez de sus almas; de estos tales me alegro y
doy gracias a Dios.
Carísimos, los que
así sois alegraos y esforzaos por progresar más. Los que por
el contrario todavía no lo sois, poned manos a la obra,
trabajad con habilidad para que crezcáis en orden a la
salvación de Aquel que se dignó llamaros, para que os
perfeccionéis, no para que os vayáis entibiando. Él se ha
dignado llamaros por medio de la gracia, en la que os
mantenéis firmes; es nuestro Salvador bueno y piadoso, el
Hijo de Dios, Jesucristo, a quien sea dado el honor y el
imperio ahora y por los siglos de los siglos eternos. Amén.
(El texto de la
carta lo tomamos de Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para
su conocimiento. Edición dirigida por LORENZO GALMÉS
y VITO T. GÓMEZ con la colaboración de ADOLFO ROBLES
y JOSÉ MARTORELL… Biblioteca de Autores Cristianos (BAC),
La Editorial Católica, S. A., Madrid 1987, págs. 128-131).
N. B.: en el texto
de la carta ponemos con negritas y cursivas las frases que
comentamos.