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Con mucho pudor y temblor.
Era el primero de septiembre del 2002. Hacía
cuatro días que me había integrado a mi nuevo destino, el convento de Santo
Domingo el Real de Madrid, en la calle de Claudio Coello, nº 141.
Había que leer y pensar. Hacía años que no leía
las meditaciones de Descartes, y comencé por ellas. Él se propuso dudar de todo
hasta llegar a un punto, a algo, sobre lo que no es posible ninguna duda, porque
eso sería absolutamente el principio de toda filosofía.
Dudo, por lo tanto, de lo que dice la gente, de
las historias, de las filosofías, de las ciencias y de las artes, y de lo que me
testimonian los sentidos: ¿será un diablejo que pone esas cosas delante de mi
conciencia, pero que en realidad no son? ¿Serán sueños, que, por muy reales que
parezcan a veces, se desvanecen cuando dejo de soñar? ¡Cuántos sueños, que,
cuando sueño, me parecen realidades! Voy a dudar de todo. Y sigue dudando
Descartes. Pero llega un momento en que parece que no cabe dudar más: estoy
pensando; pienso, luego existo.
¿Será ése en verdad –como asegura Descartes- el
principio primero de la filosofía que buscamos a través de las dudas? No lo
creo: 1º Porque cabe todavía seguir dudando: dudo si pienso, por la misma razón
que me hizo dudar de las otras proposiciones; quizás esté soñando y sueño que
pienso; muchas veces en efecto razono en sueños y hallo la clave para mi
discurso. Y 2º porque eso mismo podías haber argüido antes: siento, luego
existo; imagino, luego existo; incluso veo, luego existo.
Entonces ¿dónde está la realidad inconfundible
con el sueño, la imaginación, u otros tantos engaños o apariencias de realidad
existencial?
-Los sentidos de ordinario no engañan.
-¡De ordinario! Precisa: ¿qué quieres decir con
la expresión “de ordinario”.
- Cuando todos los hombres y mujeres en todos
los lugares y en todos los tiempos ven lo mismo, oyen lo mismo, huelen lo mismo,
gustan lo mismo y palpan lo mismo. En todos estos casos damos siempre con la
realidad existencial, que es la base sobre la que la razón construye el edificio
de la ciencia y de la filosofía, es decir, de las ciencias empíricas y de las
ciencias especulativas.
Hemos llegado por los sentidos a la existencia
real como base del razonar. No obstante la razón descubre que además de la
existencia real hay otra existencia, la existencia posible, es decir que no es
real ahora, pero que puede llegar a serlo con el tiempo. Esta existencia posible
también cuenta y de ella puede igualmente servirse el hombre para hacer avanzar
la ciencia.
Y creo que me llegó la luz. ¡Eureka! Parece ser
claro que hemos dado con el verdadero primer principio del filosofar, y también
con el verdadero método, que consiste en seguir ordenadamente las exigencias de
ese primer principio. Porque sueñe o no sueñe, sienta o no sienta, imagine o
razone, la existencia de las cosas necesariamente es o real o posible. Este
dilema es siempre verdadero, y lo sigue siendo, aunque el diablo me engañe o
aunque yo mismo lo sueñe.
Éste es el verdadero primer principio del
filosofar: la existencia o es real o es posible. Desde la existencia real o
posible (o sospechada) podemos empezar sin engaño una verdadera filosofía.
Los mundos reales o posibles que caben en
nuestro entendimiento son innumerables, numéricamente indefinidos; pero no los
podemos dominar ¿Habrá una mente en la que quepa todo lo real, presente, pasado
y futuro y todos los mundos posibles, y que los pueda dominar? Tiene que ser una
inteligencia infinita en capacidad y poder. Sólo Dios tiene esto y sólo Él puede
decir en verdad: pienso; luego existo. Y mejor aún existo y pienso. Esta es pues
mi segunda verdad filosófica: Dios existe realmente.
LA EXISTENCIA
REAL
La existencia real no es una forma de ser; es el
acto continuado de existir de los seres reales. Los entes reales se dividen en
simples o meramente espirituales, y compuestos de forma y materia. Los seres
puramente espirituales o simples se dividen en dos grupos: el ser espiritual por
esencia, o no dependiente de ningún otro, y los seres puramente espirituales por
participación, dependientes siempre del primero. El primero, o ser espiritual
por esencia, que no depende de ningún otro, y del que dependen todos los demás
seres es Dios; los segundos o seres puramente espirituales por participación son
los ángeles.
Los seres compuestos se dividen en dos grupos:
1º seres compuestos de forma intelectual o racional o espiritual y de materia;
2º seres compuestos de forma no intelectual o racional o espiritual y de
materia.
Los del primer grupo son los hombres: con su
alma racional o forma intelectual-racional, que es espiritual y con su materia,
que es el cuerpo orgánico humano.
Los del segundo grupo son los otros seres
distintos del hombre, cuya forma no es espiritual ni racional, y que informa una
materia. Esta materia puede ser: a) un cuerpo orgánico o dispuesto a la vida, la
cual le es conferida por la forma propia o apropiada a ese cuerpo; o b) un
cuerpo inorgánico o no dispuesto a la vida y que recibe una forma propia o
apropiada a esa clase de materia.
Los seres de este segundo grupo, distinto del
hombre, son: los minerales o carentes de vida, los vegetales y los puramente
animales.
La existencia o el acto continuado de existir en
cada ser particular es distinto del de los otros seres particulares. Esa
distinción individual viene dada en los seres puramente espirituales, como los
ángeles, por el modo de participación o dependencia del ser espiritual por
esencia (Dios). En los otros seres compuestos esa distinción individual se
constituye por la relación estrecha o íntima entre la forma y la materia de ese
ente concreto. Esto es lo que constituye en los seres compuestos el principio de
individuación.
El ser por esencia, es en sí mismo o por
definición, necesariamente uno.
Con “el ser por esencia” quiero decir aquél, que
no tiene más que existencia: todo cuanto tiene o que esencialmente lo constituye
es la pura existencia, o el puro acto infinito de existir. De él proceden todas
las demás existencias, que serán siempre limitadas. La existencia pura es Dios.
Las existencias participadas son criaturas, o seres creados por AQUÉL, DE CUYA
EXISTENCIA PARTICIPAN.
EXISTENCIA
POSIBLE
Acabamos de afirmar que el puro existir es Dios,
o lo que es lo mismo: la esencia de Dios es la pura existencia.
En el puro existir que es Dios están tanto el
existir real como el existir o ser potencial (o posible.
Todos los seres que existen en la creación y
todas sus perfecciones son participación del puro existir que es Dios.
Los seres actuales fueron antes potenciales y
existían, como todos los otros mundos y seres posibles, en el existir pleno de
Dios. Los mundos y seres posibles se convierten en reales por una determinación
divina, por un acto de la voluntad de Dios: sed, y son.
Hay entendimiento infinito en Dios, que se
identifica con su ser o existir, y en ese entendimiento están todos los seres
reales y posibles. Hay voluntad en Dios, que se identifica con su ser, y por su
mandato pasan las cosas de la existencia posible a la real; esto es la creación.
Hay ciencia en Dios, que se identifica con su
ser, y es una y simplicísima, como uno y simplicísimo es el ser o el existir de
Dios.
“El ser, el bien, la verdad y el uno se
convierten”. Este principio metafísico se da en Dios en su plenitud. En Dios
todas las perfecciones en su plenitud, reales y posibles, se convierten con su
ser.