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¿Se puede hablar de “Economía Divina”? De la Economía divina han
hablado mucho los teólogos y el Magisterio de la Iglesia. En la
calle oímos decir con frecuencia: “esto es muy económico”; es decir,
lo contrario a “esto es muy caro”. La significación originaria de
“económico” está por encima de esa puntual acepción con que hoy de
ordinario la usamos. La palabra está compuesta de dos sustantivos
griegos: “oicos”, que significa casa, y “nomos”, que quiere decir
costumbre y también norma o estatuto.
En resolución, que economía significa, a tenor de su origen etimológico,
“gobierno de la casa” o “administración de las cosas de la casa”. Parece que,
según las exigencias no sólo morales sino ónticas, la buena economía no es
derrochadora, sino que gasta justamente lo justo para sacar la casa adelante.
Para esto se necesita entendimiento especulativo y práctico: que ve las
necesidades y sabe arreglárselas, para no introducir cosas superfluas, que
desdicen de la armonía de los elementos que la constituyen.
Tuve en la Escuela Apostólica un profesor, cuya cultura literaria y teológica
era para aquellos jovencitos alumnos una admiración. Daba clases de griego e
impuso como texto de traducción la Ilíada. Gustaba de comentarnos de
cuando en cuando frases, escenas, palabras especiales que han pasado a la
posteridad, primero latinizadas y luego romanceadas. Como sabíamos que era su
débil desarrollarnos el contenido riquísimo histórico y doctrinal de esos
términos, algunos le preguntaban por el significado originario y actual de
algunos vocablos procedentes del griego.
Un día en que la leccion era particularmente difícil y había cierto temor a
la pregunta-examen, que pudiera hacer el profesor, un alumno se levantó y muy
respetuosamente le hizo esta súplica: ¿no podría explicarnos el alcance de la
palabra economía, que tanto se utiliza hoy para tan diversas materias? Como
digo, el Padre era de una cultura muy amplia en distintos campos, pero de modo
particular en Teología, como buen dominico.
Su nombre era Felipe Lanz Yoldi. Y por el campo de la teología se lanzó,
dejando los otros más usados en los periódicos de cada día. Nos habló de la
economía divina, de la economía de la gracia, de la economía de la salvación en
Cristo por parte del Padre. Sus aplicaciones cristológicas, eclesiológicas y
sacramentales. Y tan largo y denso y provechoso fue su recorrido que por él
discurríamos sin que ni él ni nosotros nos cansáramos. El sonido de la campana
para salir de clase nos hizo pisar tierra a todos. ¡Vaya por Dios!, dijo el
Padre; otra vez que perdimos el tiempo inútilmente. No; nunca le hemos escuchado
con tanta atención. Es la mejor clase de griego de nuestra vida. No olvidaremos
nunca la riqueza que esconde la palabra griega economía.
En la Sagrada Escritura la encontramos. Es una palabra sagrada. De la
Escritura pasó a la Sagrada Teología. La usaron los Santos Padres, que con tanto
celo y entusiasmo se entregaron a meditar y exponer la Palabra de Dios. La
heredaron los Teólogos de Medievo, que subidamente nos explican le misterio de
la Economía de la Salvación y de la Gracia. ¡Como influyó esta palabra bíblica y
las reflexiones a través del tiempo en el tratado sobre El Verbo Encarnado
de Santo Tomás de Aquino y de los grandes Maestros en Sagrada Teología de los
siglos XII, XIII y siguientes. A pesar de que la palabra economía se fue
apoderando del campo de las finanzas y administraciones monetarias de las
personas y de las instituciones, nunca perdió del todo su sentido sagrado. Hasta
el Concilio Vaticano II la usó en sus documentos solemnes, para hacer llegar a
los fieles los misterios de la gracia, del perdón, de la santidad y del destino
a la Vida Eterna.
Recordemos algunos textos sagrados del principio, es decir, de la Escritura,
y algunos ejemplos de lo último, es a saber, de los documentos del Vaticano II.
Usa esa palabra “economía” el texto original griego de las cartas de San Pablo;
palabra que suele traducir la Vulgata Latina de San Jerónimo con el término
“dispensación”, y las traducciones en lenguas nacionales con vocablos similares
a esa palabra latina.
San Pablo, Carta a los Efesios:
Cap. 1, versículo 10: El Padre se propuso la dispensación
(economía) de la plenitud de los tiempos, para recapitular todas las cosas en
Cristo.
Cap. 3, versículo 2: La dispensación (economía) de la gracia de Dios,
que me ha sido dada para vosotros.
Cap.3, versículo 9: La dispensación (economía) del misterio escondido
desde siglos en Dios.
San Pablo, Carta a los Colosenses:
Cap. 1, versículo 25: He sido constituido ministro de la Iglesia,
según la dispensación (economía) de Dios, para anunciaros el misterio escondido
desde siglos.
Sirvan estos textos antiguos y primordiales. Ahora unos textos modernos,
consecuencias y aplicaciones de aquéllos.
Son del Concilio Vaticano II:
Constitución Dogmática Dei Verbum (Sobre la Divina Revelación),
cap. 1, nº 4: “La economía cristiana, por ser la alianza nueva y
definitiva, nunca pasará”.
Constitución Dogmática Lumen Gentium (Sobre la Iglesia), cap. 8,
nº 55: “Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable
manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en
la economía de la salvación”.
Toda esta ideología sagrada contrasta grandemente con el concepto actualmente
más difundido de economía. De ahí los inconvenientes que encuentro de ordinario
cuando en mis sermones y pláticas pretendo utilizar esa palabra, hablando
incluso de la economía de la gracia y de la salvación. Para mis oyentes economía
es gastar lo menos posible para mantener dignamente la casa o el oficio
familiar o personal. Oye; que tengo que arreglármelas con mucho cuidado para
llegar ceñidamente al final de mes. Hoy mismo, te lo digo de verdad, sin
ficción, hoy, 29 de mayo del 2007, me lo decían algunas señoras, que tienen su
empleo fijo en una empresa estatal: Padre; pida Vd. para que nos aumenten el
sueldo. ¡Que no nos llega!
Este lenguaje no cabe en el terreno de la gracia sobrenatural. Dios nos la da
siempre superabundantemente. Dios nos envía a torrentes su gracia, para
salvarnos, para que nos santifiquemos más y más, para ir con las mayores
garantías y facilidades a su gloria, nuestra eterna felicidad. ¿Economía divina?
Dios tiene llenos siempe sus almacenes. Él no necesita ingresar nada. Lo
tiene todo hasta rebosar y lo da generosamente y sin medida. Dios siempre gasta
y gasta en nuestro beneficio; no conoce límites.
¿Dios, economista? No; Dios es un derrochador. ¿Dónde está esa nuestra
economía material que no nos llega a fin de mes? Dios no hace equilibrios,
porque infinito es el tesoro de su gracia y de su misericordia para con
nosotros.
¡Dulce locura de tu misericordia, Señor! Das sobreabundantemente, para que
nos revierta, y podamos también nosotros repartir tus dones! A esto no lo llamo
economía divina, sino divino y felicísimo despilfarro.